Si los insectos poseen emociones y conciencia, ¿deberíamos darles un trato más ético?

abeja

En este 2016 se han desvelado algunos resultados sorprendentes sobre un grupo animal que suele ser el blanco de sentimientos encontrados: los insectos. Considerados por muchos como animales molestos, e incluso desagradables por no pocos, la ciencia está desvelando algunos datos que muestran la complejidad real de estos seres en apariencia simples.

Así, según parece los insectos podrían poseer algo parecido a las emociones. Al menos eso es lo que da a entender un estudio realizado con abejas, según el cual después de tomar una gota de agua con azúcar las abejas parecían mostrar una especie de estado emocional positivo.

La presencia de “emociones” no sólo se ha mostrado en abejas. Otro estudio reciente parece implicar que las moscas de la fruta muestran signos de miedo y ansiedad ante la sombra simulada de un depredador.

Un tercer estudio que hay que mencionar. Según un equipo de la Universidad de Macquarie (Australia), los insectos podrían tener la capacidad de percibir experiencias subjetivas, lo que podría implicar que los insectos poseen un cierto nivel de conciencia, algo de lo que se creía que carecían.

En rigor, no podemos decir si los insectos tienen emociones o no. Pero, si queremos ser escépticos, en rigor tampoco podemos decir a ciencia cierta si otras personas tienen emociones o no. Como dice Carla Clark al revisar los estudios sobre emociones en los insectos en un post para Brain Blogger, es nuestra capacidad para comunicarnos con otros miembros de nuestra especie aquello que nos proporciona la certeza de que ellos también tienen emociones.

Algo parecido sucede con la conciencia y el dolor. Aunque es imposible saber si a ciencia cierta si otros seres vivos son conscientes o sienten dolor (como en el caso de los insectos), suele utilizarse un argumento por analogía: si esos seres responden a un estímulo de manera similar a como responden los humanos, bien podrían haber tenido una experiencia también similar.

Los resultados de estos estudios son fascinantes de por sí, pero también tienen una implicación muy clara que nos lleva a una pregunta difícil: si los insectos tienen “emociones”, un cierto grado de conciencia y pueden sentir dolor, ¿deberíamos tratarlos de una manera más ética?

La pregunta no sólo responde a un ejercicio intelectual, dado el trato que los humanos solemos dispensar a este tipo de animales: los perseguimos y aniquilamos por motivos sanitarios, pero también como forma de mejorar nuestra explotación del ambiente (mediante el uso de pesticidas y parecidos) o por simple crueldad.

El polémico filósofo Peter Singer, experto en ética, apunta a lo legítimo que podría ser replantear la manera en que tratamos a los insectos si la investigación continua arrojando resultados parecidos.

Así, Singer comenta en un artículo para New Scientist:

Decir que las abejas tienen “estados parecidos a las emociones” no implica necesariamente que puedan sentirse felices o tristes, o que puedan tener otras emociones. […] los estados hallados no son necesariamente conscientes, pero podrían serlo. Desde un punto de vista ético, la presencia o ausencia de conciencia – y por ende la habilidad para sufrir – es crucial.

Saying bees have “emotion-like states” does not necessarily mean that they feel happy or sad, or have other emotions. […] the states found are not necessarily conscious – but they could be. Ethically, the presence or absence of consciousness – and hence the ability to suffer – is crucial.

En un artículo para Project Syndicate (que podéis consultar en español), Singer apunta esa misma línea al comentar:

En Occidente nos causan gracia los monjes jainistas que barren el piso delante de ellos para no pisar a las hormigas. Pero deberíamos en cambio admirarlos por llevar la compasión hasta su conclusión lógica.

Pero añadiendo una dosis de cautela y escepticismo:

No quiere decir que debamos iniciar una campaña por los derechos de los insectos. Todavía nos faltaría para ello conocer más sobre sus experiencias subjetivas; y en cualquier caso, el mundo no está ni por asomo preparado para tomarse en serio una campaña así. Primero tenemos que terminar de extender el campo de aquello que tenemos en consideración seria, para incluir en él los intereses de los animales vertebrados, de cuya capacidad para sufrir no tenemos tantas dudas.

El punto de cautela de Singer parece necesario. En este blog dediqué un artículo a reseñar el libro Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, de Stefano Mancuso y Alessandra Viola. En él Mancuso y Viola pasan revista a la investigación que muestra las sofisticadas capacidades de las plantas, y los comportamientos que muestran que las plantas pueden ser consideradas como seres inteligentes y sensibles. Y para Mancuso y Viola, ese reconocimiento abre la puerta a un trato más ético hacia ellas:

Por difícil que parezca aplicar a los vegetales un concepto que ha marcado la historia de la humanidad, la referencia a su dignidad pueden entenderse como un primer paso hacia la legitimación de los derechos de las plantas, con independencia de los intereses humanos. Esto significa que deben ser respetadas y que los humanos tenemos obligaciones para con ellas. Mientras veamos a estas criaturas meramente como cosas, máquinas pasivas que obedecen servilmente a un programa siempre idéntico, mientras que las consideremos organismos cuyo único fin se cifra en satisfacer nuestros intereses y necesidades, aplicarles un atributo como el de la dignidad nos parecerá absurdo e insensato. Pero si las plantas son activas, adaptables, verosímilmente capaces de sentir percepciones subjetivas y, sobre todo, poseedoras de un modo de vida del todo independiente de nosotros, entonces existen buenas razones para aceptar que el concepto de dignidad puede ser aplicable también a ellas. (p. 140)

Esa misma línea de razonamiento podríamos aplicarla al trato que dispensamos a los insectos si la ciencia sigue mostrando su capacidad para sentir, sufrir y ser conscientes. Pero como en el caso de las plantas, y como bien puntualiza Singer, iniciar una campaña a favor de los derechos de los insectos parece prematuro, aunque quizá no tanto por la falta de conocimientos científicos como por nuestra poca predisposición actual a ello.

Así las cosas, parece que sea inevitable que haya un cortocircuito entre el conocimiento que comenzamos a poseer sobre los insectos y el trato que deberíamos dispensarles si siguiéramos un razonamiento ético sólido y coherente. En este sentido, la analogía entre el caso de los insectos y el de las plantas puede ser útil precisamente al mostrar cómo sortear ese cortocircuito.

En su día elaboré para este blog una guía de lectura sobre la cuestión del trato ético hacia las plantas. En el estado actual de la cuestión, puede que una de las conclusiones más sensatas sea aceptar que los seres vivos no pueden escapar de la violencia y el daño que se ejerce hacia otros seres vivos. Las plantas son un recurso fundamental para los humanos, y es difícil ver cómo podríamos prescindir de ellas (aunque también se podría argumentar que los humanos no deberíamos tener prioridad sobre ningún ser vivo, aunque eso hipoteque nuestra supervivencia). Así, entre la irrealidad práctica de un trato ético hacia las plantas demasiado restrictivo y el maltrato injustificado que solemos dispensarles, puede que haya otra vía: ser respetuosos hacia los seres que dañamos con nuestras acciones, reflexionando sobre cuánto daño es el realmente necesario para sostener nuestras vidas.

Algo parecido podríamos decir del caso de los insectos. Sin duda hay ocasiones en los que se podría justificar la muerte de ciertos insectos o de poblaciones de insectos ya que supone un bien para las personas, como en el caso del mantenimiento de los cultivos o de la salubridad pública (aunque, de nuevo, también se podría aducir que no deberíamos tener ninguna prioridad sobre los insectos, aunque eso pusiera en peligro nuestra supervivencia). A pesar de esos casos una puesta en práctica de un mayor respeto hacia los insectos, intentando minimizar el daño injustificado que les causamos (como cuando aplastamos a un insecto porque sí), parece no sólo posible sino además necesario.

Puede que ese compromiso mínimo no nos eleve al nivel de compromiso moral de los monjes jainistas que menciona Singer, pero también puede que de momento sea suficiente, mientras se va fraguando una ampliación de nuestra conciencia moral hacia otros seres.

Imagen via Wikipedia

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