Mesopotamia y el origen del velo femenino (hiyab)

A la región conocida como Mesopotamia se la considerada con justicia la cuna de la civilización. Y es que en las tierras comprendidas entre los ríos Tigris y Éufrates surgieron, al menos desde el año 4000 a.C., diferentes ciudades, estados e incluso imperios que con sus aportaciones contribuyeron a dar forma a lo que somos.

A analizar ese sorprendente período de la historia humana dedicó Paul Kriwaczek su obra Babilonia: Mesopotamia: la mitad de la historia humana.

babilonia_paul kriwaczek

Ya en la introducción Kriwaczek nos comenta que algunas de las características de la antigua Mesopotamia son más que remarcables. Por ejemplo su longevidad, un espacio de tiempo que, teniendo únicamente en cuenta la aparición de la escritura, comprende 2.500 años (aunque los primeros enclaves como Eridú o Uruk se datan en más de un milenio antes). Y como no, remarcable es su creatividad: partiendo de un sistema de aldeas neolíticas, en Mesopotamia se crearon ciudades e imperios, pero también tecnología, ciencia, comercio, literatura y leyes.

Justo sobre leyes vamos a hablar en esta entrada, al tratar una de las invenciones mesopotámicas que está de viva actualidad: el velo femenino, o hiyab.

En concreto, los orígenes del velo para la mujer pudieron haber tenido lugar en el seno de Asiria, un temido imperio que ha pasado a la posteridad por, entre otras cosas, su crueldad. Un conjunto de leyes del imperio asirio fueron halladas entre 1903 y 1904, en dos series de tablillas confeccionadas con la escritura cuneiforme típica de Mesopotamia (podéis consultar una trascripción en español del código asirio en este enlace).

Comenta Kriwaczek que el aspecto que más destaca a primera vista es la crueldad y severidad del conjunto, aún más que el famoso “ojo por ojo” del código de Hammurabi. Así, por ejemplo, y en lo que hace a la mujer, el aborto podía llegar a condenarse con el empalamiento, el daño infringido a los testículos de un hombre con la mutilación de un dedo o el arrancar de los ojos, y el adulterio con la desfiguración.

Kriwaczek admite que aún a día de hoy no se conoce hasta qué punto castigos tan terribles como los mencionados eran puestos en práctica de manera efectiva. Quizá el dejar constancia de un código semejante estuviera relacionado con una forma de propaganda, mediante la que los gobernantes pretendían dejar clara su ferocidad. Aun así, continúa Kriwaczek:

[…] incluso si los castigos draconianos eran más teóricos que prácticos, no puede negarse su tono antifeminista. Los hombres podían divorciarse libremente de sus mujeres y echarlas de casa sin nada; las mujeres no tenían derecho al divorcio. Las mujeres eran responsables de las deudas de sus maridos y se las castigaba por los crímenes de aquellos; los maridos no eran responsables de las infracciones de sus mujeres. Aunque ninguna sociedad antigua puede ser descrita como un paraíso feminista, las reglas del Imperio Asio Medio fueron mucho más allá en la opresión a las mujeres de lo que se había hecho hasta entonces. Es casi como si el otro sexo fueran entendido como otra raza o incluso otra especie. La separación pública de los géneros se aplicaba con rigor. (p. 281)

Y es en este contexto donde se encuentra la primera imposición conocida a la mujer del velo o hiyab . Kriwaczek nos ofrece una transcripción del código asirio:

Ni esposas ni mujeres que salgan por la calle deben llevar la cabeza descubierta. La hijas de los nobles… deben cubrirse, sea con un chal, una toca o un manto… Cuando salgan solas a la calle, deben cubrirse. Una concubina que sale a la calle con su señora debe cubrirse. Una prostituta sagrada, casada con un hombre, debe cubrirse en la calle, pero una a la que un hombre no ha desposado debe llevar la cabeza descubierta en la calle; no debe llevar velo. Una prostituta no debe llevar velo; su cabeza debe estar descubierta. Prostitutas y sirvientas que se cubran habrán de ver sus prendas confiscadas, habrán de soportar cincuenta azotes y habrán de ver betún arrojado sobre sus cabezas. (p. 281)

No sólo existía un castigo para aquellas mujeres que según la ley debían cubrirse con el velo. Además, los hombres que presenciaran una transgresión de las reglas y no lo denunciaran también eran castigados con severidad, algo de lo que no se libraban ni los ciudadanos acomodados del imperio.

Las leyes que regían sobre las mujeres en el Palacio (los Decretos de Palacio) iban incluso más lejos. Para Kriwaczek su propósito era “circunscribir y limitar cada una de las actividades de aquellos que residían en  el ala femenina de palacio, así como aquellos que entraban en contacto con ellas” (p. 282)

Las mujeres y las concubinas de los reyes pasaban toda su vida encerradas con llave en palacio, de manera que ni los hombres pudieran entrar ni las mujeres salir sin la vigilancia del mayordomo, sin cuyo permiso nadie podía entrar en la zona de las mujeres. El celo de la ley llegaba incluso a castigar el hecho de ver a las mujeres de palacio aunque fuera desde el tejado. Y las penas por infracciones del todo injustificadas desde nuestro punto de vista podían llegar a ser terribles:

Un eunuco que escuchara a las mujeres discutiendo era condenado a que le amputaran una oreja y a que le dieran una paliza de cien azotes. Cuando le exigían hablar a una de las mujeres sobre algún asunto oficial, un eunuco no podía acercarse a menos de siete pasos; si la conversación duraba más de lo necesario, incluso si era una mujer la que iniciaba la conversación, se lo azotaba y le quitaban la ropa. Era un crimen capital que un hombre entablara conversación con una mujer de palacio sin testigo alguno. Si alguien, un cortesano o alguna mujer de palacio, presenciaba una contravención de las normas y no la denunciaba al rey, se los arrojaba a un horno encendido, […] (p. 283)

Para Kriwaczek las brutales prácticas de los asirios se convirtieron en un modelo para sociedades futuras, ya fueran persas, griegas o bizantinas. El Islam imperial habría heredado la “preferencia por la invisibilidad pública de las mujeres” (p. 283), aunque con una diferencia notable:

[…] la enseñanza del Islam se introdujo para traer la justicia social. Las decisiones se extendían democráticamente para incluir a todas las mujeres, no sólo a la nobleza. En Asiria, como en Bizancio, las mujeres de clase baja tenían estrictamente prohibido cubrirse; en el Islam no había diferencia entre mujeres respetables y no respetables. Reinas, princesas, nobles, esposas, concubinas, hijas solteras, artesanas, trabajadoras y esclavas todas debían arreglarse de manera modesta sin importar el medio social. Ante si misma, la exigencia islámica de recato femenino universal no se veía como una restricción, sino como una liberación. (pp. 283-284)

¿Qué podría explicar el nivel de brutalidad con el que el imperio Asirio castigaba de esas maneras a sus mujeres? Kriwaczek comenta que la explicación fácil podría ser adjudicar a los mesopotámicos una especie de machismo intrínseco, pero que eso sería una explicación que en cierto modo faltaría a la verdad. Y es que las mujeres en los diversos escenarios de la región desempeñaban funciones sociales nada desdeñables, ya sea en los asuntos empresariales de los maridos o en la religión. Así, Kriwaczek sitúa la actitud asiria en el contexto de un cambio social más profundo.

El cambio tuvo que ver con la manera de entender la divinidad. Si bien los mesopotámicos entendían a sus dioses como una parte del mundo natural, o una representación de las fuerzas de la naturaleza, los asirios pasaron a representar la divinidad como fuera del mundo, como una instancia por encima de la naturaleza.

Para Kriwaczek la consecuencia directa de este fenómeno fue la desacralización, la banalización de la naturaleza. En lo que respecta a la humanidad, también se entendió que ésta estaba fuera y por encima de la naturaleza, puesto que se creía que los dioses habían creado a la humanidad a su imagen y semejanza. Pero, por desgracia, esto no parecía incluir a las mujeres:

Todo eso está muy bien para los hombres […] Pero para la mujer supone una dificultad insuperable. Mientras que los hombres pueden engañarse a sí mismos y decirse unos a otros que están por fuera y por encima de la naturaleza y que son sus superiores, las mujeres no pueden distanciarse de esa manera, porque su fisiología las hace clara y obviamente parte del mundo natural. Engendran hijos de sus úteros y producen comida para sus infantes de sus pechos. Sus ciclos menstruales las vinculan a la luna. En la sociedad actual, la noción de que, para la mujer, la biología supone un destino se mira justamente con horror. En tiempos asirios, era un hecho evidente que las excluía de una humanidad plena. (pp. 286-287)

Continúa Kriwaczek:

No es ningún accidente que incluso hoy día, esas religiones que ponían el mayor énfasis en la suprema trascendencia de Dios y la imposibilidad de incluso imaginar su realidad, releguen a la mujer a una esfera inferior de la existencia y su participación en el rito religioso público sea sólo permitida a regañadientes, si se permite siquiera. […] Más aún, la bajeza de las mujeres es aparentemente contagiosa, amenazando con arrastrar a los hombres a su nivel, sobre todo en épocas en que su naturaleza física es innegable: inmediatamente después del parto y durante la menstruación; según los Decretos del Palacio del Imperio Medio Asirio, al igual que para los judíos y musulmanes ortodoxos de hoy en día, es en esos momentos cuando se las considera especialmente impuras. No se toleraba la presencia de mujer que menstruara ante el rey asirio. Los sacerdotes debían ser especialmente cuidadosos: todo contacto sexual, incluso con sus propias mujeres, exigía que se purificaran ritualmente lo antes posible. Las mujeres eran un peligro para la naturaleza semidivina del hombre. El sexo femenino no empezó a reconquistar una parte de respeto religioso hasta que los cristianos llegaron a creer en un Dios que había nacido naturalmente, como un ser humano, en el mundo físico a través del útero de una mujer terrena. (p. 287)

Para continuar aprendiendo sobre la situación de la mujer en Mesopotamia puedes consultar, entre otros, dos recursos adicionales:

En primer lugar, el artículo Women in Mesopotamia de Jessica Bieda, en el que la autora realiza un recorrido por la evolución histórica del trato social hacia la mujer en la región. De manera significativa Bieda escribe que con la ley asiria el estado pasó a asumir el control de la sexualidad femenina, un control que ha día de hoy sigue siendo un problema.

En segunda lugar, una selección de textos de los códigos legales babilónicos recopilados por la doctora P. Rivero, de la Universidad de Zaragoza, en esta página web (el uso del velo aparece al final de la misma).

 

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