Antoni Gaudí y la sumisión de la religión al arte

Muchos son los arquitectos que han legado obras inmortales a la posteridad, pero pocos han alcanzado el estatus de superestrella de la cultura popular como Antoni Gaudí. El catalán es para muchos una figura imprescindible no sólo en el ámbito de la arquitectura, sino en el del arte en general. Representado hasta la saciedad como un genio visionario, sus grandes obras como la Sagrada Familia o El Parque Güell atraen cada año a miles de personas de todo el globo.

Los pensamientos y reflexiones de Gaudí fueron recogidos a lo largo de los años posteriores a su muerte por discípulos, estudiosos y conocidos del arquitecto, aunque no siempre con la fiabilidad y el rigor deseado. En parte para remediar esta situación, en 2002 (el Año Internacional Gaudí) la editorial Acantilado publicó la obra editada por Laura Mercader Antoni Gaudí: escritos y documentos.


En aquella obra, Mercader recopilaba y ordenaba todos los escritos autógrafos del arquitecto localizados hasta aquel entonces, así como otros documentos sin firma pero atribuidos sin duda a Gaudí y aun otro conjunto de documentos no redactados por Gaudí pero que incluyen su firma (una “señal  de conformidad y autoría”).

La distinción de Mercader entre escritos y documentos está relacionada con el contenido de los textos: reflexivos y personales los primeros, más burocráticos y de trámite los segundos. Ambos grupos están anotados, con referencias y fechas aclaratorias, unas adiciones que fueron bienvenidas por los estudiosos de la obra de Gaudí. No obstante la obra de Mercader también recibió alguna crítica, como la falta de una necesaria interpretación de algunos textos importantes que podrían haber contribuido a conocer el funcionamiento de la mente creativa de Gaudí.

Entre esos textos importantes se encuentra la sección “Ornamentación”, del bloque llamado “Cuaderno de notas” e incluido por Mercader en la sección Escritos. De esa sección vamos a ver algunos fragmentos interesantes por lo que hace a la visión que tenía Gaudí de la pérdida de ambición de la arquitectura religiosa de su época. Aunque como digo los textos no están interpretados por Mercader, las citas que aquí os ofrezco son suficientemente autoexplicativas.

Para Gaudí el “carácter religioso” tenía el más gran objetivo “desde el momento que su objetivo es un misterio, cualidad que se alcanza por una infinidad de medios” (p. 50). Pero para Gaudí la arquitectura religiosa parecía atravesar una suerte de crisis, de alejamiento de su función fundamental de desvelar el misterio, supeditando esa función transcendental a la exposición de la forma:

[…] el carácter religioso anda indeciso, los objetos religiosos son esclavos de una idea profana: el arte. (p. 50)

Una esclavitud doblemente grave, puesto que para Gaudí lo religioso andaba sometido a un arte de épocas pasadas, reconocibles pero con las que era difícil que el pueblo conectara. O mejor, unas épocas con las que era posible conectar pero sólo a través de la forma, no de la esencia de lo religioso:

Al hacer un templo no se exige de él que tenga aquellas cualidades propias de un Dios terrible que se sacrifica por la criatura, la mansión de la omnipotencia de millares de millones de sistemas solares, ni tampoco hacer el objetivo que vencer de una manera elevadísima, cual es el Sacrificio incruento, sino que se busca la imitación de formas de otras edades, que magníficas serían para aquella época, puesto que aún percibimos algo de aquel sagrado incienso. Pero aquel lenguaje no es el nuestro, y lo que vemos en la reproducción de aquellas formas es más el recuerdo de las formas plásticas, reminiscencias de aquellos hombres, que la idea que se cierne sobre ellas, revelándonos de una manera vaga la Divinidad. (p. 50 – 51)

Esa pérdida de conexión con el mensaje, ese centrarse en la forma externa, una forma ya pasada, provoca la imposición del arte por el arte:

Es decir, que en la continuación de los estilos góticos adoramos más la Edad Media, con cualidades y defectos; sus formas plásticas nos traen a la memoria los hechos, los personajes, las tradiciones de aquellas gentes, pudiendo decir que más se tienen con esto ideas románticas que religiosas, produciendo una tutela la religión del arte de otros tiempos; no un arte que se identifique con la religión para expresarla, cual debiera ser, sino un arte que se impone como estilo. (p. 51)

Y continúa Gaudí con su queja:

De aquí que las concepciones modernas son lo que pudiéramos llamar puramente arquitecturales; ni a la pintura, ni a la escultura se les da plaza para poner en evidencia los misterios de la santa religión, ni ocupan, cual debieran, la representación de los mártires, como en el Renacimiento, en sus brillantes y sublimes pinturas; ni tampoco el símbolo, que anteriormente tanto privó, tiene la importancia debida, sino que toda se concede, parece ridículo, a la hoja de col, al acanto, a los calados, a las molduras, pero esto como formas puramente plásticas; ¿por ventura infunden religiosidad tales accesorios que como detalles, no están conformes con nuestro modo de ser?, ¿dónde están aquellos expresivos relieves que nos recuerdan, ya el martirio, ya el misterio, la caridad o la contemplación? Ahora sólo se ponen algunos santos, y aun a éstos para que den motivo a colocar una peana o un doselete afiligranado; es decir, buscar un pretexto para traer a colación una forma puramente plástica. (p. 51 – 52)

La protesta de Gaudí no sólo tiene que ver con la teoría estética, por así decir. También tiene un carácter eminentemente práctico:

Además, los medios de ejecución han variado completamente; entonces toda la filigrana idealizada de aquellos templos se podía realizar por no tener exagerado coste, hoy la más pequeña escultura, el insignificante capitel que las sombras de la nave han de esconder, cuesta un sentido; por el subido precio de la mano de obra es imposible prodigar las molduras, los calados, etcétera, o la profusa escultura; y por eso vémosnos obligados a ser parcos y hasta miserables una vez adoptado el estilo; y necesariamente producimos edificios incompletos que nada dicen, porque los elementos de que disponemos son completamente distintos; ¿pueden, a pesar de todos los sacrificios, compararse nuestros edificios modernos con los de aquellos tiempos?, ¿resistirá la comparación el edificio del Sagrado Corazón de París con la catedral de la misma ciudad, y no quedará muy y mucho atrás solamente con el nombrar las de Reims, Colonia, Estrasburgo, Chartres?, ¿dónde están las cundiosas portadas, las siete torres, las inmensas bóvedas? (p. 52)

Es difícil leer estas palabras de Antoni Gaudí y no ver su reflejo en la majestuosidad de su obra más famosa, la Sagrada Familia.

La edición de Laura Mercader de los escritos de Antoni Gaudí, a pesar de su falta de contextualización y análisis, tiene el indudable valor de haber producido una obra importante, informada y con abundantes referencias, de la exigua producción escrita de Gaudí. En la introducción a su libro, Mercader da una interpretración muy poética a esa aparente falta de interés de Gaudí por dejar constancia escrita de sus pensamientos:

El poeta Joan Maragall, íntimo amigo del arquitecto y uno de los más fieles defensores de su obra, dijo del portal del Nacimiento de la Sagrada Família: “No es arquitectura, es poesía: quiere hablar […] Es un barboteo de piedra” […]. Posiblemente sea esta la razón decisiva de su retirada literaria: lo que el poeta construye en palabras, Gaudí lo construyó en piedra. (p. 20)

Imagen de la Sagrada Familia via SuiteLife

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