Cómo los medios de comunicación distorsionaron las guerras de Yugoslavia

Para aquellos que nos acercamos raudos a los cuarenta de edad, a través de la televisión se coló en nuestra infancia un desgraciado acontecimiento en el corazón de Europa: las guerras que sacudieron y desmembraron a la antigua Yugoslavia.

En el imaginario popular han quedado brutales imágenes de genocidio, de fosas comunes, de asesinatos y violaciones entre los que una vez fueron pacíficos vecinos o conciudadanos, de violencia étnica y religiosa. Todo ello tal y como si los pueblos en conflicto (serbios, croatas, bosnios, eslovenos) estuvieran predestinados a una espiral de muerte y violencia, producto de odios ancestrales.

Por supuesto que existían tensiones, agravios, historias y leyendas de violencia en un área de Europa sometida constantemente por potencias invasoras. Pero a pesar de esa imagen pública de una propensión casi innata al odio y la violencia, nada en las relaciones entre esos pueblos en las décadas anteriores a la barbarie cabía hacer esperar los sucesos que acaecieron en la década de 1990.

No son pocas las obras que han probado de desentrañar para el público general lo que parece un misterio: cómo pueblos que consiguieron convivir pacíficamente durante décadas acabaron matándose, temiéndose y odiándose con tanta saña. Una de las últimas en hacerlo es Y llegó la barbarie, de José Ángel Ruiz Jiménez.

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 La obra de Ruiz es un completo, muy informado y riguroso repaso de cuáles fueron las causas que contribuyeron a gestar la tragedia de Yugoslavia, cómo ésta se pertrechó y fue llevada a cabo y quiénes fueron los principales responsables de ello.

El subtítulo de la obra (Nacionalismo y juegos de poder en la destrucción de Yugoslavia) nos da una buena pista de uno de los principales factores que sirvieron de detonantes: el uso del nacionalismo por parte de unos líderes ansiosos por afianzarse en el poder y reforzar su figura. Pero hay otros factores que Ruiz nos muestra con detalle: un diseño institucional, el de la República Federal Socialista de Yugoslavia, que acabó favoreciendo las tensiones entre las repúblicas y el auge del nacionalismo; el papel interesado y equívoco de la comunidad internacional, que primero vio en Yugoslavia un dique de contención y desestabilización del comunismo soviético, para después abandonarla a su suerte, y por último utilizó a la confederación como un escenario donde representar sus intereses mediáticos y geoestratégicos (especial mención para Alemania y EEUU); los juegos de poder entre las figuras implicadas, de confrontación abierta pero también de oscuras alianzas, de connivencia con los crímenes cometidos, e incluso de utilización del sufrimiento de la población civil para poner de su parte a la comunidad internacional (véase el caso de la postura del gobierno de Alija Izetbegović durante el asedio a Sarajevo).

La obra de Ruiz ha sido reseñada en otros medios, destacando el completo análisis de Martín Alonso en Revista de Libros. Por ello, en lugar de realizar otra reseña voy a destacar uno de los aspectos concretos del libro, algo que liga con lo que comentaba al inicio de la entrada: el papel de los medios de comunicación en la percepción pública de las guerras de Yugoslavia.

Un papel pernicioso, a juzgar por el análisis de Ruiz: los medios, más que informar, contribuyeron a difundir una idea sesgada, equívoca y limitada de las causas y de la evolución del conflicto.

El momento histórico en que se produjeron las guerras de Yugoslavia fue propicio para una amplia cobertura en el terreno: un momento posterior a la primera guerra del Golfo, un conflicto en el que EEUU ejerció un poderoso control de la información y de la imagen pública. En el nuevo escenario europeo, la ausencia de esos controles propició que los periodistas pudieran trabajar con libertad, creándose una especie de carrera por obtener las imágenes y reproducir historias más cruentas e impactantes posibles.

Para Ruiz hay otra cuestión fundamental en la cobertura mediática de aquellos conflictos: se propició una imagen maniquea, una especie de lucha entre el bien y el mal:

[…] debía ser una guerra entre el bien y el mal, y los musulmanes eran el bien. Al principio se explicó el conflicto como un choque entre los demócratas y católicos croatas y eslovenos contra los despóticos comunistas serbios. Las imágenes del asedio a Duvrovnik y Vukovar contribuyeron poderosamente a reforzar esa imagen. Más tarde, la Guerra de BiH mantuvo en el lado del mal a los serbios, genocidas que masacraban a unos musulmanes casi indefensos, siendo el cruel sitio a la multiétnica Sarajevo, los campos de concentración y la matanza de Sbrenica los grandes hitos de su inhumanidad. La Guerra de Kosovo no hizo sino confirmar que Serbia, gobernada por un dictador al que con frecuencia se comparaba con Hitler, insistía en llevar a cabo genocidios, ahora contra albaneses. Todos los hechos estaban probados y confirmados por imágenes y testigos locales y periodísticos, no admitiendo discusión. (p. 413-414)

Según Ruiz hay dos hechos que convierten en “perverso” a esta dinámica: en primer lugar, que el público parece demandar que los medios les aclare quiénes son los buenos y quiénes los malos, por lo que se refuerza la visión de extremos; en segundo lugar, el siempre difícil conflicto que se da en los medios de comunicación entre satisfacer al público y actuar según los intereses del “conglomerado mediático, empresarial y político más poderoso, en este caso el occidental” (p. 414)

Otro factor que contribuyó a generar una visión sesgada fue el uso interesado que hicieron las partes en conflicto de la presencia de los medios, por ejemplo facilitando su labor sobre el terreno u ofreciendo apoyo logístico. Una estrategia hábil en el caso de los croatas y nula en el caso serbio. Por ello…

Las personas que siguieron con interés el conflicto pudieron observar una interminable acumulación de crímenes cometidos por los serbios, lo que terminó justificando la intervención de la OTAN. Desde luego, era responsabilidad de los medios ofrecer información veraz sobre las muchas atrocidades cometidas, y si bien no se mintió abiertamente, sí que se sobrepublicitaron las que tenían como perpetradores a los serbios, se silenciaron discretamente las cometidas por croatas y se protegió a los musulmanes, el bando que contaba con las mayores simpatías estadounidenses. Así, se supo en todo el mundo de los campos de concentración serbios de Omarska, Keraterm y Trnopolje, a los que se comparó con los de los nazis. (p. 414 – 415)

Mientras aquellas imágenes daban literalmente la vuelta al mundo y se traducían en premios y reconocimientos para sus autores, muy pocos oyeron hablar de los campos de concentración bosníacos de Celebici y Dretelj, ni de los croatas de Gabela, Kaonik, Dubraica, Vojno y Heliodrom, solo por citar algunos. (p. 415-416)

EL tratamiento sesgado de la información también perjudicó a los serbios en cuanto al terrible sitio al que éstos sometieron a la ciudad de Sarajevo:

El asedio del VRS serbio [el Ejército de los serbios de Bosnia] a Sarajevo y las bombas en los mercados fueron una enorme tragedia para sus habitantes, pero poco se habló de las redes mafiosas que extorsionaban y se aprovechaban de ellos en connivencia con el gobierno musulmán, ni de los muchos indicios de que las bombas en los mercados fueron un montaje para justificar la intervención occidental a su favor. El genocidio de Sbrenica dio la vuelta al mundo, pero las matanzas de serbios en Kravica realizadas precisamente por musulmanes desde Sbrenica, o la limpieza étnica de los serbios de Krajina fueron prácticamente invisibles para los cientos de periodistas desplegados sobre el terreno. (p. 416)

Los medios de comunicación no sólo fallaron a la hora de dedicar una atención diferente en las diversas cuestiones del conflicto. Además, se falló en evaluar las estimaciones de hechos tan terribles como las violaciones de serbios a mujeres musulmanas:

También se habló muchísimo de las violaciones masivas de serbios a mujeres musulmanas, que las autoridades de Sarajevo cifraron en 50.000 y el informe Warburton de la UE rebajo a 20.000, sin indicar que fue fruto de solo cinco días de trabajo basado en algunas entrevistas a través de las cuales se proyectaron los resultados. Para cuando Cruz Roja habló de menos de 2.000 y la ONU de menos de 2.400, en ambos casos incluyendo las violaciones a mujeres de todas las nacionalidades, el juicio mediático y popular ya estaba hecho y era inamovible. (p. 416)

Un baile de cifras engañosas que también se mantuvo en el conflicto entre Serbia y Kosovo:

Parte fundamental del espectáculo para vender la Guerra de Kosovo fue el baile de cifras sobre refugiados. Robin Cook, ministro británico de Asuntos Exteriores, llegó a elevar su cantidad a 400.000, que luego el secretario de Estado de EEUU, William Cohen, redujo como por ensalmo a 100.000 muertos albaneses en fosas comunes, guarismo que perdió un cero en cuanto acabó la guerra y que no llegó a 3.000 al concluirse los trabajos de exhumación de cadáveres, cuando ya no eran noticia. De cualquier modo, los medios ya había aireado las cifras que, al fin y al cabo, cuanto más altas fueran más interesantes hacían las noticias. Una vez acabada la guerra, tampoco se mencionó absolutamente nada de la limpieza étnica llevaba a cabo contra los serbios ni de las prácticas mafiosas del nuevo gobierno, pues estaba en el lado de las víctimas, la bondad y EEUU. (p. 417)

Ni siquiera el lenguaje utilizado para narrar los conflictos se libró de un claro sesgo, algo que sin duda afecto a la percepción pública de lo que allí pasaba:

Durante la Guerra de Kosovo, la coalición de la OTAN “informaba”, mientras los mensajes de Serbia eran “propaganda”; las acciones de la OTAN tenían un lenguaje limpio y neutral de “misiones aéreas” y “operaciones”, que si conllevaban muertes eran siempre “daños colaterales”, mientras cuanto tenía que ver con Serbia, como en la guerra de BiH, eran “deportaciones”, “fosas comunes”, “asesinatos” y “campos de concentración”. La estrategia fue un éxito total y Kosovo fue sin duda la obra mejor acabada en cuanto a cómo vender una guerra por intereses y revestirla de lucha del bien contra el mal, hasta el punto de que incluso innumerables colectivos pacifistas apoyaron la intervención de la OTAN al entender que se trataba de una guerra humanitaria. (p. 416-417)

Como comenta Ruiz, destacar la manera desigual en la que los medios presentaron a los serbios como los malos del conflicto, y a eslovenos, croatas, bosnios y albanokosovares como los buenos, no justifica las responsabilidades de Serbia que según el autor “están fuera de toda duda”. Lo que sí que hace es…

[…] llamar la atención sobre el doble rasero con que se bombardea precisamente a las personas con inquietudes, aquellas que desean informarse y que por tanto acuden a los medios que se dicen libres y comprometidos con la información profesional, honesta y veraz. (p. 418)

En esta línea son significativas las últimas frases del libro:

Comprender la descomposición de Yugoslavia es una tarea mucho más difícil y compleja que reducir sus conflictos a una lucha entre el bien y el mal o a una simple división de las poblaciones según su identidad nacional para crear nuevos Estados. Acercarnos a la verdad, como bien demuestra este caso, es ciertamente arduo y a menudo implica ir contracorriente, pero es el precio de nuestra libertad. (p. 433)

Y llegó la barbarie es una importante aportación a la comprensión de los sucedido en Yugoslavia, una obra en la que todo cuadra y en la que los argumentos se exponen de forma clara e imparcial. Un libro que has de leer si quieres profundizar en la comprensión de unos de los hechos más complejos y malinterpretados de la historia moderna.

 

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