La gran promesa incumplida de Internet

La crisis económica desatada en 2008 (de la que seguiremos sintiendo sus efectos por mucho tiempo), parece haber afectado de un manera particular a un amplio sector de la población: la llamada “clase media”. A este fenómeno se han dedicado numerosos artículos y varios libros notables, y de uno de esos libros vamos a hablar en esta entrada: El fin de la clase media, de Esteban Hernández.

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Hernández realizó un particular análisis de los cambios a los que se ha visto sometida la clase media utilizando dos grandes ámbitos de investigación: el económico-financiero y el cultural. Así, en El fin de la clase media podemos encontrar reflexiones en torno a la sociología, el managent y la economía, pero también el psicoanálisis, la música, el cine y las nuevas tecnologías.

Precisamente en torno a las nuevas tecnologías, en concreto a Internet, elabora Hernández algunas de las ideas más interesantes de la obra, al reflexionar sobre las esperanzas que buena parte de la clase media habría depositado en la red, y cómo éstas no parecen haberse cumplido.

Pero, ¿qué es la “clase media”? Para Hernández, la clase media no está tanto definida por un determinado estatus económico como por una cierta mentalidad:

[…] la idea dominante era que si uno trabajaba duro y cumplía su parte, la vida le iba a ir bien. La clase media confiaba en los expertos, creía que una buena formación intelectual abría puertas y que la honradez y el trabajo eran las mejores cartas de presentación. Pensaba, además, que el progreso económico conseguiría que nuestro nivel de vida mejorase con el paso de los años y que nuestros hijos vivirían mejor que nosotros y guardaba la ilusión de que el sistema social les iba a proveer de un ámbito de libertad que les permitiría vivir como querían vivir. (p. 13)

Sin embargo, parece que las fuerzas económicas desatadas en este siglo XXI han dado al traste con buena parte de las aspiraciones de un amplio sector de la clase media. No es sólo que se perciba que el sistema no ha cumplido con su parte del acuerdo implícito (aquel por el cual el esfuerzo honesto recibiría su justa recompensa social): millones de personas ya viven en una situación más precaria e inestable que sus padres, y a diferentes niveles (económico, social, sentimental). Además, en nuestros días se suele repetir con insistencia que gran parte de los valores en los que habíamos confiado son parte del problema:

Para muchos de los expertos y de los financieros con los que conversé, sin embargo, la clase media se había convertido en el problema mismo: acostumbrada a vivir de los recursos estatales, nos habíamos acomodado y no habíamos sido capaces de reinventarnos en un mundo de cambio continuo. Nuestra fidelidad a formas de pensamiento aprendidas, nuestro deseo de seguridad y estabilidad, nuestra aversión al riesgo y nuestra insistencia en conservar las raíces nos habían convertido en un enorme freno a los cambios y a las reformas necesarias para seguir avanzando. (p. 13)

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No es de extrañar entonces el cinismo y el desencanto que buena parte de la población siente hacia el estado actual de cosas y hacia los agentes que son percibidos como los responsables de la situación, principalmente políticos y financieros. Gran parte de ese desencanto se ha ido canalizando hacia una corriente de pensamiento que anhela construir un nuevo orden de cosas, un anhelo que para Hernández encarna una nuevo primitivismo:

Las opciones para tener una vida satisfactoria están al alcance de cada vez menos personas y los mecanismos que rigen nuestro devenir colectivo, desde la política hasta la acción comunitaria, están cada vez mas constreñidos por quienes están en la parte superior de la pirámide. En ese contexto es lógico que empecemos a pensar en mundos mejores. Y si la clase media pobre suele soñar con recuperar virtudes como la sinceridad, la honestidad o la verdad, otra parte de la clase media, que podríamos llamar progresista, piensa en términos de construcción de formas relacionales mucho más satisfactorias. La nostalgia de lo perdido […] se convierte aquí en nostalgia del futuro, en la conciencia tanto de las enormes posibilidades que la cooperación y la empatía traerían al ser humano, como de su desaprovechamiento por el control que ejercen las viejas estructuras. (p. 337)

El nuevo orden había llegado a parecer más posible que nunca gracias a la peculiar naturaleza de Internet. Debido a su configuración en forma de red, por primera vez individuos anónimos tenían la oportunidad de relacionarse directamente, de sortear el control de los expertos y demás dirigentes de los sistemas tradicionales, señalados ahora por los nuevos desheradados del sistema como los responsables de su precaria situación.

En este sentido, Internet ha venido representar una promesa de cambio, de realización de casi infinitas posibilidades de nuevos modos de hacer y de vivir, modos que afectarían a esferas tan diversas como la política, la económica, la artística o la profesional:

La gran promesa que traía la red era la de un mundo que, al trazarse desde la posibilidad de acceso universal, permitía nuevas formas de justicia y reconocimiento. […] Si alguien tenía una buena idea y sabía desarrollarla, o poseía ingenio y frescura, encontraría en este nuevo entorno la forma de aprovechar sus cualidades. Por primera vez, la materia prima, el talento, podía dictar sus reglas, sin necesidad de someterse a mediaciones o imposiciones. Las ideas, aunque no gustasen a los expertos o no fueran populares, ya no tenían que guardarse en un cajón, sino que podían partir a la búsqueda de aquellos que sabrían valorarlas. Similares perspectivas se abrían para los profesionales: un arquitecto que de verdad ofreciese algo distinto podría encontrar clientes en otros lugares, un ingeniero con inventiva no tendría que limitarse a hacer tediosos y repetitivos trabajos en una empresa local y un abogado con inteligencia podría escalar cimas profesionales  insospechadas sólo con desplazarse allí donde pudiera demostrar lo que realmente valía. (pp. 342 – 343)

Los casos de éxito a los que los grandes medios nos exponen parecerían apoyar la realidad de la gran promesa de Internet: artistas que han hallado público y reconocimiento para su obra gracias a plataformas cono YouTube, expertos en diferentes ámbitos que difunden su conocimiento a miles de personas gracias a las redes sociales, emprendedores de todo tipo de negocios,…

Pero, a pesar de los casos de éxito, para Hernández la realidad parece ser otra muy distinta:

En ninguna época de la historia hemos contado con un caudal formativo tan elevado, y en ninguna época ha servido tan poco. Esas enormes posibilidades que prometía la red se han convertido en su opuesto, producto de un mundo en un peculiar y preocupante repliegue. (p. 343)

Y es que tanto en el mundo de la producción artística cono en el mundo profesional,  parece que cada vez menos agentes son los que acaparan el éxito y la atención, mientras una enorme masa de talento permanece totalmente oculta, desaprovechada e ignorada.

La diferencia que media entre lo que Internet prometía y lo que realmente tenemos hoy en día parece deberse, comenta Hernández, a una especie de error de cálculo que quizá tenga su origen en esa mentalidad típica que conforma a la clase media:

Esta creencia en la potencia inmediata de las ideas es una equivocación típica de la resistencia de clase media, que sigue analizando el mundo desde el punto de vista de la estructura. […] Creía que la inclusión de los excluidos en la red en términos de igualdad lo cambiaría todo, cuando esa variable ha dejado de ser definitiva: si la sociedad del siglo XX se definía por la producción, hoy esta es barata y múltiple. Cualquiera hace canciones, cualquiera tiene ideas, cualquiera puede montar un partido político. Lo difícil no es eso, sino conseguir que lo imaginado pueda encontrar todas sus posibilidades […] Todo el mundo puede producir algo, pero casi nadie tiene en sus manos conseguir que lo producido alcance el mercado y el público al que potencialmente se dirige. El problema no es la ausencia de igualdad, sino su exceso, porque todos compiten por muy pocos espacios de visibilidad.  (p. 351)

Así es como se ha acabado generando una paradoja con potentes implicaciones prácticas: aunque el acceso igualitario a una red de información y de contenidos como Internet parecía implicar la desaparición de los mediadores, de los intermediarios, lo cierto es que éstos no sólo no han desaparecido, sino que han visto incrementado su poder:

En el nuevo mundo de las redes los mediadores no sólo no desaparecen, sino que se convierten en mucho más relevantes. Analizar la situación desde la mera introducción en el mercado de ideas, creaciones y opiniones deja sin tocar la distribución de posiciones de la red, sus mecanismos de poder y sus formas de conducir y dirigir los flujos. La red es un campo de fuerzas en el que distintos agentes luchan por establecer posiciones de dominio y por crear cuellos de botella a través de los cuales imponer las normas al resto de la cadena, por lo que pretender alterar esa estructura con la mera introducción de nuevas propuestas y de nuevos jugadores puede conseguir que se emitan discursos diferentes, pero no provoca por sí mismo un cambio en el marco de distribución de poder. (p. 352)

La lucha por la mediación, por la búsqueda de posiciones de privilegio en la red, es lo que está dando forma a nuestro mundo postmoderno. Una lucha encarnizada que se está dando en los mismos ámbitos a los que la red parecía que iba a traer la igualdad de oportunidades:

Ha ocurrido en lo político, donde instituciones internacionales disuelven desde arriba las resistencias de los gobiernos locales; ocurre en el sector mercantil, donde la fuerza de lo inmaterial reconfigura los ámbitos de acción, y ocurre en el terreno empresarial, donde nuevos actores, sobre todo ligados a la distribución, han reconstruido las estructuras de sus sectores de modos favorables a sus intereses. (p. 353)

 

Como suele suceder, sólo el tiempo dirá a dónde nos conducen estas nuevas dinámicas de un mundo que parece cada vez más incontrolable e incontrolado. De momento, para obtener una visión fresca de lo que está sucediendo hoy día El fin de la clase media es un excelente lugar por el que comenzar.

 

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