“¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño?”: Luis Cernuda, o el idealizar los años idos

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Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza. […] Quiero
decir que a partir de tal edad nos vemos sujetos al tiempo y obligados a
contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos
arrojara del paraíso primero, donde todo hombre una vez ha vivido libre
del aguijón de la muerte. ¡Años de niñez en que el tiempo no existe! Un
día, unas horas son entonces cifra de la eternidad. ¿Cuántos siglos caben
en las horas de un niño?

Fragmento del poema El Tiempo de Luis Cernuda, incluído en su poemario Ocnos.

La primera edición de Ocnos fue publicada durante el exilio de Cernuda de España en Londres en 1942, momento trágico en la historia de Europa y en plena posguerra de la Guerra Civil Española. El poemario es una obra de exaltación pero también de añoranza y de melancolía por el tiempo pasado, la infancia y la tierra natal, motivos por los que los críticos han ligado el contenido de los poemas al momento vital por el atravesaba Cernuda.

En este sentido, como contrapunto al tono elegíaco de El Tiempo, podemos recuperar unas palabras sobre Cernuda pero aplicables a los poetas, y a todo el mundo en general, recogidas en el ensayo El poema en prosa en Luis Cernuda: Ocnos, de Lorenzo Jiménez Rodríguez:

 

Sabido es, no obstante, que la infancia real de Cernuda, marcada por la severa educación del padre militar y la incomunicación en el seno familiar […], estuvo rodeada por un halo de soledad que favoreció al poeta pero perjudicó al hombre, de modo que la verosimilitud de tales referencias al pasado han de ponerse en entredicho y elevarse en todo caso a la condición de episodios idealizados por la literatura. Así lo ha entendido el poeta Eloy Sánchez Rosillo: “no conviene olvidar que cuando el hombre, por desesperanza, se asoma a la memoria en busca de los retazos del pasado que respetó el olvido, tiende de modo natural, y movido por la consoladora, pero ilusoria, idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor, a idealizar los vestigios de los años idos, a mitificarlos bajo el influjo de las doradas luces del recuerdo, y se engaña con la fábula de los dichosos días perdidos, para no verse obligado a admitir que las sombras de ahora son las sombras de siempre y que los paraísos no existieron nunca”

 

 

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