El mito de Frankenstein, o qué significa “jugar a ser Dios”

 

frankenstein

 

El próximo 2018 se celebrarán 200 años de la publicación de una obra clave de la cultura popular: Frankenstein, o el moderno Prometeo, de Mary Shelley. Dada la relevancia de la obra, es de esperar que se produzcan conmemoraciones y homenajes de lo más diversos. Algunos, pero, se han adelantado a la fecha y ya han hecho su particular homenaje.

La plataforma Slate dedicó en enero de 2017 una serie de artículos a examinar algunas de las implicaciones del mito de Frankenstein. La serie se incluye en una destacable iniciativa llamada Futurography: un proyecto que cada mes, en una mezcla entre periodismo y aprendizaje digital, quiere acercar al público algunas de las tecnologías que marcarán nuestro futuro inmediato, sin olvidar sus posibles consecuencias.

De la serie de Slate me gustaría destacar algunas ideas de un artículo escrito por Bina Venkataraman que analiza la idea de “jugar a ser Dios”.

Y es que si hay alguna lección que se asocia a Frankenstein es el peligro que puede comportar arrogarse el derecho de actuar como Dios, creando vida a voluntad. Y es que, ¿no es esa arrogancia lo que desencadena la tragedia que nos explica Shelley: el atrevimiento del doctor Frankenstein al crear una vida de la nada?

Esta advertencia contra jugar a ser Dios, nos dice Venkataraman, ha sido adaptada por diversos sectores y es invocada en cuestiones como la investigación en biotecnología (células madre, transgénicos).

No obstante, para Venkataraman el miedo que expresa la noción de “jugar a ser Dios” no tiene tanto que ver con la creación de nueva vida, o con la intervención humana en asuntos que se creían reservados a Dios. Y es que, según el autor, no parece que la mayoría de la gente tenga objeciones a hechos como la producción selectiva de nuevas variedades de frutas, la fertilización in-vitro o los trasplantes de órganos.

Así, el miedo tiene más que ver con las consecuencias inesperadas que los hallazgos científicos y de las nuevas tecnologías. Algo que según Venkatarman se deriva de la lectura de la misma obra de Shelley:

Mientras que la popular película [de 1931 de James Whale] atribuye la violencia de la criatura a su propia naturaleza, la novela deja claro que ésta proviene del rechazo que experimenta por parte de Victor Frankenstein y del resto de la humanidad. La advertencia más sabia que nos ofrece Shelley no es contra el hecho de crear vida o de imitar a Dios, sino contra la negligencia por lo que hace a los resultados de la experimentación y el descubrimiento. El Dr. Frankenstein, horrorizado por su abominable criatura, abandona cruelmente a su invención, privándola del cuidado y de la educación necesaria para llegar a convertirse en un ser moral.

Para Venkataraman la implicación de este cambio en la interpretación es la necesidad de que los inventores, investigadores y científicos comuniquen más y mejor al público las posibles consecuencias de sus descubrimientos.

Lee el artículo original de Venkataraman en Slate, así como toda la muy recomendable serie de artículos que la plataforma dedicó al personaje de Mary Shelley.

 

Da que pensar: Sin duda que la apuesta de Venkataraman por una mayor comunicación por parte de los científicos es acertada y muy necesaria. Pero, a pesar de ello, es lícito preguntarse si esa mayor apertura realmente acabaría con los miedos y las malinterpretaciones que suscitan los avances científicos en buena parte de la población.

Y es que en la mente humana siempre acechan sesgos y automatismos que limitan en buena medida la efectividad del pensamiento crítico. Claro que el reconocimiento de este hecho no es una invitación a cejar en el empeño de apostar por sociedades mejor informadas. Lo que sí implica es que es necesario reconocer y estudiar las dificultades a las que se enfrenta la comunicación científica, que no son pocas. Como manifiesta el divulgador de la ciencia Vladimir de Semir en una entrevista para la revista Mètode:

Hoy, más allá de los científicos y de los periodistas, hay multitud de agentes culturales, sociales, económicos y políticos que intervienen en la creación de opinión pública. Por ello el auténtico reto es efectuar una correcta comunicación pública de la ciencia. Tenemos muchas herramientas tecnológicas, pero nos enfrentamos a la incertidumbre de esta comunicación social de la ciencia que se deriva de mensajes y valores mistificadores e interesados. Galileo tendría hoy que superar mayores obstáculos que la utilización de una lengua ampliamente inteligible para que todo el mundo pudiera realmente asimilar el discurso del conocimiento y de la razón.

 

 

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