Las consecuencias del mito de la unidad contra el fascismo tras la Segunda Guerra Mundial

Quizá muchos de nosotros hayamos escuchado decir, o hayamos leído, que la Segunda Guerra Mundial en Europa acabó en el año 1945, con la rendición de Alemania. Pero, ¿qué pasó inmediatamente después en el continente? Pues que los europeos se continuaron matando, vejando y humillando con saña, en grandes proporciones y por los mismos motivos, o muy parecidos, que los que propulsaron el conflicto armado.

Eso es lo que nos explica el historiador británico Keith Lowe en su libro Continente salvaje: Europa tras la Segunda Guerra Mundial.

continente salvaje

El libro de Lowe centra su foco en el periodo inmediatamente anterior a los grandes intentos de rehabilitación y reforma europeos. El autor hace este examen mediante el análisis de algunos grandes elementos, y de los aspectos comunes entre ellos.

La primera parte, El legado de la guerra, describe aquellos aspectos más atribuibles directamente a la guerra, como la destrucción masiva de ciudades y pueblos, la astronómica cifra de muertos o la descomposición moral de buena parte de los supervivientes; la segunda parte, Venganza, examina las muy variadas maneras en que se materializaron las represalias entre individuos, entre pueblos y entre países: violencia contra los alemanes, soldados pero también civiles, violencia por parte de los esclavos y prisioneros de los alemanes liberados por los aliados, contra mujeres y niños, contra colaboracionistas,…; la tercera parte, Limpieza étnica, muestra las sangrías que se dieron entre comunidades, pueblos y países, con objetivos como la purga de grupos étnicos minoritarios, o la ampliación de territorios nacionales; finalmente la cuarta parte, Guerra Civil, está dedicada a los conflictos armados que estallaron dentro de países como Francia, Italia o Rumania, así como a los efectos del comunismo en el este de Europa.

Con esta amplitud, Continente salvaje es sin duda una obra ambiciosa pero en absoluto un ejercicio de academicismo. Lowe quería crear una obra informativa para el público general y por eso escogió un método de investigación mixto. El autor era consciente de que las estadísticas, en ocasiones poco fiables, pueden llegar a dificultar la comprensión cabal de los sucesos por la magnitud de las cifras involucradas:

Podría decirse que el número total de víctimas arroja un promedio de una muerte cada cinco segundos durante casi seis largos años – pero tales cosas son inimaginables -. Hasta los que sufrieron la guerra, los que presenciaron masacres, los que vieron campos atestados de cuerpos sin vida y fosas comunes rebosantes de cadáveres son incapaces de comprender la verdadera magnitud de la matanza que tuvo lugar en toda Europa durante la guerra. (p. 35)

Es por ello que además de cifras (que Lowe se encarga de contextualizar y de criticar cuando hace falta) el texto recoge abundantes testimonios e historias de personas particulares, de sus experiencias y sufrimientos.

Y es una combinación que funciona. Con la lectura de sus páginas asistimos a un goteo de hechos que son difíciles de dirigir para ciudadanos de sociedades europeas relativamente acomodadas como nosotros: las violaciones masivas de mujeres, la violencia continuada contra los judíos a pesar del descubrimiento de los campos de concentración, las represalias contra civiles alemanes (mujeres y niños incluidos), carnicerías étnicas llevadas a cabo con los medios más crueles (mención aparte merece el estudio de Lowe del conflicto étnico entre Polonia y Ucrania), víctimas convertidas en verdugos implacables (el caso de los nuevos campos de concentración polacos), y un largo etcétera.

Son temas extremadamente sensibles, pero Lowe no duda en ofrecernos sus comentarios sobre las implicaciones morales, políticas y sociales de algunos de estos hechos. Unos comentarios que siempre buscan una visión ponderada sobre lo que ocurrió, y de las interpretaciones que nos han llegado sobre aquellos sucesos. Demos un ejemplo: los comentarios que Lowe hace de los efectos del mito de la unidad contra la lucha fascista.

Como ya he mencionado, Lowe dedica un capítulo a la venganza contra los colaboracionistas, una categoría muy amplia que no sólo incluía a políticos, militares o fuerzas del orden, sino también a periodistas, cantantes, pequeños tenderos, prostitutas e incluso “las mujeres y chicas corrientes que habían sonreído a los alemanes sin demasiados reparos” (p. 180).

Después de un periodo de violencia incontrolada hacia los colaboracionistas, las autoridades aliadas vieron la necesidad de imponer u orden en el proceso, mediante la separación del servicio de aquellos miembros de las fuerzas del orden que se habían tomado la justicia por su cuenta, el desarme de los grupos de resistencia y, en especial,  el apoyo a los órganos de justicia para que evaluaran y castigaran los casos concretos.

No obstante, el funcionamiento de la justicia resultó decepcionante. Sólo una parte de los casos recibió un castigo proporcional, con diferencias importantes entre países (en Italia y Austria, países donde el fascismo estaba muy arraigado en la población, los tribunales fueron muy indulgentes). Aunque hay diferentes factores que podrían explicar esta inoperancia, quizá el principal sea la falta de voluntad política para llevar a cabo castigos más contundentes. ¿Por qué?

Los procesos y los castigos más rigurosos no parecían convenir a ninguna nación, debido al mito de la unidad en la lucha contra los alemanes, un mito que se reprodujo en diferentes países de diferentes maneras.

Por ejemplo, el gobierno francés en el exilio del general De Gaulle insistió durante la guerra en presentar a los franceses como una nación unida contra la invasión alemana, y una vez finalizado el conflicto bélico no había la intención de desmontar esta imagen, en parte porque servía a los intereses de De Gaulle y en parte para evitar más problemas en el futuro. Los gobiernos noruego, holandés, belga y checo optaron por estrategias parecidas. Otros grupos también parecían sacar provecho de la imagen de un pueblo unido contra el agresor, por ejemplo la autodenominada La Resistencia (porque daba la sensación de que sus acciones aisladas habían sido la norma, y no la excepción) o los comunistas (porque legitimaba la toma de poder del este de Europa).

La insistencia en la unidad en la lucha dio lugar a uno de los, según Lowe, mitos más potentes del periodo de postguerra:

La idea de que la responsabilidad por todos los males de la guerra recaía exclusivamente sobre los alemanes. Si solo fueron “ellos” los que cometieron las atrocidades sobre “nosotros”, entonces el resto de Europa quedaba liberado de toda responsabilidad por las injusticias que había cometido sobre sí mismo. Mejor aún, la mayor parte de Europa podría compartir la “victoria” sobre Alemania. La aversión que expresaron todos los europeos hacia Alemania y los alemanes en el periodo de postguerra fue por lo tanto una reacción sólo parcial a lo que en realidad hizo Alemania. Fue también una forma de que los países cicatrizaran las propias heridas. (p. 194)

Este desplazamiento de la culpa hacia Alemania y los alemanes no supuso que éstos pusieran más énfasis en los castigos a los colaboracionistas y en los procesos de desnazificación:

En general, los procesos de desnazificación depararon los mismos resultados que las depuraciones en otros sitios, con las mismas incoherencias. Algunas zonas de Alemania persiguieron a los nazis con más ahínco que otras, y muchos nazis destacados salieron impunes mientras sus “compañeros de viaje” eran castigados. (p. 194)

El mito de la culpa exclusiva de los alemanes, propulsado por el mito de la unidad contra el fascismo, tuvo una consecuencia inesperada:

El resultado de intentar rehabilitar el derecho político en Europa occidental no sólo fue un apaño: lo absurdo es que en algunos casos permitió que los extremistas de derechas se retrataran como el partido agraviado. (p. 195)

Las historias de represión sobre los colaboracionistas de los fascistas comenzaron a exagerarse, así como las estadísticas que formaban el total de estos hechos, y aparecieron libros con un notable éxito de ventas que denunciaban los asesinatos de La Resistencia tanto durante como después del conflicto. La derecha de países como Italia y Francia tuvieron la oportunidad de presentarse como la víctima, pero lo preocupante parece ser la tendencia que se ha producido en Europa con el tiempo:

Desde la caída del comunismo a principios de la década de 1990, y el posterior ascenso de los partidos de derechas en todas partes, un proceso similar ha tenido lugar en Europa. Los personajes que en otro tiempo fueron denostados mundialmente, se resucitan ahora como modelos a imitar sólo porque se opusieron a los “grandes males” del comunismo y a la Unión Soviética. En la imaginación popular, los crímenes de dictadores como Mussolini o Ion Antonescu de Rumanía se disculpaban o se ignoraban incluso a favor de sus presuntas virtudes. Ultranacionalistas de Hungría, Croacia, Ucrania o los Estados Bálticos – hombres que asesinaron indiscriminadamente a judíos, comunistas y liberales tanto durante como después de la guerra – ahora se rehabilitan como héroes nacionales. Éstos son más que mitos favorables: son distorsiones peligrosas de la verdad que han de exponerse como tales. (p. 197)

Dando muestra del espíritu ponderado que impregna su investigación, Lowe escribe sobre este fenómeno:

Aunque pudiéramos comprender la colaboración generalizada con los regímenes dictatoriales durante la guerra, esto no significa que debamos aprobarlo. Cuando la conducta de estos colaboracionistas cruzaba una línea moral, no podía disculparse sólo porque su perspectiva política general pudiera llevarse bien con la nuestra. Asimismo, no debemos aprobar la brutal venganza que cometieron los partisanos después de la guerra. Pero tampoco podemos juzgar sus acciones según los principios modernos. Las injusticias ocurrían. Gente inocente moría asesinada. Pero para los europeos, embrutecidos por años de represión y atrocidad, ser capaces de evitar tales excesos sería seguramente mucho pedir. (p. 197)

 

Continente salvaje es un libro importante, único en su tipo, lleno de información y narrado con maestría. Como suele decir el tópico en estos casos, una obra necesaria para entender la Europa que la guerra contribuyó a crear, y que es la nuestra.

 

 

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