La nueva izquierda y la política de autoayuda

La psicologia positiva es uno de los fenómenos culturales más notables de nuestro tiempo. De hecho, casi que podríamos decir que la búsqueda de la felicidad se ha convertido en una preocupación de primer orden para miles de personas en todo el mundo.

Como movimiento popular la psicología positiva no se ha librado de críticas, como por ejemplo el posible efecto de culpabilizar a las personas de sufrir determinadas situaciones con la excusa de no estar poniendo lo suficiente de su parte para estar mejor; o la ceguera ante el hecho de que existen problemas muy reales que no se solucionan simplemente con un cambio de nuestra actitud ante la vida.

Hay incluso quien ve una relación entre algunos principios de la psicología positiva y el auge de ciertos movimientos políticos modernos. Es el caso del periodista Jorge Dionisio López García en la entrada de su blog personal titulada Todos leyeron El secreto.
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¿Es peor el comunismo que el nazismo?

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En estos tiempos revueltos, parece que las posiciones extremas tanto de la izquierda como de la derecha política han vuelto a primera línea de la vida pública. Los enfrentamientos entre sus partidarios, más o menos directos, y cómo éstos son percibidos por la ciudadanía, siguen encerrando una cuestión moral que lleva años ocupando a analistas de diversas disciplinas: ¿hay que condenar más duramente el nazismo que el comunismo?; ¿quizá a la inversa?: ¿o acaso son igualmente reprobables?

La escritora Cathy Young, en un artículo en Forward, nos da su opinión sobre la polémica: quizá el comunismo sea peor que el nazismo por un aspecto fundamental.

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El fact-checking cambia las creencias, pero no la intención de voto

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Para muchas personas comprometidas con las problemáticas sociales que estamos viviendo, la educación es la clave para la mejora de las personas. En particular, suele comentarse que los prejuicios y la desinformación asociada a la política se supera con divulgando hechos. Eso explica la gran popularidad actual de los sitios de verificación de hechos (fact checking). Pero, ¿es cierto que exponer a los hechos a la gente puede cambiar sus preconcepciones políticas?

Pues parece que no, si hemos de creer los resultados de un estudio reseñado por Alexios Mantzarlis en Poynter. Resumiendo, la principal conclusión sería ésta: el fact-checking cambia las creencias, pero no la intención de voto. Seguir leyendo

No, no siempre tienes derecho a opinar

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En nuestras sociedades democráticas, la libertad de expresión es un derecho básico. Y con esa libertad, se considera que la libertad de tener una opinión y de expresarla también lo es. A esa idea parecen haber contribuido la aparición de las redes sociales, que han supuesto una plataforma para que miles de individuos puedan expresar sus opiniones sobre los temas más diversos y de las más diversas maneras.

Pero que tengamos derecho a opinar no es algo que se pueda aplicar de manera obvia a todos los casos. Al menos eso es lo que nos explica el filósofo Patrick Strokes en un artículo para The Conversation.

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Las personas con más educación tienen creencias más polarizadas en temas científicos controvertidos

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Uno de los remedios a los que se apela con más frecuencia para intentar paliar los prejuicios que socavan nuestras sociedades es la educación: gracias a ella, se dice, los individuos tienen la oportunidad de poner en marcha el pensamiento crítico, de juzgar por sí mismos y de combatir la ignorancia.

Pero parece que la relación entre la educación y los prejuicios es menos directa de lo que quedríamos. Según un reciente trabajo de investigadores de la Carnegie Mellon University, una mayor educación puede llevar a tener creencias más polarizadas, y no menos, en cuestiones científicas relacionadas con la identidad individual.

Los investigadores, Caitlin Drummond y Baruch Fischhoff utilizaron datos de la General Social Survey, una encuesta nacional de EEUU financiada por la National Science Fundation. Drummond y Frischhoff examinaron las creencias sobre seis cuestiones (investigación en células madre, el big bang, la evolución humana, los alimentos transgénicos, la nanotecnología y el cambio climático), poniéndolas en relación con tres indicadores del nivel de educación: la titulación obtenida, las clases de ciencia recibidas en el instituto y en la escuela y la aptitud general para los hechos científicos.

Drummond y Frischhoff hallaron que en cuatro de esas cuestiones, la investigación en células madre, el big bang, la evolución humana, y el cambio climático, los individuos con mayor educación tenían creencias más polarizadas. Escribe Drummond en una reseña del estudio para Science Magazine:

Sólo podemos especular sobre las causas subyacentes […]. Una posibilidad es que las personas con más educación es más probable que sepan lo que se supone que tienen que decir, en cuanto a esos temas polarizados, para expresar su identidad. Otra posibilidad es que tengan más confianza en su habilidad para argumentar su postura.

 

Da que pensar: El resultado del estudio de Drummond y Frischhoff es llamativo, pero viene a sumarse a algo que el movimiento escéptico viene afirmando en los últimos tiempos: la lucha contra la irracionalidad no sólo es una cuestión de educación. Y es que las creencias irracionales también campan a sus anchas entre los sectores de la población con más educación. Es algo sobre lo que ya traté en la entrada Los límites del pensamiento crítico y el poder de la educación.

Tal y como mencionaba en aquel artículo, quizá no haya que caer en un excesivo cinismo: gracias a la educación, o en buena parte gracias a ella, se han conseguido avances sociales y de conocimiento en una buena cantidad de ámbitos importantes. Lo que sucede es que parece que siempre vayamos a encontrarnos con un muro de prejuicios enraizados en nuestra personalidad que la educación, la racionalidad y los datos no pueden traspasar.

Puede que, como también apuntada en aquel artículo, parte de la solución en la lucha contra los prejuicios y la irracionalidad esté en la comunicación. Como afirma el médico Vicente Baos:

El desprestigio social es lo que funciona. Convencer a un homeópata de que lo suyo no es nada resulta imposible porque es una creencia arraigada y la gente tiende a evitar las disonancias cognitivas, es decir, a rechazar lo que va en contra de sus creencias más profundas. Un ejemplo serían las famosas pulseritas Power Balance, la gente que las usaba empezó a no hacerlo cuando se creó la sensación de que era un poco ridículo. La inmensa mayoría de la gente lo abandonó, independientemente de si antes creía que hacía algo o no. Pero si el pensamiento social es crítico, algo se abandona y se olvida. Aunque habrá otra cosa que salga, eso es inevitable.

¿Hay diferencia entre la fe religiosa y la “fe en la ciencia”?

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No son pocos los científicos que se comportan como activos escépticos en la esfera pública, atacando las pseudociencias y poniendo en duda los dogmas religiosos. Uno de los argumentos que los defensores de las pseudociencias y de la religión utilizan más a menudo en sus contraataques es que, en lo fundamental, la ciencia es otra forma de fe: una fe en la existencia de los fenómenos, del mundo real e incluso en la racionalidad.

Paul Bloom, en un artículo para The Atlantic, argumenta que la “fe en la ciencia” no tiene nada que ver con la fe en la religión: son fenómenos muy diferentes con fundamentos y motivaciones muy diferentes que no deberían confundirse. Seguir leyendo

¿Es morir tan terrible como lo imaginamos?

Puede que haya pocas experiencias que nos aterroricen más que la muerte. Imaginar la mera posibilidad de dejar de existir despierta en la mayoría de nosotros un terror atávico, ligado quizá a nuestro impulso hacia la propia preservación.

Pero lo cierto es que ese miedo no parece inevitable. Es más, según un estudio del psicólogo Kurt Gray, puede que la cercanía inmediata de la muerte nos vuelva de alguna manera más “positivos”. Evan Allgood reseña el trabajo de Gray en NYMag.

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