Por qué leer todavía, o por una nueva defensa de la lectura

Por que leer

Leer nos hace más libres. Leer nos hace mejores personas. Leer nos cambia la vida, nos permite conocer nuestro yo más íntimo y experimentar vidas y realidades ajenas a la nuestra. Leer es una puerta abierta a la fantasía y a la maravilla.

Estas y otras afirmaciones semejantes son una parte fundamental del discurso sobre la lectura de los últimos años. Tales aseveraciones se pueden hallar en las opiniones de docentes, de escritores e intelectuales, y también en las campañas oficiales de promoción de la lectura.

Parece que se ha optado por ensalzar el valor de la lectura apelando a sus en apariencia múltiples beneficios, en unos tiempos en los que la lectura (al menos la lectura de libros en papel) tiene unos poderosos enemigos en las nuevas formas de aprendizaje y entretenimiento digital.

Tan ubicuo es dicho discurso que podríamos decir que ha dado paso a un subgénero de ensayo sobre la lectura: aquel que matiza e incluso niega su utilidad. Y ello por la vía de la crítica, de la deconstrucción de los beneficios que se suelen aducir para afirmarla.

Así, con variados estilos y con títulos más o menos afortunados, nos encontramos con autores que nos llaman al escepticismo frente a afirmaciones contundentes como las que mencionaba más arriba, afirmando que en realidad leer no nos hace ni mejores, ni más listos, ni más inteligentes, ni nos aporta tantas cosas como parecemos empeñados en creer.

Sostener lo contrario, nos dicen, es un signo de fundamentalismo lector: una actitud de aquellos apasionados de la lectura que tienden a sobrevalorar el acto de leer, que defienden su pasión con tópicos difíciles de sostener, cuando no irracionales. Pero lo peor del fundamentalismo lector no sería el uso de falacias, sino el desprecio que puede llegar a generar hacia los no lectores. Y es que si leer nos hace más libres, más inteligentes y mejores personas, ¿qué habríamos de decir de aquellas personas que no leen: que son más esclavos, más tontos y peores que nosotros? ¿Qué derecho tenemos a hacer tal cosa? ¿No será ello un exceso de prepotencia, de desprecio elitista?

En cierto sentido es un fenómeno comprensible, puesto que es una reacción a afirmaciones excesivas que son difíciles de comprobar si se toman al pie de la letra. Practicar un sano escepticismo parece necesario tanto en este como en otros ámbitos de la vida intelectual. Lo que sucede es que un exceso de escepticismo puede acabar abocándonos a un cinismo igual de injustificado que el triunfalismo al que intenta combatir.

Por ello parecería prudente intentar elaborar una nueva defensa de la lectura, matizando algunos tópicos cuando sea necesario sin por ello renunciar a seguir remarcando los beneficios de la lectura.

En los párrafos que siguen voy a intentar elaborar mi particular defensa de la lectura. Para ello examinaré tan sólo algunos de los argumentos escépticos que me parecen más relevantes. Sostendré que los escépticos tienen razón al atacar las afirmaciones más inflamadas sobre el valor de la lectura, pero al mismo tiempo afirmaré que tenemos buenas razones para seguir defendiendo que la lectura es y debería ser una actividad central en nuestras vidas.

No obstante, me temo que los argumentos que podamos utilizar para defender la lectura no son tan contundentes ni definitivos como nos gustaría. Aun así, presentaré mi defensa y veremos a dónde nos conduce. Antes de comenzar, me gustaría hacer un par de apreciaciones.

La primera de ellas debería ser obvia. La mayoría de declaraciones sobre la lectura se hacen teniendo en cuenta la lectura de ficción, de novelas para ser más exactos. Es comprensible, teniendo en cuenta por un lado que muchas de esas declaraciones son hechas por novelistas o por intelectuales con un sesgo hacia las humanidades; y por el otro, que la novela es el género preferido por la mayoría del público.

Pero está claro que leer no equivale en absoluto a leer novela. Leer es una actividad, por lo que tanto se lee cuando se lee novela como cuando leemos las noticias del día, una factura del banco o un manual de física cuántica. Por supuesto que cuando se habla de los beneficios de la lectura no nos referimos a los beneficios de leer las facturas del banco, pero no deberíamos caer en la trampa mental de identificar la lectura únicamente con la lectura de novelas.

La segunda apreciación es que la lectura, al menos en nuestras sociedades, está íntimamente ligada a la educación. No es que la educación no pueda tener o no tenga en cuenta otros vehículos para el aprendizaje, pero la lectura sigue siendo el principal. Y, de nuevo, aquí “lectura” no quiere decir únicamente “leer novela”.

Creo que ambas apreciaciones, además de hacer justicia al acto de leer, nos pueden ayudar a suavizar algunas críticas escépticas demasiado generales o al menos a situarlas en un contexto más certero, más real que el ámbito de la argumentación abstracta.

1.

Comencemos pues examinando la afirmación de que leer tiene el poder de cambiarnos profundamente, tanto que en ocasiones ciertos intelectuales aseguran que en esencia somos nuestras lecturas.

Es sin duda una afirmación en exceso categórica. Si nos tomamos en serio la idea deberíamos ser capaces de determinar, por así decir, qué grado de nuestra personalidad depende de los libros que leemos, o qué porción de nuestro comportamiento se debe a ellos. O ya puestos qué cambios cerebrales inducidos por la lectura habrían de ser los responsables de nuestro cambio personal. Una forma pues de conductismo extremo, en la que en virtud a un estímulo (leer) seríamos capaces de prever unos efectos (nuestro comportamiento, nuestro cambio de personalidad).

Pero es obvio que no podemos saber con seguridad tales cosas. Sería ingenuo esperar un conductismo así, dado que nuestra personalidad depende no sólo de nuestras lecturas sino también de nuestra particular constitución genética, de las interacciones que mantenemos con los otros, del azar, o de otros tipos de consumo cultural (como ver la televisión o navegar por internet). Si esos factores pueden ser muy distintos en función de la persona concreta, ¿cómo podemos hacer una afirmación tan general como que leer nos hace lo que somos?

Y, sin embargo, a pesar de la variabilidad de casos y de lo absurdo del conductismo extremo, ¿cómo podemos descartar que, efectivamente, leer nos cambie? Al fin y al cabo puede que no tengamos pruebas absolutas a favor, pero tampoco podemos descartar que haya ciertos indicios que apunten en esa dirección.

Es obvio que leer nos cambia en un sentido muy directo: leer cambia el cerebro porque ésa es la manera en la que el cerebro funciona. Cualquier actividad que llevemos a cabo es susceptible de provocar un cambio en el cerebro. La lectura es una actividad reciente en nuestra historia evolutiva, por lo que para llevarla a cabo se reclutan diversas áreas del cerebro involucradas en otras funciones.

Pero no sólo el acto en sí de leer puede cambiar el cerebro. Desconocemos de qué manera exacta se forman en el cerebro fenómenos tan abstractos como las ideas, los pensamientos y las emociones, pero está claro que hay un vínculo entre la actividad cerebral y dichos fenómenos.

Las creencias que dan lugar a nuestro comportamiento y que podemos llegar a sentir como la esencia misma de nuestro ser no surgen de la nada, sino que (al menos por lo que sabemos hasta ahora) son el producto mismo del cerebro, de su constante reconfiguración.

Sin duda que nuestra personalidad viene fuertemente determinada por la genética, pero ello no implica que no se despliegue, se pula, se perfeccione mediante estímulos como los que nos proporciona la lectura.

Todo ello es, creo, suficiente para mantener que leer puede cambiarnos al favorecer el cambio cerebral, tanto desde un punto de vista de reorganización de funciones como
desde un punto de vista de contenido conceptual.

Así pues, es cierto: no hay manera de saber con certeza qué cambios cerebrales provocan nuestras lecturas, ni qué cambios de conducta podríamos asociar a esos cambios. Y por supuesto no podemos deducir la personalidad de nadie únicamente atendiendo a los libros que lee. Pero no creo que podamos afirmar seriamente que no hay cambios, o que esos cambios no pueden llegar a ser significativos.

2.

Tomemos ahora la afirmación de que leer nos hace más inteligentes. ¿Por qué debería ser una persona que lee más inteligente que alguien que no? Seguro que todos hemos conocido o conocemos a personas que son buenas lectoras, pero sobre las que tendríamos dudas a la hora de calificar su conducta como inteligente. No, leer no siempre nos hace más inteligentes.

Sin embargo, sí hay evidencia de que hay relación entre la lectura y el aumento de inteligencia.

Y es que el coeficiente intelectual global ha estado aumentado a razón de unos tres puntos por década. Es el llamado Efecto Flynn en honor a su descubridor, el científico político James Flynn.

Hay varios factores que unidos podrían explicar este incremento en el coeficiente intelectual. Por ejemplo, las mejoras en alimentación y en sanidad (en especial la extensión de la vacunación y la prevención de enfermedades infecciosas) han contribuido a fomentar el desarrollo cognitivo de la población al mejorar las condiciones de vida. Y cómo no, la educación también ha podido tener un papel destacado.

El propio Flynn sostiene que la educación fomenta la estimulación cognitiva. De hecho, sería la sociedad moderna en su conjunto la que favorece el estímulo intelectual constante, y el perfeccionamiento que provoca la práctica se reflejaría en la mejora de los resultados de los test de inteligencia.

Flynn cree que el aumento de cociente intelectual está basado en mejoras en el razonamiento abstracto, una habilidad a la que la lectura tiene mucho que aportar tanto en la época escolar como en la edad adulta.

Y no sólo al razonamiento abstracto: también a la llamada inteligencia
cristalizada, aquel conjunto de conocimientos que ganamos a lo largo de nuestro aprendizaje vital.

Hay que puntualizar que está muy bien establecido que la inteligencia depende en gran medida de la genética. Contamos con evidencias sólidas de una influencia genética sobre el llamado factor G, un concepto estadístico que indica que las personas que sobresalen en ciertas tareas cognitivas también tienden a sobresalir en otras áreas.

Por ello ni la educación ni la lectura conseguirán hacernos a todos superdotados. Pero las condiciones ambientales son cruciales para el desarrollo cognitivo y por tanto para el desarrollo de la inteligencia, y como muestra el Efecto Flynn ha habido un margen de progreso muy real en todo el mundo gracias en buena parte a la extensión de la educación y la lectura.

Hay otros indicios que apuntan a que la lectura efectivamente aumenta la inteligencia. Mencionaré dos trabajos relevantes en ese sentido.

Un estudio de 2014 llevado a cabo con gemelos idénticos mostraba que los hermanos con  mejores habilidades de lectura adquiridas por influencia ambiental también mostraban mejoras en la habilidad intelectual (no sólo un aumento de la inteligencia verbal, sino también de destrezas de razonamiento).

La habilidad lectora, como la inteligencia, también está muy influenciada por la genética. Por eso es interesante que el estudio fuese llevado a cabo con gemelos idénticos: los gemelos idénticos poseen el mismo material genético, por lo que cualquier diferencia adicional en su comportamiento o capacidades podría ser atribuida a la influencia del entorno.

En este caso, los investigadores pudieron relacionar la diferencia en inteligencia con la diferencia en la habilidad lectora adquirida por influencia del ambiente (no por las capacidades innatas).

En la estela de la relación entre la escolarización y la inteligencia, un estudio de 2018 afirmaba haber hallado que un año extra de educación eleva el coeficiente intelectual entre 1 y 5 puntos.

La escolarización no equivale a leer, y por supuesto no equivale a leer novela, pero está claro que la lectura es un componente esencial de la escolarización, por lo que no podemos descartar que la lectura juegue un papel destacado a la hora de hacernos más inteligentes.

3.

A pesar de la existencia del Efecto Flynn y de su posible relación con la educación y la lectura, seguro que muchas personas no están pensando en una mejora en la resolución de test cuando hablan de ser inteligente. Más bien quizá se refieran a una cierta inteligencia moral, a la capacidad de hacer lo correcto cuando es necesario, o de actuar de una manera razonable. Ello está directamente relacionado con otro aserto en torno a la lectura: que leer nos hace mejores personas.

En los últimos años se han publicado varios estudios que daban a entender que había una relación directa entre leer ficción y la mejora de la empatía. Tiene lógica, dado que una buena obra de ficción puede tener la capacidad de hacernos poner en la piel de los personajes, de experimentar los conflictos y emociones que éstos sufren de una manera vívida.

No obstante dichos estudios han sido criticados por problemas metodológicos, e incluso en algún caso no ha sido posible reproducir sus resultados (es decir, obtener los mismos resultados siguiendo la misma metodología, pero llevada a cabo por otro equipo investigador).

Además, la empatía no siempre tiene por qué ser algo positivo . La empatía es necesaria para el comportamiento moral, pero un exceso de empatía para con los miembros del propio grupo puede desencadenar dinámicas perversas para con aquellos que no pertenecen al mismo.

La empatía es estrecha de miras (nos conecta con individuos concretos, pero es ciega a datos estadísticos o a diferencias numéricas) y sesgada (por ejemplo: sentimos más empatía por (por ejemplo: sentimos más empatía por personas atractivas o por aquellas de nuestro grupo étnico o nacional), por lo que no siempre es una buena guía para la vida social.

Para seguir con el escepticismo, no deberíamos olvidar que ha habido un buen número de escritores e intelectuales que han mostrado un comportamiento moral reprobable, cuando no directamente criminal.

Y cómo no, tenemos la historia reciente de Europa. En un claro ejemplo de la Ley de Godwin según la cual cuanto más se alarga una discusión más probabilidades hay de que en ella se acabe mencionando a Hitler, no son pocos los escépticos que se preguntan cómo podemos sostener que leer nos hace mejores personas con la sombra de las calamidades cometidas por el régimen nazi, muchos de cuyos perpetradores eran intelectuales y amantes de la cultura.

La investigación científica en torno a la empatía y la lectura es prometedora, pero tiene importantes debilidades. Tampoco podemos negar la violencia de nuestra historia humana. Pero hay progreso moral, y en dicho progreso la lectura puede haber tenido mucho que ver.

El psicólogo Steven Pinker en su obra Los ángeles que llevamos dentro utilizó una impresionante variedad de datos para argumentar que la violencia en la historia de la humanidad no ha hecho sino descender en todos los ámbitos, aun a pesar de fenómenos como la existencia de conflictos armados modernos, el terrorismo y formas de violencia interpersonal como la violencia de género. Pinker señaló que en ese descenso de la violencia ha habido hitos importantes, como la revolución humanitaria que tuvo lugar entre los siglos XVII y XVIII.

En ese periodo de tiempo se abolieron un buen número de prácticas violentas que hoy consideramos repugnantes. Y según Pinker uno de los desencadenantes del cambio pudo haber sido la explosión de la lectura. No sólo porque como hemos visto antes la lectura de ficción puede ejercitarnos en la toma de perspectiva, en el acto de ponernos en el lugar del otro; sino además porque la lectura fue un medio poderoso para la difusión de las ideas del liberalismo clásico, según el cual la vida y la libertad del individuo están por encima de instituciones como la iglesia, la tradición o el estado. Según el psicólogo, pues, la revolución humanitaria fue en parte debida a una interacción virtuosa entre emoción y razón, entre empatía y racionalidad.

Traer a colación a Pinker en estos contextos siempre es arriesgado: sus obras son controvertidas, sus ideas disputadas, y sus declaraciones no suelen ser del gusto de muchos intelectuales de corte humanista. Pero tenga razón o no en cuanto a la revolución humanitaria, sigue siendo cierto que la lectura es un poderoso medio para la reflexión y para la conexión emocional, y por tanto no deberíamos negar tan fácilmente que leer pueda hacernos mejores personas. No siempre ni de manera absoluta, claro está. Pero sí lo suficiente como para potenciar claros avances morales, como las reivindicaciones contemporáneas de los colectivos feministas o LGTBI; la defensa de los derechos y del bienestar animal; la preocupación por el medioambiente; la lucha por la erradicación de la explotación infantil; la abolición de la esclavitud;…

Siempre podemos replicar que esos avances son insuficientes, que queda mucho por hacer, que el compromiso de demasiadas personas con esos avances es débil a pesar de lo que se pueda declarar en público. Y todo ello sería cierto, pero incluso esa forma de hipocresía moral pública puede entenderse como derivado de un progreso moral real. Y es que como dice el filósofo Peter Singer, “la hipocresía es el tributo que paga el vicio a la virtud, y si los racistas y sexistas deben pagar ese tributo, es señal de que ha habido cierto progreso moral”.

¿Y qué podemos decir sobre la relación entre fenómenos de barbarie pura como el nazismo y la lectura? Sacar a relucir el caso nazi dice más de nuestra en ocasiones limitada compresión de los sucesos históricos que de la capacidad o no de la lectura para hacernos buenas personas. El catálogo de causas que precipitaron la Segunda Guerra Mundial y los horrores que la acompañó fue imponente. Por supuesto que ninguna de esas causas justifica el desenlace, ni lo hizo inevitable (porque al fin y al cabo las decisiones fueron tomadas por personas que podrían haber obrado de otra manera). Pero quizá sí que deberíamos preguntarnos cómo el mero hecho de la lectura podría haber contrarrestado semejante combinación explosiva.

La lectura es un componente fundamental para la salud democrática, para la justicia y la libertad. Hay buenas correlaciones entre la extensión de la democracia y la extensión de la educación. Los países que tienen una esfera pública fuerte, con una prensa libre y en las que se favorece la discusión y libertad para intercambiar conocimientos e ideas son más resistentes a la manipulación y a los extremismos políticos. Pero como muestra la deriva reciente en las sociedades occidentales, la lectura y la educación no son garantía de nada sino uno más de entre otros factores económicos, sociales y políticos que pueden contribuir al bienestar y a la paz social, o a todo lo contrario.

No hay garantías absolutas en cuanto al progreso moral, porque el ser humano no es (en expresión de Pinker) una tabla rasa que pueda ser moldeada a nuestro gusto utilizando la educación. Siempre habremos de contar con la posibilidad de que lo peor que hay en nosotros haga acto de aparición, y por ello haríamos bien en revisar nuestro concepto de qué puede contar como progreso moral. Ciertamente hay motivos para la esperanza, aunque sea una esperanza teñida de un necesario y justificado escepticismo.

4.

Sigamos con nuestro repaso de argumentos escépticos contra las soflamas a favor de la lectura, preguntándonos por qué la lectura habría de ser una mejor forma de invertir nuestro tiempo que, digamos, ver la televisión.

Culpar a la televisión de algunos de los grandes males que padecen nuestras sociedades es un lugar común, practicado con asiduidad por escritores e intelectuales diversos. A la televisión se le ha acabado uniendo Internet, a quien se culpa ahora de acusaciones tan graves como el desprestigio de la política y de poner en peligro a la misma democracia. Según los mismos analistas el remedio para contrarrestar tales efectos nocivos sería la lectura y sus beneficios: un pensamiento más pausado, una mayor reflexividad, un mayor ejercicio del pensamiento abstracto,…

Ceo que es injusto demonizar a medios como la televisión o Internet, y es que ni que decir tiene que su uso también puede reportarnos beneficios. Gracias a ellos podemos acceder a otros modos de relacionarnos con la realidad, a contenidos que son imposibles con las limitaciones de la letra impresa (o digital), y a un caudal inmenso de conocimientos nunca antes visto en la historia humana. Además, son una excelente fuente de entretenimiento.

Tampoco parece que los medios sean los responsables absolutos del deterioro de prácticas e instituciones sociales. Cierto, pueden favorecer dinámicas que potencien ese deterioro, como el exceso de emotividad en la comunicación o la superficialidad de los mensajes. Pero el análisis quedaría limitado si no determinamos qué otros factores (si los hay) podrían estar en juego y cuál es el grado de responsabilidad que los individuos tenemos en esos fenómenos.

Puede que sea cierto que el desprestigio de los medios de comunicación (o de los nuevos medios) sea producto de la pérdida de prerrogativas culturales de los intelectuales: la pérdida de poder a la hora de dictar qué merece nuestra atención, qué es lo bueno o qué es lo bello. Por tanto no faltan escépticos que consideren que las críticas a la preferencia de la televisión o de Internet sobre la lectura no son más que un reflejo de un prejuicio intelectual. Por ello, concluyen, no deberíamos caer en la trampa de considerar que hay algo intrínsecamente nocivo en su consumo.

Podemos estar de acuerdo en la sospecha de elitismo cultural, y aun así también aquí haríamos bien en no llevar nuestro escepticismo demasiado lejos.

Y es que, aunque parezca una afirmación peregrina, para dedicarnos nuestras aficiones también necesitamos de una base material, y la educación es una oportunidad para mejorar las oportunidades de las personas de progresar en la sociedad, esto es, de obtener mejores trabajos y mejores rentas. Unas rentas con las que entre otras cosas podemos mantener nuestro consumo de televisión y de Internet.

La educación no implica amor por los libros y la lectura, claro está. No obstante, es difícil creer que se pueda llegar a ciertos niveles formativos sin haber adquirido y desarrollado buenas competencias lectoras y, por qué no, cierto gusto por la cultura y cierta curiosidad intelectual. Sólo si nos empeñamos en identificar “leer” con “leer novela” y en separar el acto lector de su sentido más amplio este aspecto crucial de la lectura nos puede pasar desapercibido.

Hacer esta puntualización parece casi obsceno con el eco de la crisis económica inaugurada en 2008. Miles de personas han visto mermadas sus expectativas de futuro, sus posibilidades de mejora social. También miles de personas han visto cómo sus títulos académicos no han servido para prosperar en unas sociedades que parecen haber decidido que su exceso de formación es un problema más que una ventaja. Por si fuera poco, se puede obtener un cierto estatus social sin el correspondiente alto nivel educativo, como se encargan de recordarnos los modelos de éxito populares, entre ellos deportistas, gurús de las nuevas tecnologías y otras especies de “famosos”.

Pero a pesar de lo innegable, la relación estadística se mantiene: el nivel de estudios está relacionado con las oportunidades de mejorar en la sociedad, o de una mayor resiliencia social en las crisis económicas. Por desgracia no es algo que se cumpla siempre ni en todo caso, pero la relación sigue estando ahí. Además la mayoría de nosotros no llegaremos jamás a ser emprendedores multimillonarios o famosos televisivos, por lo que la educación y la lectura son de la pocas bazas de las que disponemos para vivir unas vidas mejores en muchos sentidos. Por ello no parece mala idea apostar por moderar (que no eliminar) el consumo de televisión y dedicar un tanto más de tiempo a la lectura.

Tampoco parece mala idea apostar por moderar el consumo de Internet en beneficio de la lectura. Y es que el nivel educativo y el nivel lector también influyen en el uso que se hace de Internet, creando una nueva brecha digital: las habilidades lectoras influyen en la mayor capacidad de los individuos para aprovechar las ventajas que el nuevo medio ofrece, y también están relacionadas con el tipo de contenidos que se consumen.

Puede que esta defensa casi materialista de la lectura no sea del agrado de muchas personas comparada con la defensa basada en efectos más, digamos, espirituales. Pero el progreso material está muy relacionado con algo que ya hemos examinado: el progreso moral. Y es que tanto las mejoras materiales como las mejoras en salud, en el trabajo, en la esperanza de vida y tantas otras, son condiciones necesarias para que podamos plantear un avance significativo en esferas como el comportamiento moral o el enriquecimiento intelectual.

El progreso material muestra otra cara de los beneficios de la lectura: a un nivel social amplio la lectura nos beneficia en ciertos aspectos aunque nosotros no la practiquemos. Aun si decidiéramos dejar los libros y dedicarnos a ver la televisión, la lectura nos seguiría beneficiando aunque de manera indirecta: las sociedades que basan parte de su progreso en la educación y en la lectura hacen más posible que nuestras condiciones de vida mejoren, que se generen las infraestructuras y los recursos suficientes como para que siquiera nos podamos plantear ver la televisión de manera intensiva.

5.

Vamos a acabar nuestro breve repaso al escepticismo en torno a la lectura con la relación entre la la lectura y la felicidad. De nuevo aquí encontramos intelectuales, lectores y escritores prestos a afirmar que la lectura es una forma de felicidad sublime: la lectura representa una unión entre lo emocional y lo espiritual, y al enriquecernos, transformarnos y mejorarnos como persona, la felicidad que nos da leer no puede compararse a la felicidad que aportan otras actividades como ver la televisión, actividades siempre bajo la sospecha del embrutecimiento moral e intelectual.

Esta asociación entre lectura y felicidad también es presa fácil de la acusación de elitismo cultural, y con cierta razón. La incapacidad para aceptar que haya personas que se sientan más felices y dichosas, digamos, viendo un partido de fútbol que leyendo un clásico de la literatura universal quizá diga más de nuestros prejuicios intelectuales que sobre lo que debería considerarse con justicia que es la felicidad. Pero una vez tomadas las precauciones contra el elitismo cultural quizá aquí también convenga no caer en conclusiones apresuradas.

La felicidad es un asunto complejo, que entronca con el aun más complejo tema de qué deberíamos considerar como una buena vida. El subjetivismo en este terreno parece ser nuestra postura por defecto, siendo como somos ciudadanos de sociedades liberales cada vez más preocupados por los derechos y las libertades individuales. Así pues, ¿qué hay de malo en que alguien pueda considerar que su felicidad radica en ver su deporte favorito, más que en acudir a su biblioteca más cercana para pasar la tarde leyendo? Quizá esa persona crea que una buena vida pasa justamente por llevar a cabo actividades como ésa, y no por leer. ¿Y quién somos nosotros para negarle a nadie su concepto de lo que es una buena vida?

Pero hay un aspecto importante en torno a esta cuestión que hay que destacar: sea lo que sea la buena vida o la felicidad, bien pudiera ser que leer nos proporcionara las herramientas para permitirnos el lujo de hipotetizar, de conceptualizar y de perseguir diferentes visiones de ambas. Y no sólo desde un punto de vista intelectual, sino también material puesto que como ya hemos visto la lectura está muy relacionada con el progreso material, algo que incide de manera muy directa en nuestra capacidad para ser felices.

No es que para perseguir la felicidad sea imprescindible leer (está claro que no). Es más bien que la lectura y lo que leer comporta nos ofrece un abanico más amplio de posibilidades para pensar qué es la felicidad y para perseguir nuestra particular visión de la buena vida. Y en última instancia quizá toda la cuestión de por qué leer se resuma en eso: en las posibilidades.

Ya sean las humanidades, los conocimientos científicos o las obras de la imaginación, todos tenemos (o deberíamos tener) el derecho de acceder al conjunto de saberes y emociones que configuran el patrimonio cultural compartido de la humanidad. Leer es un medio con el que las personas podemos acceder a ese patrimonio y a los beneficios que nos brinda. No es el único medio, pero sí un medio crucial en la vida humana en los últimos siglos. La lectura, pues, permite ampliar nuestras posibilidades al ponernos en contacto con conceptos, ideas, emociones y sensaciones que contribuyen a remodelar nuestra existencia.

6.

Ningún escéptico hacia el discurso oficial sobre la lectura pondría en duda la necesidad de saber leer. Pero aquí llueve sobre mojado. Es muy matizable la afirmación catastrofista de que cada vez se lee menos pero nuestra época posmoderna, tan centrada en el hedonismo y la libertad individual, no casa bien con ciertas formas de esfuerzo. Y desarrollar un buen hábito lector puede ser divertido, por qué no, pero seguro que también requiere de un esfuerzo sostenido en el tiempo.

No es que para evitar un hipotético desapego hacia la lectura de cada vez más personas haya que negar la necesidad de la crítica. Es sólo que, como hemos visto, las dudas razonables en torno a algunas afirmaciones sobre la lectura pueden hacernos olvidar la existencia de otros buenos argumentos para sostener su necesidad.

No son argumentos tan sólidos ni definitivos como quizá quisiera un escéptico radical: leer no siempre nos hace más inteligentes o mejores personas, ni nos asegura la prosperidad. Esa falta de garantías pueda llevarnos a caer en un cierto cinismo sobre el valor de la lectura. Es un cinismo que nosotros, miembros de sociedades avanzadas que hemos tenido la fortuna de recibir una educación y de poder desarrollarnos como lectores, nos podemos permitir de una forma un tanto frívola olvidando que para millones de personas en todo el mundo la educación, la lectura y sus beneficios siguen siendo un bien escaso. Además, quizá deberíamos preguntarnos si el problema no será más bien la insistencia en contar con garantías absolutas.

Nos gusta pensar que para determinar la verdad de algo lo único que necesitamos es apelar a los hechos, aunque lo cierto es que eso no suele bastar en un buen número de ocasiones. En la vida humana abundan las ideologías irreconciliables, las discusiones interminables y las posturas incorregibles, y todas ellas parecen tener su propio arsenal de pruebas con las que sostenerse.

Por ello el filósofo Julian Baggini sostiene que la lógica o los hechos suelen ser insuficientes.  Según Baggini además necesitamos de juicio, una facultad que nos permite llegar a conclusiones cuya verdad o falsedad no puede ser determinada sólo apelando a la lógica y a los hechos. No es que los hechos o la verdad no importen, por supuesto que importan. Es sólo que en última instancia necesitamos tomar una decisión sobre qué creer una vez expuestas las pruebas, y el razonamiento puro no nos ayudará en esa tarea.

Baggini opina que debido a ese papel clave del juicio, practicar la atención suele ser más útil que un argumento. En ese sentido Baggini cita al también filósofo Ludwig Wittgenstein, que dejó escrito que la mejor manera de responder a un escéptico que diga “No sé si aquí hay una mano” es contestar “presta atención”.

Parafraseando a Wittgenstein, quizá la mejor respuesta a un escéptico sobre el poder de la lectura sea “presta atención”. Los beneficios de la lectura y su utilidad son omnipresentes en nuestras vidas y en las vidas de los demás, no de la forma incontestable que quisiéramos pero sí de manera significativa.

 

Bibliografía:

Baggini, Julian. Los límites de la razón. Barcelona: Urano, 2017.

Pinker, Steven. Los ángeles que llevamos dentro. Barcelona: Paidós, 2012.

Singer, Peter. Ética para el mundo real. Barcelona: Antoni Bosch, 2017.

 

Anuncios

3 comentarios sobre “Por qué leer todavía, o por una nueva defensa de la lectura

  1. Muy bueno. Buen balance que pone las cosas en su justa medida, equilibrando opiniones disidentes y fundamentalistas.
    Cabe destacar que para acceder a él cualquiera que pase por aquí debe tener cierto gusto e interés por la lectura, y tras leerlo se puede llegar a preguntar si ha sido beneficioso leerlo o se ha vuelto más o menos inteligente o si ha cambiado su noción de felicidad, vaya paradoja.
    Me gustó. Un abrazo.

    Me gusta

    1. Muchas gracias, me alegra que lo hayas encontrado interesante. Una buena paradoja ésa que comentas: me gustaría pensar que podría contribuir un poquito a todo ello, aunque es sólo un deseo, claro… Gracias por la visita y el comentario. Un abrazo de vuelta.

      Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s