La filosofía “profunda”, ¿ha de ser oscura y difícil de entender?

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En el mundo de las ideas hay autores cuya dificultad de comprensión es casi mítica. La filosofía parece un campo donde abundan los ejemplos, todos ellos considerados autores de referencia: autores clásicos como Kant, Hegel o Heidegger; modernos como Derrida y Wittgenstein; e incluso contemporáneos como Slavoj Zizek.

La pregunta razonable es entonces si la filosofía es una actividad intrínsecamente difícil y por ello difícil de comprender. El filósofo Keith Frankish opina en un ensayo para Aeon que la dificultad de comprensión no tiene por qué ser connatural a la filosofía, y que si ésta se produce puede que se deba más bien a otro tipo de vicios.

Frankish nos ofrece en su ensayo varios argumentos para apoyar su afirmación. Destacaré un par de ellos, y mencionaré un poco más abajo otro más para ampliarlo.

En primer lugar, hay quien defiende que el conocimiento filosófico no progresa de la misma manera que el científico: los problemas no se resolverían del todo, sino que serían continuamente re-explorados en nuevos contextos y por cada generación venidera.  De esta manera, por su naturaleza más oscura quizá haya algunos textos que puedan ser más propicios a la reinterpretación y por tanto que tengan más oportunidades de convertirse en lo que llamamos clásicos. Pero, se pregunta Frankish, si uno estudia el mismo tema que un escritor anterior, ¿por qué entonces no intentar producir una nueva obra que beba de lo clásico, sin limitarse a ello? Es decir, ¿no es posible estudiar las obras anteriores sin caer en la tentación de intentar re-interpretarlas en los nuevos contextos?

En segundo lugar, Frankish analiza la que considera la mejor justificación para el oscurantismo en la argumentación filosófica: la naturaleza creativa de ciertas formas de hacer filosofía. Y es que puede haber ciertas investigaciones que pretendan adentrarse en territorio inexplorado, y para el que todavía no existan técnicas, conceptos o preguntas adecuadas. Por ello, la ambigüedad resultante sería producto de lo atrevido de la tarea: la filosofía en estos casos se convierte más en arte que en ciencia.

Para Frankish éste es un argumento que debería manejarse con cautela. Y es que ¿cómo podemos saber si un texto es innovador o creativo, o simplemente un sinsentido? Para Frankish, este tipo de obras “deben ganarse su estatus de obra seria tras una larga historia de fertilidad intelectual”.

El último párrafo del artículo de Frankish es representativo de su argumento general:

En la mayoría de casos, el oscurantismo es un defecto, no una virtud, y una indebida preocupación por las interpretaciones pone el foco en las personas más que en los problemas. No es fácil escribir con claridad, especialmente en cuestiones filosóficas, y es algo arriesgado. Los escritores claros se muestran desnudos ante sus críticos, con todos sus defectos visibles; pero son más valientes, más honestos y más respetuosos con los verdaderos propósitos de la indagación intelectual que aquellos que se envuelven en la oscuridad.

 

Da que pensar: Como apuntaba más arriba, hay otro argumento de Frankish que merece ser mencionado, y extendido (que es lo que suelo hacer en los epígrafes “Da que pensar”). Según Frankish, no se puede descartar que haya algunos filósofos que escriban de forma oscura deliberadamente. Según nuestro autor, esa estrategia consigue crear un aura de profundidad y de misterio. Esa aura incita a que se dedique una esforzada atención a la obra, lo que contribuye en ocasiones a crear un culto de seguidores para la misma y para su autor.

La idea de Frankish no es en absoluto descabellada. Es más, es un fenómeno muy real al que el científico cognitivo Dan Sperber en un artículo dio el nombre de efecto gurú. En la plataforma Tercera Cultura Eduardo Zugasti realizó un buen resumen del artículo de Sperber.

Lo interesante del efecto gurú es que es un producto de nuestras propensiones comunicativas y psicológicas. Si hubiera que resumir de forma breve la base del efecto gurú, podríamos aprovechar dos ideas:

en primer lugar, el hecho de que como norma general esperamos que aquello que nos dice sea relevante, por lo que solemos interpretar la información de manera que confirme esta expectativa; en segundo lugar, el hecho de que interpretar información difícil es algo costoso (en términos cognitivos), por lo que la información será percibida como más relevante si el personaje que la emite esté investido de autoridad social.

Esos procesos psicológicos hacen que a los discursos oscuros emitidos por figuras de autoridad (como los filósofos) se les asigne una presunta profundidad que no siempre tienen por qué tener: es decir, interpretamos que si no entendemos el discurso es porque no estamos al nivel intelectual necesario, más que concluir que puede que el discurso sea absurdo.

Para tener más información sobre el interesante efecto gurú, lee el artículo original de Sperber o la reseña de Eduardo Zugasti en Tercera Cultura.

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