La Nueva Ilustración y la suma importancia de las humanidades, según Edward O. Wilson

El avance de las ciencias modernas ha hecho temer a muchos por el futuro de las humanidades. Y es que en sociedades que tanto dependen de la tecnología y de los nuevos avances en campos como la biología o la medicina, parece como si la dedicación a las humanidades haya sido relegada como si fuese algo superfluo.

A pesar de que el estatus de las humanidades esté amenazado, también es cierto que no son pocos los pensadores que defienden su necesidad para nuestras sociedades (como, por ejemplo, vimos en este blog en la entrada La importancia de las humanidades en la sociedad del conocimiento).

En este post veremos otra defensa de las humanidades, o más exactamente, de la necesidad de un diálogo entre ciencia y humanidades, una defensa hecha por el biólogo Edward O. Wilson en su libro El sentido de la existencia humana.

sentido-existencia_wilsonWilson es una figura de primera fila en el ámbito científico: es uno de los mayores expertos mundiales sobre insectos y sobre hormigas en particular y también es una de las voces más autorizadas del conservacionismo medioambiental moderno. No obstante, Wilson saltó a la notoriedad científica en la década de 1970, cuando propuso que las dinámicas de la vida social humana podrían estar influenciadas por nuestra herencia genética, algo que fue muy mal recibido en el ámbito de las humanidades pero también por destacados científicos (que acusaron a Wilson de ser un determinista genético). La propuesta de Wilson recibió el nombre de sociobiología, un concepto que con el paso del tiempo ha sido retomado y ampliado por la psicología evolucionista.

A pesar del peso que otorga a la ciencia a la hora de explicar los comportamientos humanos, Wilson no niega la importancia de las humanidades, sino que apuesta por recuperar una unidad entre ambas ramas de conocimiento. Wilson cree que si ciencias y humanidades se encuentran en extremo separadas es a causa de la reacción contra la Ilustración de los siglos XVII y XVIII.

Para el movimiento ilustrado, los seres humanos podían ser capaces de entender tanto el universo como la humanidad misma gracias a la razón y la ciencia. Aunque los avances fueron grandes, las expectativas no pudieron ser cumplidas, por lo que a comienzos del s. XIX la empresa ilustrada se comenzó a ver con recelo. Esa insuficiencia, dice Wilson, fue remarcada por el movimiento romántico, para el que la ciencia poco menos que empobrecía el espíritu humano.

Para Wilson es sin duda cierto que las humanidades poseen una flexibilidad de la que la ciencia carece. Así, mientras la ciencia ha de estar supeditada a un lenguaje claro, inequívoco, en las humanidades, en el arte, la metáfora es fundamental:

El artista – escritor, compositor, pintor o escultor – expresa, a menudo indirectamente sirviéndose de la abstracción o la distorsión intencionada, sus propias percepciones y los sentimientos que pretende evocar – sobre algo, sobre lo que sea, real o imaginario -. Quiere presentar, de una forma original, alguna verdad u otra sobre la experiencia humana. Intenta transmitir lo que ha creado directamente por el canal de la experiencia humana, de su mente a tu mente. (p. 34)

Pero aun contando con la riqueza potencial que puede suponer el uso de la metáfora, lo cierto es que parece que en las humanidades hay una importante limitación:

Brutalmente inquisitivas, y a veces verdaderamente estremecedoras, las artes creativas y gran parte de los estudios humanísticos que las investigan son, sin embargo, en un sentido importante, más de lo mismo: los mismos temas, los mismos arquetipos, las mismas emociones. (p. 34)

Wilson puntualiza a continuación: “A los lectores nos da igual”. Y es que comenta el biólogo que los humanos tenemos una especial debilidad por todo aquello que concierne a la vida humana y a la vida de otros humanos, una debilidad que está en la base de fenómenos como el cotilleo, el culto a los famosos, las biografías o las novelas.

Esa limitación de las humanidades ha sido espectacularmente superada por las ciencias, en concreto por lo que Wilson denomina “la noción del continuo”, esto es: “La idea de que los sujetos y los procesos varían en una, dos o más dimensiones […]” (p. 36)

La idea de continuo se encuentra, por ejemplo, en la investigación sobre el cosmos, de la mano del hallazgo de exoplanetas que varían en características como el tamaño o su composición; o en la investigación biológica a través del descubrimiento de miles de especies nuevas cada año, que varían en aspectos tan notables como el tamaño; o también en el rango de frecuencias de luz que los animales, entre ellos los humanos, son capaces de captar. (pp. 36 – 39)

Para Wilson estas cada vez más amplias regiones conquistadas por las ciencias implica mucho para las humanidades:

La ciencia y la tecnología cada vez ponen de manifiesto la condición humana con mayor precisión, tanto en la Tierra como más allá, en la inmensidad del cosmos. Ocupamos un espacio microscópico en cada uno de los continuos relevantes que podrían haber producido una especie de inteligencia similar a la humana en cualquier lugar, en éste y en otros planetas. […]

La nuestra es una especie muy especial, quizás la especie elegida en cierto modo; pero las humanidades por sí solas no pueden explicar por qué. Ni siquiera plantean la pregunta de una forma que pueda responderse. Confinadas a un espacio de conciencia reducido, festejan los pequeños segmentos de continuos que conocen, hasta el mínimo detalle, una y otra vez, en infinidad de combinaciones. Estos segmentos no indagan en los orígenes de nuestras características fundamentales: nuestros instintos autoritarios, nuestra inteligencia moderada, nuestra sabiduría peligrosamente limitada; incluso, insistirán aquellos más críticos, el orgullo de nuestra ciencia. (pp. 40 – 41)

A pesar de lo expresado en los párrafos anteriores, Wilson no concede poca importancia a las humanidades, sino todo lo contrario: les otorga un papel fundamental en el nacimiento de una Nueva Ilustración, en la que ciencia y humanidades puedan estar unidas:

La primera Ilustración se emprendió hace más de cuatro siglos, cuando tanto la ciencia como las humanidades eran lo suficientemente elementales como para que su simbiosis pareciera factible. […] Ahora nos metemos de lleno en un nuevo ciclo de exploración, muchísimo más rico, en consecuencia más exigente, y no por casualidad cada vez más humanitario. Las humanidades, y sus artes creativas más respetables, poseen la capacidad de expresar nuestra existencia de una forma que por fin empieza a hacer realidad los sueños de la Ilustración. (p. 41)

Wilson ahonda aún más en la importancia de las humanidades invitándonos a llevar a cabo un experimento mental. Imaginemos que nos visita una raza de extraterrestres con el objetivo de aprender todo lo posible sobre nuestra especie. ¿Se interesarían, pregunta Wilson, por los secretos de nuestra ciencia?:

No, para nada. No hay nada que podamos enseñarles. Tengamos en cuenta que casi todo lo que podemos llamar ciencia no tiene ni cinco siglos de antigüedad. […] La humanidad entró en nuestra época tecnocientífica actual – global, hiperconectada – hace sólo dos décadas. Eso no es ni un parpadeo en el discurso rutilante del cosmos. […] Entonces, ¿qué podríamos enseñarles a nuestros visitantes extraterrestres? Por decirlo de otra forma, ¿qué podría haberle enseñado a un profesor de física Einstein a la edad de dos años? Nada de nada. Por esa misma razón nuestra tecnología sería enormemente inferior. De no ser así, nosotros seríamos los visitantes extraterrestres y ellos los indígenas planetarios. (pp. 43 – 44)

Así pues, si los extraterrestres no podrían aprender nada de nuestra atrasada tecnología y nuestra joven ciencia, ¿en qué se interesarían si quisieran aprender algo de nosotros?: en nuestras humanidades:

Para entender la evolución cultural desde fuera mirando hacia adentro, y no desde dentro mirando hacia fuera, que es como lo hacemos, deberemos interpretar todos los sentimientos y estructuras intrincadas de la mente humana. Es algo que exige un contacto íntimo con la gente y el conocimiento de un sinfín de historias personales. Ilustra cómo un pensamiento se traduce a un símbolo o a un artefacto. Eso es lo que hacen las humanidades. Son la historia natural de la cultura, y nuestro patrimonio más privado y preciado. (p. 45)

Eso no es todo. Para Wilson hay “otra gran razón para venerar a las humanidades” (p. 45), una que tiene que ver con el desarrollo de dos áreas de la ciencia: la genética y la inteligencia artificial.

En virtud de los conocimientos que se van adquiriendo sobre el genoma se está abriendo la seria posibilidad de alterar los genes de las personas (incluso antes de que nazcan) para conseguir una medicina personalizada, y combatir graves enfermedades de transmisión genética. Por otra parte, los avances en inteligencia artificial comienzan a dibujar la posibilidad de un futuro en el que las máquinas sustituyan en un buen número de áreas a los humanos. Ante estos dilemas, Wilson cree que las humanidades nos pueden ser de gran ayuda:

Ahora nos encontramos ante un problema que podemos resolver mejor con la ayuda de las humanidades, y una razón de peso que demuestra la suma importancia de las humanidades. Y ya que estoy en ello, por la presente doy mi voto al conservadurismo existencial: nuestro deber sagrado de preservar la naturaleza humana biológica. Lo estamos haciendo la mar de bien en los ámbitos de la ciencia y la tecnología. Pongámonos de acuerdo para mantener ese buen ritmo, e incluso acelerarlo. Pero fomentemos también las humanidades, aquello que nos hace humanos; evitemos utilizar la ciencia para trastear con este manantial, el potencial absoluto y excepcional del futuro de la humanidad. (p. 48)

 

A sus 87 años parece que el deseo de comunicar la pasión por el conocimiento, y el conocimiento mismo, sigue bien vivo en Edward O. Wilson. En ese aspecto, El sentido de la existencia humana es un libro breve pero que condensa sus principales puntos de vista (algunos muy controvertidos, como la selección grupal) y las lecciones que este gran biólogo cree que merece la pena extraer de la ciencia.

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