La violencia: ¿la única manera de acabar con la desigualdad económica?

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Vivimos en tiempos de una desigualdad económica galopante. Sólo por hacer referencia a algunos de los muchos estudios que se publicaron en 2016 sobre la cuestión: en enero Intermon Oxfam denunciaba que el 1% por ciento de la población mundial era más rico que el 99% restante; en noviembre la OCDE informaba de que los ricos habían sido los más favorecidos con la “recuperación” mundial; en diciembre, la Comisión Europea reconocía en un informe que tener un trabajo ya no garantizaba salir de la pobreza.

¿Qué podría corregir esas desigualdades? Si hemos de creer al profesor de historia de la Universidad de Stanford Walter Scheidel, nada podría hacerlo… salvo la violencia o la guerra.

De los argumentos de  Scheidel nos informaba Eduardo Porter en el New York Times al mencionar algunas de las ideas de la obra de Scheidel de próxima aparición (en el momento de escribir esto) The Great Leveler.

Para Scheidel parece haber un patrón histórico, desde los tiempos de la Edad de Piedra hasta el presente: desde que la humanidad ha dispuesto de un excedente productivo, el desarrollo económico ha conducido a la desigualdad, y sólo la violencia ha conseguido revertir esa dinámica.

Puede que los grandes momentos de nivelación hayan tenido causas diferentes, pero siguen teniendo una raíz común: “las disrupciones masivas y violentas del orden establecido”.

Porter menciona un par de ejemplos de la argumentación de Scheidel, como el colapso del Imperio Romano y el de la Europa medieval, en los que una pandemia de peste bubónica aceleró y propicio el proceso de nivelación.

Por supuesto, y como recoge Porter, no todo el mundo está de acuerdo con la tesis de Scheidel. Diversos economistas critican su argumento por encontrarlo demasiado reduccionista, arguyendo casos como la recuperación de EEUU tras la Segunda Guerra Mundial. Aun así, para Scheidel la violencia ha tenido un papel predominante en grandes dinámicas de reducción de la desigualdad.

Porter acaba su artículo preguntándose qué implicaciones tiene para nosotros el argumento de Scheidel:

¿Con qué nos deja esto? ¿Otra guerra mundial, con o sin armas termonucleares? Esperemos que no. El colapso estatal parece altamente improbable salvo en algunos lugares del África sub-sahariana. ¿La revolución? Poco plausible, dada la ausencia de alguna ideología poderosa capaz de cambiar el capitalismo.

“Es probable que el mundo del futuro sea bastante estable y que tenga una desigualdad muy alta”, comenta Scheidel. Puede que [parafraseando el subtítulo de la película Dr. Strangelove, de Kubrik] debamos  dejar de preocuparnos y aprender a amarlo.

Consulta el artículo original (en inglés) de Eduardo Porter en el New York Times para profunidizar en los argumentos de Scheidel y en algunas de las críticas que ha recibido.

 

Da que pensar: Es el mismo Walter Scheidel quien en un artículo para The Atlantic del 21 de febrero de 2017 desarrolla algo más el argumento central de su libro. Scheidel comenta que, históricamente, sólo las conmociones violentas del orden establecido han podido reducir las diferencias y desigualdades económicas. Y esas conmociones se han producido en cuatro formas básicas: la guerra a gran escala, las revoluciones transformadoras violentas, el colapso del estado y las epidemias catastróficas.

Scheidel insiste en que las reformas moderadas y los controles para combatir la desigualdad se han mostrado ineficaces a lo largo de la historia para reducir la desigualdad. Por ello Scheidel cree que el resurgir de la desigualdad en las últimas décadas no tendría que suponer una sorpresa, dado que las formas básicas de reducción radical de la desigualdad están controladas.

Como en el caso del artículo de Porter para el New York Times, Scheidel finaliza su escrito con una idea contundente en lo que se refiere a la actual situación política de EEUU, pero que sin duda es aplicable al resto de sociedades dentro de su argumento general:

Mientras que las medidas políticas incrementales para apuntalar la riqueza de la clase media son tanto deseables como viables, el pasado sugiere que no hay una manera factible de conseguir con el voto, la regulación o la educación que la sociedad vuelva a los niveles de igualdad que disfrutó la generación de postguerra. La historia no puede predecir el futuro, pero su mensaje es tan desagradable como claro: con algunas raras excepciones, las grandes reducciones en la desigualdad tan sólo se llevaron adelante envueltas en pesar.

Lee el artículo completo de Walter Scheidel en The Atlantic para conocer más sobre sus argumentos y sobre ejemplos históricos concretos aportados por el autor.

Imagen de Wolfgang van de Ryd via PixaBay

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