El infantilismo de la sociedad y la pasión por el fútbol

El fenómeno económico y cultural que llamamos “capitalismo” ha sufrido varias mutaciones a lo largo de su existencia. No es de extrañar que haya recibido entonces la atención de los más diversos investigadores, empeñados en intentar captar su evolución o su esencia del momento.

El sociólogo español Vicente Verdú lleva varias décadas enfrascado en esa tarea de análisis. Su trabajo ha producido artículos y libros de lo más variados. En esta entrada voy a recoger algunas ideas de su obra El estilo del mundo en lo que hace referencia a un fenómeno que despierta pasiones en todo el mundo: el fútbol.

el estilo del mundo_verdú

En El estilo del mundo Verdú analizaba lo que él consideraba una nueva fase del capitalismo: el capitalismo de ficción. A diferencia del capitalismo del capitalismo de producción, centrado en la mercancía, y del capitalismo de consumo, centrado en el disfrute de bienes y servicios, el capitalismo de ficción busca seducir al consumidor difuminando los contornos entre realidad y ficción, creando incluso una realidad alternativa a la realidad misma para seducir al consumidor de nuevas y más emocionantes maneras.

El libro de Verdú fue publicado en el año 2003, pero a pesar de los años transcurridos su análisis mantiene buena parte de su frescura, puesto que el capitalismo ha proseguido desde entonces su labor de seducción mediante la creación de ficciones cada vez más sofisticadas.

En su obra Verdú creía encontrar rasgos del capitalismo de ficción en prácticamente todas las parcelas de nuestras vidas. Unos de los párrafos más llamativos son los dedicados al fútbol y a los talk y reality shows como muestra del infantilismo que promueve y difunde el capitalismo de ficción.

Y es que para Verdú la infantilización, y la adoración de la mentalidad infantil y del juego, está presente en todos los ámbitos:

Desde las religiones a la política, desde el arte minimalista a la literatura premiada, todo es cada vez más simple. Tan sencillo que un niño podrá entenderlo y disfrutarlo como un adulto, o al revés. (p. 58)

La escasez de compromiso político, la sustitución de la crítica social por el “conservadurismo compasivo”, la transformación de los ritos religiosos en fiestas cantoras, el éxito de libros con el lenguaje de los cuentos, la máxima audiencia de programas con el nivel de secundaria, el aplauso entre todos los públicos de cintas parvularias, el retorno de los superhéroes del cómic, el aumento del consumo de golosinas, mochilas, gorritos o camisetas estampadas entre señoras y señores, han compuesto un fenómeno de formidable actualidad.  (p. 59)

El fomento de este infantilismo es lo que para el sociólogo explica la pasión que despierta el deporte, y en particular el fútbol.

Y es que si antaño el fútbol se contemplaba o bien como una actividad “marginal” o bien como una actividad dirigida únicamente a la “formación física y moral”, hoy día el fútbol supone mucho más:

[…] una fuente de expresividad y desahogo que recuerda a las agitaciones de la infancia. Saltamos, aullamos, peleamos como si fuéramos niños y como si la vida hubiera adquirido, dentro del estadio o ante el televisor, una composición que retrotrae a los episodios de la escuela. (p. 60)

Para Verdú el fútbol tienen una función sublimadora de la realidad: en el campo y en la competición se representan las grandes pasiones de la vida, pero sin el peligro de verse arrastradas por ellas. Se crea así un sucedáneo de la vida que se puede experimentar con grandes emociones, pero que ni destruye ni daña porque el hechizo acaba cuando suena el pitido final:

El azar, la desigualdad, la adversidad, el individualismo, la cooperación, el arbitrio se proyectan dentro del campo de fútbol, y de ahí obtenemos la prueba de su verosimilitud. Su ventaja, sin embargo, es que no es la dura verdad. Sabe a verdad pero sólo como una prueba de que no nos engañamos totalmente. Lo recreativo no suplanta por completo a la realidad pero viene a hacerse un hueco en la experiencia. Así, en un partido de fútbol sentimos miedo o alborozo reales, aunque siempre dentro del ámbito del pasatiempo; del tiempo que pasa sin llevarnos irremediablemente con él. Se trata, en definitiva, de una ocasión perfecta para experimentar una vida que hiere pero que no mata, que produce dolor y no destruye, que inocula una solución y pueriliza. (p. 61)

El fútbol espectáculo es, en efecto, no solamente un espectáculo, sino una extraordinaria oportunidad para vivir “de mentira”, fantasiosamente, en el tiempo marcado para sobrevivir. El hincha-niño se nutre de la gloria o las penas del club y el club toma en sus brazos el destino infantil del hincha. ¿Puede imaginarse una regresión más digna de ser televisada? (p. 64)

Esa peculiar naturaleza sublimada, ficticia del fútbol como sucedáneo de la vida real, acerca este deporte a otro fenómeno ficticio de gran tirón popular: el reality show. Un entretenimiento que suele estar más enfocado a las mujeres, que de manera parecida a como hacen los hombres con el fútbol, cambian su realidad por otra ficticia: una ficción en la que, como en el fútbol, también se muestran grandes emociones pero que aporta algo adicional al espectáculo futbolístico:

[…] la atracción del espectáculo radica no ya en el puro espectáculo de lo real, sino en la realidad misma “dando el espectáculo”. De esta manera, los espectadores se sientan ante la pantalla no tanto para ver un espectáculo de verdad como para ver cómo la realidad se espectaculariza ante sus ojos. (pp. 64 – 65)

Para Verdú se necesita un “despojamiento de madurez” tanto para sentir como un suceso trascendente un simple partido de fútbol o para vivir con interés los avatares sentimentales de los “famosos”. En nuestro tiempo este despojamiento tiene una característica distintiva: y es que si bien hace años el público básico de estas dos actividades era un subsector concreto de la población, hoy las pasiones se reparten por amplias capas de la población. Quizá algo que es un síntoma más de posmodernismo en cuanto al consumo cultural, una característica más del capitalismo de ficción:

Titulados y tituladas superiores han dejado de sentir rubor por entretenerse con los pormenores del fútbol o la secuencia de los cotilleos. Ahora no sólo se autoriza a ser trivial sino que, en cierto sentido, una dosis de trivialidad añade un punto de actualidad, a la vez posmoderna y encantadora. “Estar al día” comporta hoy hallarse también al tanto de los programas populares en la televisión, porque vivir únicamente lo más selectivo denota un elitismo muy trasnochado. Lo posmoderno es la alineación deliberada, el posible disfrute de lo más común, el gusto por la película más chusca, los dibujos animados o el filme venenosamente malo.

En general, la sociedad se abastece de estos alimentos vulgares en grado cada vez más alto porque toda ella sigue en el indefectible proceso de probarse con identidades promiscuas y alternando el sabor de lo real. Antes, las fugas de la realidad parecían deserciones innobles, ahora, sin embargo, la ocasión de huir (del trabajo, de los deberes, de los problemas), los ensayos de cambio de identidad, la experiencia tanto de lo hermoso como de lo feo, de la alta calidad como de las basuras, se encuentran en el centro de la oferta. (p. 65)

 

 

 

 

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