¿Quién acabó con lo mejor que tenía Internet?

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Los artículos que hablan sobre cómo las nuevas tecnologías están afectando a nuestras vidas (desde cómo funciona nuestro cerebro a cómo funcionan nuestras democracias) son un sub-género en sí mismo. Cada cierto tiempo puede leerse algún artículo que se propone examinar la cuestión. Es el caso de un escrito en la popular plataforma Pijama Surf titulado Por qué Instagram representa la muerte de lo mejor que tenía Internet.

Aunque se publicó en marzo, sólo recientemente lo he visto circular estos días por las redes. Y al hacerlo tenía la sospecha de que no me iba a gustar. Y, efectivamente, no me ha gustado y en esta entrada me gustaría explicar por qué. Va a ser un análisis un poco largo, pero el tema lo vale.

Para ofrecer un poco de contexto mencionaré algunas de las ideas del artículo original. Si ya lo has leído, quizás quieras saltarte estos primeros párrafos.

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El artículo de Pijama Surf comienza hablándonos del bloguero iraní Hossein Derakhshan. Considerado el padre de los blogs en Irán, por la manera en que contribuyó a difundir este medio en su país, Derakhshan fue encarcelado en 2008 bajo la acusación de, entre otras cosas, difundir propaganda contra la autoridad. Derakhshan fue liberado en 2014, y quedó consternado por lo que se encontró en su país:

Al salir de prisión en el 2014 […] notó que el Internet había sido desarmado de su poder transformador y se comportaba como parte esencial de la máquina de trivialidad y entretenimiento en la que se ha convertido la cultura moderna. El ejército de bloggers independientes que había entrenado ahora pasaba el tiempo entreteniéndose en Facebook y en Instagram (Instagram es especialmente popular en Irán).

¿Y por qué es eso malo? Porque para Derakhshan aplicaciones como Instagram acaban con la que, en su opinión, era las características más positiva de Internet: el texto y los hiperenlaces. A diferencia de lo que pasa en un blog, las aplicaciones son una caja cerrada, un mundo autorreferencial en el que, como pasa con la televisión, lo que importa es el entretenimiento:

Esto es justo lo contrario de la idea de Tim Berners-Lee, el creador de la web, quien veía esta tecnología como una forma de conectar mentes y generar conocimiento y cuyo emblema era el hyperlink, el vínculo, la horizontalidad de los pares y de la colaboración.

Para Derekshan la “televisación” de Internet supone un peligro para la democracia, puesto que los medios lineales en los que priman la emoción y la imagen han “reducido la política a un reality show”.

En Pijama Surf nos explican que ningún medio es más parecido a un reality show que Instagram. A pesar de que en esa red pueda haber gente que haga cosas valiosas, lo importante en realidad es la lógica misma de la aplicación, algo que nos explican apelando (cómo no) a la teoría de Marshall McLuhan:

[McLuhan] había entendido que más importante que el contenido que se presenta en un medio son las condiciones y características propias de ese medio (el medio es el mensaje) y cómo esto afecta nuestras relaciones, nuestra cognición y nuestros sentidos.

¿Y cuál es ese efecto? Pues promover el capitalismo de consumo:

Instagram es el lugar por antonomasia donde las celebridades nos muestran sus vidas –lo que define a una celebridad es que su vida es atractiva, y que nos atrae fundamentalmente por su apariencia: la imagen es la divisa de la celebridad. Nuestra obsesión con las celebridades, por más superficial que sea, no es intrascendente. Como George Monbiot sugiere, el capitalismo corporativo necesita de una cara y de una identidad para poder conectar con los consumidores y seguir generando ganancias. “La máquina necesita una máscara”, dice. Esa máscara son las celebridades que con sus vidas promueven el estilo de vida del consumo, del deseo aspiracional y de la comparación que nos hace sentir inadecuados y por lo tanto vulnerables a los productos que prometen hacernos más aptos para competir en este mundo.

Este contexto es suficiente para empezar mi análisis. Y, para hacerlo, os hablaré brevemente de un libro.

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En 2005 se publicó en español la obra de Joseph Heath y Andrew Potter Rebelarse vende: el negocio de la contracultura. En ella los autores hacían un recorrido crítico por algunos de los principales movimientos contraculturales del siglo XX para mostrar cómo éstos, en su deseo de cambiar la sociedad, habían apostado por métodos radicales pero en realidad absurdos e improductivos, desdeñando otros más modestos pero quizá más eficaces.

En uno de los primeros capítulos del libro, Heath y Potter nos hablan sobre la revolución contracultural de EEUU en la década de 1960. Para críticos como Theodore Roszak la sociedad se había convertido en un sistema de manipulación, una tecnocracia. Las máquinas y las fábricas habían acabado por dominar todas las facetas humanas, por lo que la única salida sería rechazar la cultura y la sociedad para liberar la psique humana. Pero, escriben Heath y Potter:

[…] parece claro que a los trabajadores no les interesaba demasiado liberar su imaginación. En vez de abarrotar las galerías de arte y los recitales de poesía, han seguido teniendo una afición malsana por los deportes, la televisión y las bebidas alcohólicas. Naturalmente, esto alimenta la molesta sospecha de que al gran público le pueda gustar el capitalismo, que pueda realmente querer tener productos de consumo. Parece sugerir que la incapacidad del capitalismo para satisfacer las «necesidades profundas» de la gente quizá no sea tan grave, sencillamente porque esas necesidades profundas no existen. En otras palabras, académicos parecen haber confundido los intereses de su propia clase social con los intereses generales de la población, dando por hecho que «lo bueno para mí» es «lo bueno para la sociedad» (¡ni mucho menos son los primeros en cometer un error semejante!). (pp. 44 – 45)

Esa sospecha de que al público le pueda gustar el capitalismo se ve neutralizada por la teoría de la apropiación: el capitalismo se apropia de los símbolos contraculturales, elimina su contenido y así consigue neutralizar la contracultura. Pero esta postura tiene un grave inconveniente:

Al incorporar esta teoría de la apropiación, la contracultura se convierte en una «ideología total», en un sistema de pensamiento completamente cerrado, inmune a la falsificación, en el que cada supuesta excepción tan sólo confirma la regla. Los rebeldes contraculturales llevan muchas generaciones fabricando música «subversiva», pintura «subversiva», literatura «subversiva» y ropa «subversiva», por no hablar de las universidades abarrotadas de profesores que propagan ideas «subversivas» a sus alumnos. Curiosamente, el sistema parece aguantar bien tantísima subversión. Pero ¿cabe pensar que no sea tan opresor como lo pintan? «Ni mucho menos», contesta el rebelde contracultural «Ésta es la constatación de que el sistema es incluso más opresor de lo que creíamos. ¡No hay más que ver lo bien que asimila tanta subversión!» (pp. 46-47)

Esta conversión de la contracultura en una ideología total se parece peligrosamente a lo que nos explican Derekshan y Pijama Surf. Volvamos al inicio del artículo. Vale la pena repetir un párrafo:

Al salir de prisión en el 2014 […] notó que el Internet había sido desarmado de su poder transformador y se comportaba como parte esencial de la máquina de trivialidad y entretenimiento en la que se ha convertido la cultura moderna. El ejército de bloggers independientes que había entrenado ahora pasaba el tiempo entreteniéndose en Facebook y en Instagram (Instagram es especialmente popular en Irán).

Fijémonos en la queja contracultural que señalan Heath y Potter: Internet “había sido desarmado de su poder” para ser parte esencial de la “máquina”. Pero, ¿quién la había desarmado? ¿No podría ser que “el ejército de bloggers” se hubiera pasado a las redes sociales porque preferían éstas a los blogs?

Parece que la elección personal queda descartada. Es como si ni Derekshan ni en Pijama Surf pudieran contemplar esa opción. Como si se dijeran a sí mismos: “¿cómo va a ser posible que alguien prefiera perder el tiempo en Facebook o en Instagram a escribir artículos interesantes en un blog?”.

Pero si al estudiar un fenómeno no consideramos las diversas posibilidades que podrían explicarlo, ¿no nos estaríamos privando de la oportunidad de comprenderlo cabalmente? Puede que las respuestas que hallemos no nos gusten, pero ¿se trata de hallar respuestas, o de que aquellas que hallemos nos gusten?

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Un segundo motivo que me parece criticable es la imagen que activistas como Derekshan suelen ofrecernos de lo que era Internet en su inicio. Sin duda que para Tim Berners-Lee la web debía ser una “tecnología como una forma de conectar mentes y generar conocimiento y cuyo emblema era el hyperlink, el vínculo, la horizontalidad de los pares y de la colaboración”.

Afortunadamente para todos, hay miles de organizaciones y de usuarios que apuestan por mantener ese ideal. Pero eso no quita que, con el tiempo, se haya creado un panorama bastante más sombrío.

A estas alturas, no parece descabellado afirmar que la dinámica de las redes fomenta y favorece una desigualdad en la distribución del poder. Los nodos que consiguen más conexiones se acaban comportando como distribuidores e intermediarios de la información, y del poder que ésta supone. Además, como en otros ámbitos de la vida, se acaba cumpliendo aquello del efecto Mateo: los nodos con más conexiones acaban aumentando aún más el número de las mismas.

Es una dinámica que podemos ver expresada de diferentes maneras: por ejemplo, en el número de seguidores de los “creadores de opinión” o de los medios de comunicación (como Pijama Surf). La popularidad llama a la popularidad, hasta que llega ese momento en el que parece impensable no acabar siguiendo a determinados nodos (es común la expresión: “si quieres estar al día sobre X, has de seguir a Y”).

No es que esos medios o esos expertos no merezcan ser seguidos. Es más bien que el mecanismo se produce y se regula en base a nuestras propensiones sociales, casi como un automatismo. Propensiones que son un reflejo de lo que nos sucede en el mundo físico y que nos alejan, más que nos acercan, del ideal de la web como un entorno igualitario y democrático. Y ello sin necesidad de culpar a las aplicaciones de crear cajas cerradas de influencia.

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Un tercer motivo de crítica tiene que ver con otra de las eternas cuestiones implicadas en este tipo de denuncias: la merma en la calidad democrática que implican las nuevas tecnologías. La opinión de Derakhshan en este aspecto puede conocerse más al completo en un artículo (traducido al español) en PlayGround Magazine.

En el artículo Derakhshan nos vuelve a narrar su decepción con aquello en lo que se había convertido Internet al salir de prisión en 2014. Y vincula esa nueva Internet con un peligro para la democracia a través de la personalización.

Las redes sociales, en cambio, emplean algoritmos para fomentar la comodidad y la complacencia, puesto que su modelo de negocio al completo está construido para maximizar el tiempo que pasen los usuarios en ellas. ¿A quién le gustaría quedarse en un espacio donde todos parezcan mostrar actitudes negativas, antipáticas y de desaprobación? El resultado es una proliferación de emociones, una radicalización de esas emociones y una sociedad fragmentada. Esto es muchísimo más peligroso para la idea de una democracia fundada sobre la noción de la participación informada.

Para Derakhshan fenómenos como Trump no se explican sólo por la tecnología, pero en su opinión hay que…

[…] dejar de pensar que cualquier evolución de la tecnología es inevitable y natural y por tanto beneficiosa. Para empezar, necesitamos que haya más textos que vídeos para seguir siendo animales racionales. La tipografía, como describe Postman, es mucho más capaz de comunicar mensajes complejos que provoquen la reflexión. Esto significa que deberíamos escribir y leer más, hacer más hipervínculos, ver menos television y menos vídeos, y pasar menos tiempo en Facebook, Instagram y YouTube.

Al mismo tiempo:

Si no podemos resistirnos, y si los algoritmos no nos ofrecen opiniones diferentes o contrarias, deberíamos buscarlas activamente. Podemos seguir a personas o páginas que no aparezcan en nuestras sugerencias. También podemos confundir sus algoritmos al darle un “Me gusta” a lo que nos disgusta, para que disponer de flujo de informaciones más diverso. Podemos instar a las redes sociales para que divulguen algunas características de sus algoritmos para hacerlos personalizables. Y debemos empezar a reaccionar a los contenidos con la mente y no con el corazón. Lo que necesitamos no son botones de Me gusta/No me gusta, sino opciones de Estoy de acuerdo/No estoy de acuerdo o Confío/Sospecho.

Argumentos como éstos son un reflejo de la idea del filtro burbuja de Eli Pariser: los algoritmos y las personalizaciones nos encierran en nuestras opiniones y dificultan el intercambio de puntos de vista contrarios. El problema es que hay poco evidencia a favor de la idea de Pariser. Incluso hay más evidencia en contra que a favor.

Así, como escribí en su día, los usuarios de Internet están menos aislados ideológicamente de lo que se supone, puesto que también consumen informaciones que desafían sus actitudes políticas. Además, puede que nuestras identidades políticas de base determinen cómo entendemos la información, más que a la inversa.

No es que las plataformas y las redes sociales no puedan tener una responsabilidad en el aislamiento ideológico. Más bien lo que sucede es que el fenómeno de erosión de la democracia no puede entenderse sin tener en cuenta la responsabilidad individual en nuestras elecciones informativas, así como la responsabilidad de los sesgos de nuestra mente.

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A pesar de las críticas que he esbozado aquí, estoy convencido de que efectivamente existe una difusión de modelos sociales disfuncionales basados en el consumo, la banalidad y la superficialidad. Al mismo tiempo, apuesto (y este blog es una prueba) por la difusión de la racionalidad, el pensamiento crítico e independiente, y por la crítica social.

Pero si queremos conseguir dichos objetivos, como he dejado caer más arriba nos hacemos un flaco favor si caemos en vicios del pensamiento contracultural, como considerar que todo es culpa de la asimilación cultural capitalista: con ello sólo conseguimos cegarnos a posibles explicaciones o líneas de investigación que puedan ser más fructíferas.

Sin duda que el entorno social nos influye más de lo que pensamos (o deseamos). Sin duda también que las plataformas y medios sociales tienen lógicas propias que se orientan al entretenimiento fácil y al escapismo. Juntos esos factores podrían explicar buena parte del clima social en el que vivimos. Pero no todo.

Y es que también tenemos una responsabilidad por nuestras decisiones personales: por los contenidos que consumimos o dejamos de consumir, por las aplicaciones que utilizamos, por la importancia que demos o no a la cultura,… Y en caso de que no la tuviésemos, sería una mala estrategia exculparnos continuamente para culpar de nuestros males a la tecnología: sólo llegamos a ser responsables cuando se nos pide responsabilidad por nuestros actos.

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