No vivas el momento, o contra la dictadura del mindfulness

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En los tiempos de ansiedades varias en los que vivimos, casi que parece comprensible el repunte que se ha producido en la divulgación de estilos de vida supuestamente más saludables. Esos estilos incluyen cosas tan variadas como dietas, ejercicios, actitudes mentales más “positivas” y, cómo no, el mindfulness.

Con su insistencia en vivir el momento,  o estar plenamente en el momento presente, el mindfulness parece haber conectado con las necesidades emocionales de miles de personas. Y no sólo eso: es una filosofía que ha sido adoptada por las más variopintas figuras sociales, desde líderes de opinión hasta gurús y emprendedores. Con tan amplia aceptación, era de esperar que surgieran voces críticas con esta práctica, como es el caso de Ruth Wippman, autora de America The Anxious, que en un artículo para The New York Times dedica unos párrafos a la cuestión del mindfulness. Seguir leyendo

¿Qué es ser “sexista”?

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En la actualidad existe una cada vez mayor conciencia sobre la necesidad de lograr que en nuestras sociedades se produzca una igualdad efectiva de derechos y oportunidades entre sexos. Aunque se han conseguido logros en las últimas décadas, sin duda queda mucho por hacer.

Esa conciencia cívica, de la mano de diferentes movimientos sociales y figuras públicas, se mantiene alerta ante los indicios de sexismo en nuestra sociedad. Pero, ¿qué es exactamente el “sexismo”?

Puede parecer una pregunta trivial, pero Jonny Anomaly y Brian Boutwell argumentaron el pasado diciembre de 2016 en un artículo para Quillette  que estamos haciendo un uso demasiado amplio del término. Y ello podría llevar a la pérdida de sentido del concepto y en consecuencia a una menor efectividad.

Para Anomaly y Boutwell sin duda hay razones históricas más que sobradas para que estemos en guardia ante los intentos del sexo masculino por dominar y reprimir al femenino. Pero los autores creen que el término sexismo se está aplicando de manera demasiado laxa, y en ocasiones de manera injusta cuando se sugiere que efectivamente existen diferencias entre hombres y mujeres.

Para los autores, el término “sexista” debería reservarse para…

Las personas que tratan a un sexo como superior al otro, o que usan falazmente la información sobre diferencias entre sexos como justificación para tratar a hombres o mujeres individuales como meros miembros de un grupo.

Anomaly y Boutwell rechazan que “sexista” se aplique a algunas observaciones sobre las diferencias entre sexos como por ejemplo: las diferentes tasas de violencia observadas en hombres y mujeres; o ligeras diferencias en cognición y en especial en habilidades e intereses que, tomadas en conjunto, pueden contribuir a explicar diferencias reales entre sexos (como las carreras académicas que hombres y mujeres eligen, el orden de prioridades en que se coloca a la familia o al éxito profesional, e incluso el tipo de literatura y de películas preferidas).

En ese sentido, Anomaly y Boutwell recalcan que el imperativo moral de un trato justo e igualitario para ambos sexos no debería llevar a negar cualquier diferencia que pueda haber entre hombres y mujeres, o a utilizar la acusación de “sexista” a todo aquel investigador que sugiera la existencia de esas diferencias. Una claridad en el uso del término que para los autores es importante:

Si todo el mundo es sexista, entonces nadie lo es. Y para que el progreso moral continúe, necesitamos saber quiénes son realmente los sexistas.

El artículo de Anomaly y Boutwell contiene interesantes argumentos sociológicos y científicos. Para valorarlos en su justa medida, consulta el artículo original (en inglés) en Quillette.

 

Da que pensar: Sin duda que la ciencia, o más bien, algunas malas interpretaciones de la ciencia, se han utilizado para justificar lo injustificable en cuanto a las diferencias de género. Ciertas interpretaciones también han servido de base para libros de “ciencia” popular que muestran una visión sesgada, cuando no directamente absurda, de las diferencias entre hombres y mujeres. Pero, como escriben Anomaly y Boutwell, esto no quiere decir que no haya ninguna diferencia en el comportamiento entre ambos sexos.

El biólogo Jerry Coyne ofrece un ejemplo de estas diferencias en su blog Why evolution is true. Coyne escribe un artículo a cuento de una reseña en el diario The Guardian del libro de Cordelia Fine Testosterone Rex. La entrada de Coyne es de lo más pertinente para el tema de esta entrada, pues Fine es una ferviente detractora de toda afirmación que implique la existencia de diferencias entre hombres y mujeres.

Coyne reconoce que no ha leído el libro de Fine, por lo que su argumento no va en el sentido de criticar su obra tanto como de criticar un párrafo concreto de la reseña de The Guardian, que puede ser adscrito a lo que Fine argumenta en su libro: que no existen diferencias biológicas en el comportamiento sexual.

Según la teoría de la selección sexual, la diferencia en este comportamiento se basa en que para las hembras el producir óvulos es más costoso que para los machos el producir espermatozoides. Además, las hembras son las que suelen soportar el peso del cuidado y la crianza de las crías. Por ello, la teoría predice que las hembras serán más selectivas en cuanto a la reproducción y a la elección de pareja, mientras que se puede esperar que los machos sean más promiscuos y competitivos.

El artículo de Coyne se centra en mostrar algunos datos que apoyan la existencia de una mayor promiscuidad en hombres que en mujeres, datos que sí están bien fundados por la investigación actual. Mencionaré sólo un par:

En primer lugar, tanto en humanos, como en primates y otras especies, los machos tienen una mayor variación en cuanto éxito reproductivo que las hembras. Para Coyne “sería extraordinario si ello sólo fuera una coincidencia basada en el “condicionamiento social” en humanos, pero el producto de la evolución en todas las demás especies que no tiene condicionamiento social”.

En segundo lugar, en las especies en las que el macho invierte más en la reproducción que las hembras se observa un patrón inverso al habitual: los machos son más selectivos mientras que las hembras son más promiscuas. Comenta Coyne: “De hecho, en estos grupos son las hembras las que tienen colores más vivos y ornamentos mientras que los machos son de colores más apagados: lo opuesto a la situación normal, pero justo lo que predice la teoría de la selección sexual”

Coyne deja bien claro en su artículo que para él defender la teoría de la selección sexual no tiene nada que ver con defender la idea de que las mujeres son monógamas y domésticas, al contrario de los hombres. Defender la igualdad de derechos y de oportunidades entre hombres y mujeres no debería implicar el negar los estudios científicos sobre la diferencia entre sexos, siempre que estos sean serios y estén fundamentados en otras evidencias previas. Escribe Coyne:

Como he dicho, no he leído el último libro de Fine; estoy reaccionando contra un par de párrafos de la reseña de The Guardian – párrafos que implican […] que la selección sexual no existe: todo sería producto del condicionamiento social y del Patriarcado. Pero hay demasiados hechos biológicos (aducidos por primera vez por Darwin) que apoyan [la selección sexual], por no hablar del número de animales que no tienen un “patriarcado” que muestra una fuerte evidencia por la selección sexual y por el comportamiento sexual que se parece al de los humanos.

 

Imagen de Didier Castañeda con licencia Creative Commons Atribución – Sin derivados

La violencia: ¿la única manera de acabar con la desigualdad económica?

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Vivimos en tiempos de una desigualdad económica galopante. Sólo por hacer referencia a algunos de los muchos estudios que se publicaron en 2016 sobre la cuestión: en enero Intermon Oxfam denunciaba que el 1% por ciento de la población mundial era más rico que el 99% restante; en noviembre la OCDE informaba de que los ricos habían sido los más favorecidos con la “recuperación” mundial; en diciembre, la Comisión Europea reconocía en un informe que tener un trabajo ya no garantizaba salir de la pobreza.

¿Qué podría corregir esas desigualdades? Si hemos de creer al profesor de historia de la Universidad de Stanford Walter Scheidel, nada podría hacerlo… salvo la violencia o la guerra.

De los argumentos de  Scheidel nos informaba Eduardo Porter en el New York Times al mencionar algunas de las ideas de la obra de Scheidel de próxima aparición (en el momento de escribir esto) The Great Leveler. Seguir leyendo

Los preescolares pueden diferenciar entre pinturas abstractas hechas por artistas de las hechas por otros niños o por animales

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Autumn Rhythm, de Jackson Pollock

El arte abstracto es quizá uno de los estilos artísticos más criticados por el público. La frase “eso podría haberlo hecho mi hijo/a” ya es todo un tópico. Una variación de la misma es aquella que afirma que la obra podría haber sido pintada por un animal con un poco de adiestramiento.

Ambas afirmaciones parecen querer decir que la obra de un artista abstracto es una especie de batiburrillo que, en el fondo, sería indistinguible de la obra de un niño o de un animal no humano. Pues bien, parece que sí que hay diferencias entre una obra genuina de arte abstracto y una que no lo es, y que esta diferencia podría ser reconocida por niños tan jóvenes como los de 4 años. O eso es lo que parece implicar en un estudio que se publicó en el Journal of Cognition and Development y que fue reseñado en blocs como BPS Research Digest o Mental Floss. Seguir leyendo

El mito de Frankenstein, o qué significa “jugar a ser Dios”

 

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El próximo 2018 se celebrarán 200 años de la publicación de una obra clave de la cultura popular: Frankenstein, o el moderno Prometeo, de Mary Shelley. Dada la relevancia de la obra, es de esperar que se produzcan conmemoraciones y homenajes de lo más diversos. Algunos, pero, se han adelantado a la fecha y ya han hecho su particular homenaje.

La plataforma Slate dedicó en enero de 2017 una serie de artículos a examinar algunas de las implicaciones del mito de Frankenstein. La serie se incluye en una destacable iniciativa llamada Futurography: un proyecto que cada mes, en una mezcla entre periodismo y aprendizaje digital, quiere acercar al público algunas de las tecnologías que marcarán nuestro futuro inmediato, sin olvidar sus posibles consecuencias.

De la serie de Slate me gustaría destacar algunas ideas de un artículo escrito por Bina Venkataraman que analiza la idea de “jugar a ser Dios”. Seguir leyendo