Frank Zappa: la música como un tipo de escultura

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Cuando alguien escribe una pieza de música, lo que se pone en el papel es el equivalente aproximado a una receta, en el sentido de que una receta no es la comida, sino las instrucciones para la preparación de la comida. […]

Si yo escribo algo en un papel, en realidad no puedo “oírlo”. Puedo convocar una visión de lo que significan los símbolos e imaginar la pieza musical y cómo sonaría en un concierto, pero esa sensación no es transferible, no se puede compartir ni transmitir.

No se puede hablar de “experiencia musical” en términos normales hasta que la “receta” se haya convertido en moléculas de aire contoneándose.

La música en los conciertos es un tipo de escultura. El aire en el espacio de la actuación queda esculpido y convertido en algo. Esa “escultura-molecular-en-el-tiempo-“es entonces “percibida” por los oídos de un oyente, o de un micrófono.

El SONIDO son “datos descodificados por el oído”. Las coses que HACEN SONIDO son capaces de crear perturbaciones. Esas perturbaciones modifican (o esculpen) el material crudo (el “aire estático” de la sala, ya que estaba “en reposo” antes de que los músicos se pusieran a dar por saco). Si generas perturbaciones (“formes de aire”) de manera expresa, estás componiendo. (p. 163)

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La topografía de una existencia, trazada por un extraño

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Desde que lo ha leído en una novela, le atrae la idea de hacerse vigilar por un detective. No sabe qué esperar. Pero está convencida que tener un inventario semanal de su rutina tiene que serle útil para algo. Como si la topografía de su existencia, trazada con la objetividad de un extraño, pudiera ayudarla a sentirse mejor. A encontrar bajo el hollín la clave de todo . Escoge una agencia al azar y da por teléfono los datos necesarios para empezar. Los primeros informes, puntuales cada viernes en la estafeta, la decepcionan. Es incapaz de descubrir la lógica interna de los hechos insustanciales que allí se detallan con la meticulosidad de un memorialista. Una sucesión de instantes sometidos a la lógica del tedio. Inertes como un sedimento de escombros. Sin ninguna señal de alto voltaje. Ninguna utilidad. Las fotografías tampoco. Nada que no pueda decirle el espejo. Fragmentos mal encuadrados de una monotonía incubada. Siempre vestida igual. Entrando o saliendo de los mismos sitios. Sola. (p. 15)

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Como la vida misma

Supongo que es inevitable que, al llegar a cierta edad, nos preguntemos qué es la vida. Quiero decir, que nos preguntemos cuál es el sentido de todo: ¿la vida era sólo esto, un ir pasando las etapas que se supone que todos hemos de pasar?; ¿o quizá tendría que haber hecho más de aquello que hice, “vivir más”, como aquel que dice?

Seguro que es la conciencia del paso irreversible del tiempo aquello que nos provoca estas reflexiones, unos pensamientos que pueden acabar generando la tan temida crisis de la mediana edad. No todo el mundo la padece, pero seguro que es un fenómeno bastante extendido: al fin y al cabo, ¿quién no se ha interrogado nunca por el sentido de su vida? Este carácter general hace que la crisis existencial de los cuarenta (o cincuenta) sea uno de los materiales favoritos de muchos creados para sus historias. En España hay un creador en particular que destaca por el tratamiento del fenómeno: el cineasta Cesc Gay. Seguir leyendo

Por qué nunca morimos completamente 

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El miedo a la muerte es uno de los temores más básicos y más afianzados en la vida de cualquier persona. Los creyentes pueden encontrar consuelo en la idea de una vida en el más allá, los no-creyentes no cuentan con ese alivio: siempre queda una especie de poso, un temor siempre latente, del que quizá sea imposible librarnos.

A pesar de ello, quizá podamos intentar convivir con el miedo a la muerte enmarcando la cuestión de otra manera más amplia. De eso es de lo que nos habla el filósofo y crítico cultural Gabriel Rockhill en un artículo para The Stone, la plataforma de pensamiento del New York Times. Seguir leyendo

El triunfo de los mercados sobre los gobiernos, o la autoaniquilación de los estados

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[…] la economía global se constituyó políticamente. La reestructuración de las empresas y las nuevas tecnologías de la información, aunque están en el origen de las tendencias de globalización, no habrían podido desarrollar por sí mismas una economía global interconectada sin políticas de desregulación, privatización y liberalización del comercio y la inversión. Estas políticas fueron decididas e impuestas por gobiernos de todo el mundo y por las instituciones económicas internacionales. Se requiere una perspectiva de política económica para entender el triunfo de los mercados sobre los gobiernos: los propios gobiernos buscaron semejante victoria en un histórico proceso de autoaniquilación. Lo hicieron para preservar o potenciar los intereses de sus estados en el contexto de la emergencia de una nueva economía y en el nuevo entorno ideológico que resultó del colapso del estatismo, la crisis del Estado de bienestar y las contradicciones del Estado desarrollista. Al actuar resueltamente a favor de la globalización (algunas veces esperando que tuviera un rostro humano), los líderes políticos también perseguían sus propios intereses políticos y, muchas veces, sus intereses personales, con diversos grados de decencia.

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La cultura está limitada por la genética, o “el principio de la correa”

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[…] la cultura no tiene un margen de maniobra ilimitado, no puede ir hacia todos lados sin limitación alguna. Según [Edward O.] Wilson, su margen de maniobra queda determinado por los límites que impone la naturaleza humana. Ello se expresa en el famoso principio de Wilson: el leash principle, la idea de que la cultura va de la correa de la evolución genética y biológica. El principio de la correa dice que la cultura nunca puede soltarse del todo de las influencias biológicas. La correa nos mantiene unidos a nuestros genes. Si una cultura se vuelve en contra de la naturaleza humana, por ejemplo porque propaga el no tener hijos o alienta el suicidio colectivo, recibirá un fuerte tirón de la correa, o de lo contrario estará condenada a muerte. (p. 159)

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La perseverancia no es la clave del éxito

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Una de las ideas de la psicología popular que ha tenido mejor recepción entre el público es que la clave del éxito es la perseverancia. No importa tanto las supuestas habilidades de cada individuo, se dice, sino la capacidad de trabajar duro, de encontrar un propósito en aquello que hagamos y de hacerlo con pasión. Con esa fórmula relativamente sencilla, podemos alcanzar todas nuestras metas, aquello que nos propongamos. Como ejemplos se suelen citar emprendedores, artistas, empresarios y científicos de todo tipo.

Pero, ¿es cierto que la perseverancia es la clave del éxito?; ¿es cierto que si lo intentamos con trabajo duro y pasión podremos conseguir aquello que nos propongamos? Lo cierto es que no son pocas las voces que responden con un “no” a esas preguntas. Como ejemplo, veamos el artículo de junio de 2016 de Ian Leslie para New Stateman. Seguir leyendo