Acabemos con el mito de la Sociedad del Conocimiento

Ya hace al menos un par de décadas que la expresión “sociedad de la información” pasó a formar parte del imaginario colectivo. La información siempre ha jugado un papel importante en las sociedades humanas, pero es en este último lapso de tiempo en el que el desarrollo de las tecnologías de la información y comunicación (TICs) ha permitido desplegar la SI en todo su apogeo.

Con la SI vino asociada desde un buen principio otra idea: la de la “sociedad del conocimiento”. Y es que, según la narrativa más difundida, la abundante información disponible abriría la posibilidad para la generación de conocimiento como nunca antes se había conocido en la historia humana. Y con esta producción de conocimiento se generaban nuevas oportunidades para conseguir sociedades más cívicas, más justas y, por qué no, más sabias.

Si había dificultades en la transición de la SI a la SC serían de carácter técnico, continuaba el discurso: la brecha digital en el acceso a las TICs que impedía que buena parte de las poblaciones humanas pudieran beneficiarse del caudal de información que fluía a través de ellas. O, en todo caso, el problema de base sería cómo aprender a manejar las herramientas (la alfabetización digital), y educar al público en el uso de unas sencillas pero poderosas pautas para evaluar la información y detectar las mentiras, las estafas y los engaños.

Así decía el discurso, de una manera muy resumida y abreviada.

Visto lo visto hasta el momento presente, creo que lo mejor que podríamos hacer con esa narrativa es tirarla a la basura y pasar a otra cosa. O, cuando menos, reexaminar muy seriamente la posibilidad de sus supuestos centrales.

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El fact-checking cambia las creencias, pero no la intención de voto

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Para muchas personas comprometidas con las problemáticas sociales que estamos viviendo, la educación es la clave para la mejora de las personas. En particular, suele comentarse que los prejuicios y la desinformación asociada a la política se supera con divulgando hechos. Eso explica la gran popularidad actual de los sitios de verificación de hechos (fact checking). Pero, ¿es cierto que exponer a los hechos a la gente puede cambiar sus preconcepciones políticas?

Pues parece que no, si hemos de creer los resultados de un estudio reseñado por Alexios Mantzarlis en Poynter. Resumiendo, la principal conclusión sería ésta: el fact-checking cambia las creencias, pero no la intención de voto. Seguir leyendo

No, no siempre tienes derecho a opinar

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En nuestras sociedades democráticas, la libertad de expresión es un derecho básico. Y con esa libertad, se considera que la libertad de tener una opinión y de expresarla también lo es. A esa idea parecen haber contribuido la aparición de las redes sociales, que han supuesto una plataforma para que miles de individuos puedan expresar sus opiniones sobre los temas más diversos y de las más diversas maneras.

Pero que tengamos derecho a opinar no es algo que se pueda aplicar de manera obvia a todos los casos. Al menos eso es lo que nos explica el filósofo Patrick Strokes en un artículo para The Conversation.

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La apatía deliberada de Leni Riefenstahl frente al nazismo

Si tuviéramos que mencionar a una directora de cine polémica del pasado siglo XX, el nombre de Leni Riefenstahl sería una apuesta segura. Y es que Riefenstahl dirigió unos documentales innovadores en su forma, pero censurables por su contenido: las películas La victoria de la fe (1933), El triunfo de la voluntad (1934) y Día de la libertad: nuestras fuerzas armadas (1935), dedicadas las tres a documentar congresos del partido nazi en Núremberg.

Riefenstahl no sólo produjo esas películas (es obligado también mencionar Olympia, dedicada a los Juegos Olímpicos de Berlín de 1938), pero dada la temática de las mismas y su importancia histórica, su nombre ha quedado indisociablemente unido a esos films, y por consiguiente a las polémicas en torno a sus verdaderas motivaciones al crearlos y a las implicaciones de su contenido.

De ello nos da una buena muestra la obra Conversaciones con Leni Riefenstahl, de la editorial Confluencias.

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Difamación ritual, o cómo la opinión es controlada en las sociedades democráticas

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Consideradas en su día como el foro que propiciaría una nueva esfera pública de racionalidad y de debate conjunto de las cuestiones públicas, las redes sociales son hoy día objeto de estudio por una dinámica mucho más perversa: el linchamiento al que se somete a personas, en ocasiones anónimas, que osan expresar determinados puntos de vista en público.

Es una dinámica que ha recibido la atención reciente del periodista Juan Soto Ivars en su obra Arden las redes. El autor da nombre a un nuevo fenómeno: la poscensura, o el miedo a la crítica de gente anónima, que puede acabar convirtiéndose en un tsunami de tuits y posts en Facebook que acaban convirtiendo una crítica puntual en un fenómeno viral.

Hace unos años, el experto en movimientos políticos minoritarios Laird Wilcox, publicaba en su página web una breve lista de características de un fenómeno muy similar al que Soto Ivars analiza en su libro, y que Wilcox llamó difamación ritual. Seguir leyendo