“Nueva economía”, viejos prejuicios raciales

uber-lyft

Determinadas compañías tecnológicas están llevando a cabo lo que ya se considera una revolución en la economía: la economía colaborativa. Basada en el compartir servicios más que en adquirir bienes, compañias como Uber, Lyft o AirBnB están atrayendo mucha atención, no sólo por sus innovadores modelos de gestión, sino por sus agresivas tácticas empresariales y por los posibles efectos sociales y económicos de sus prácticas.

La atención que reciben dichas empresas en ocasiones se concreta en estudios muy específicos que muestran su lado más sombrío. Es el caso de un trabajo reseñado por Gene Demby para npr, en el que se muestra los prejuicios raciales que se dan en las aplicaciones de transporte colaborativo.

Dichas aplicaciones, las más famosas de ellas son Uber y Lyft, permiten que cualquier persona pueda tener unos ingresos extra poniendo su vehículo a disposición de otras personas con el fin de realizar trayectos. En otras palabras: Ubery Lyft permiten que personas anónimas y sin licencia actúen como taxistas (con el consecuente enfado del sector del taxi en las ciudades en que dichas aplicaciones se han implantado).

El estudio reseñado por Demby fue llevado a cabo en las ciudades norteamericanas de Seattle y Washington por un equipo del MIT y de la Universidad de Washington. Para comprender la gravedad del caso, merece la pena recoger un párrafo escrito por Demby:

Los pasajeros negro de Seattle tuvieron que esperar más tiempo para que los conductores los recogieran. En ambas ciudades, a las mujeres se las llevó por trayectos más largos que a los hombres, subiendo así el precio de las tarifas. Las personas con nombres con reminiscencia negra [“black-sounding” names] tenían más probabilidad de que sus trayectos fueran cancelados por los conductores antes de que éstos llegaran al punto de recogida acordado. Los hombres negros tenían el doble de probabilidad de que sus trayectos fueran cancelados. Si esos hombres negros vivían en zonas menos pobladas como los suburbios – lugares en los que es difícil hallar medios de transporte alternativos -, entonces tenían el triple de probabilidad de que sus viajes fueran cancelados.

Demby recoge las declaraciones de uno de los investigadores principales del estudio, Don Mackenzie, que puntualiza que puede haber diferentes razones por las que un conductor cancele un viaje, por lo que es imposible determinar si un individuo en concreto ha cancelado un viaje por un sesgo racial. Por consiguiente el estudio sólo permite ver un patrón de sesgo racial en el agregado total. A pesar de ello, Mackenzie comenta que la probabilidad media supone un coste real para la comunidad negra, dada la más alta probabilidad de que sus viajes sean cancelados. Algo que para Demby supone una ironía, puesto que aplicaciones como Ubery Lyft eran vistas por esa comunidad como una oportunidad para superar el sesgo racial que ya existía en el servicio de taxi tradicional.

Lee el artículo original (en inglés) de Gene Demby para npr para conocer más detalles sobre el estudio y sus implicaciones.

Da que pensar: Los resultados del estudio reseñado por Demby son por sí mismos suficientemente preocupantes como para ser motivo de comentario, mostrando lo difícil que es erradicar determinados sesgos automáticos (en este blog dediqué un artículo que trataba de una problemática muy parecida: La resonancia de un nombre puede activar el prejuicio racial).

Pero, además, Demby hace referencia a una cuestión más amplia que afecta de lleno a la autoproclamada “economía colaborativa”. Uber y Lyft no son las únicas aplicaciones bajo sospecha por la existencia de sesgos raciales. AirBnB, la plataforma para “compartir” vivienda (es decir, para alquilar vivienda tal y como si esa vivienda fuese un hotel) también se ha visto envuelta en casos de discriminación racial. Pero ni las personas que utilizan Uber o Lyft para ofrecer sus vehículos, ni aquellas que ofrecen sus viviendas en AirBnB, son empleados de dichas compañías, por lo que ni Uber, ni Lyft ni AirBnB pueden ser acusadas de no rendir cuentas por el racismo de sus usuarios.

De manera general, éste es uno de los aspectos más discutivos de la “economía colaborativa”: parece como si Uber, Lyft, AirBnB o similares pudieran extraer recursos de la sociedad gracias a su agresivo posicionamiento en el mercado, pero sin la necesidad de rendir cuentas por sus acciones con la excusa de que sólo son plataformas tecnológicas.

Las críticas a esta asimetría no son pocas, aunque quizá sean menos visibles que las voces que alaban sus modelos económicos. Este 2016 el grupo de investigación Dimmons, de la Universitat Oberta de Catalunya, tradujo al español un interesante ensayo crítico con los modelos de empresas como Uber, Lyft y AirBnB: el trabajo de Trebor Scholz Cooperativismo de plataforma. Desafiando la economía colaborativa corporativa.

Como comentan en la página web  de la UOC, Scholz es “investigador, activista, profesor de cultura y medios de comunicación en la New School de Nueva York y experto en economía colaborativa”. Su ensayo, un breve y accesible trabajo de 16 páginas, pasa revista a las principales críticas que se pueden hacer a los modelos de negocio de las grandes empresas que actúan en nombre de la economía colaborativa. Unas citas del texto de la UOC:

[Scholz] critica las perversiones de la economía colaborativa corporativa y alerta de que estas grandes plataformas digitales han creado mercados donde antes no había, aprovechándose de la infraestructura (coche, apartamento, tiempo…) de la gente. Son empresas –critica– en las que se paga al intermediario pero se desposee al trabajador de sus derechos, puesto que no tiene paro, seguridad social ni jubilación.

En palabras de Scholz, «a la sombra de una mayor comodidad en el acceso a ciertos servicios de una parte de la población, existen por contrapartida importantes costes sociales para la clase trabajadora, sobre todo la menos cualificada». Así, alerta de que el acceso esporádico de la clase media a trabajo de bajo nivel, como conducir un taxi (en el caso de Uber), como una forma para llegar a fin de mes, implica desplazar de estas ocupaciones –y de una fuente de trabajo estable– a trabajadores de baja calificación.

Scholz també alerta de las grandes cantidades de dinero que estas corporaciones gastan en grupos de presión para influir a las instituciones públicas para que cambien sus regulaciones a su favor. Por todo esto concluye que la economía colaborativa corporativa «no es simplemente una continuación del capitalismo predigital tal como lo conocemos, dado que hay una notable discontinuidad, sino que es un nuevo grado de explotación y una mayor concentración de la riqueza».

El trabajo de Scholz no sólo se dedica a la crítica, sino que además propone un modelo alternativo a la economía colaborativa corporativa, el llamado “cooperativismo de plataforma”. Un interesante ensayo que podéis consultar gracias al grupo Dimmon de la UOC en formato pdf en este enlace.

*La cita de la entrada es una traducción propia del original inglés

Imagen via KZTV 10

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s