Buen arte, malas personas

Obra de Ray Turner, de la serie “Good man, bad man” (rayturner.us)

Wagner, Degas, Ezra Pound y T.S. Eliot eran antisemitas; Picasso era misógino, tanto que dos de sus mujeres se volvieron locas, y dos más se suicidaron; Norman Mailer intentó asesinar a una de sus esposas; Caravaggio y Ben Jonson mataron a otros hombres, en duelos o en peleas; Genet era un ladrón; Arthur Rimbaud pasó su vida adulta como traficante de armas y de esclavos; Lord Byron cometió incesto, y Gustave Flaubert practicaba sexo con chicos.

La lista de barbaridades y prejuicios a las que se entregaron algunas de las mentes artísticas más brillantes de la historia es más que extensa, y los mencionados son sólo algunos de los ejemplos que utilizó Charles McGrath al analizar, en un artículo del New York Times, la relación entre el buen arte y el mal comportamiento de las personas que lo crean.

Dice McGrath que nuestra experiencia del arte suele ir acompañada de sentimientos ennoblecedores: el arte nos inspira, y también aumenta nuestra comprensión y nuestra simpatía.Y así es como nos imaginamos ser mejores personas por causa (al menos parcialmente) de la experiencia artística. Si es verdad que el arte nos ennoblece y nos mejora como personas, también debería ser verdad que el arte hace lo propio con aquellas personas que lo crean. Pero la cuestión no es tan simple:

Utilizamos estas nociones – especialmente que el arte nos mejora moralmente – contra toda evidencia en contrario, puesto que según la famosa puntualización del crítico George Steiner, el Holocausto nos contradice de una vez por todas. “Sabemos que un hombre puede leer a Goethe o a Rilke al anochecer”, escribe Steiner, “que puede tocar piezas de Bach o Schubert, y a la mañana siguiente acudir a su jornada laboral en Auschwitz”. O como escribió Walter Benjamin: “En la base de toda gran obra de arte hay una pila de barbarie”.

We cling to these notions — especially that art morally improves us — against all evidence to the contrary, for as the critic George Steiner has famously pointed out, the Holocaust contradicts them once and for all. “We know that a man can read Goethe or Rilke in the evening,” Steiner writes, “that he can play Bach and Schubert, and go to his day’s work at Auschwitz in the morning.” Or as Walter Benjamin once wrote: “At the base of every major work of art is a pile of barbarism.” 

Por supuesto que también hay artistas que han llevado una vida “decente”, y moralmente enriquecedora. Y quizá nos gustaría creer que este tipo de artistas han sido y son la norma, y que casos como los de Wagner, Rimbaud, Picasso,… son la excepción. Pero McGrath nos hace notar que la creación del gran arte puede que implique el egoísmo del artista:

[…] la creación de un verdadero gran arte requiere un grado de concentración, compromiso, dedicación y preocupación – en suma, de egoísmo – que diferencia al artista y le hace no un fuera-de-la-ley, sino más bien una ley en sí mismo.

Los grandes artistas tienden a vivir para su arte más que para los demás. Ése es el motivo por el que las biografías de tantos escritores del siglo XX, que por lo demás fueron razonablemente buenas personas, o al menos no fueron monstruos (como Fitzgerald, Faulkner, Bellow, Yates, Agee, por nombrar unos cuantos al azar), están salpicadas con matrimonios rotos e hijos desatendidos o infra-valorados.

[…] the creation of truly great art requires a degree of concentration, commitment, dedication, and preoccupation — of selfishness, in a word — that sets that artist apart and makes him not an outlaw, exactly, but a law unto himself.

Great artists tend to live for their art more than for others. This is why the biographies of so many writers in the 20th century who were otherwise reasonably good people, or not monstrous certainly (think of Fitzgerald, Faulkner, Bellow, Yates, Agee, to take a few almost at random), are strewn with broken marriages and neglected or under-appreciated children.

Este egoísmo despierta, según McGrath, una interesante pregunta:

[…] ¿cuántas historias, por buenas que sean, son dignas del dolor y de la infelicidad de los otros?

[…] how many stories, however good, are worth the pain and unhappiness of others?

Puede que, para ciertos artistas, ésta sea una pregunta que no tiene respuesta:

[…] lo cruel del arte – del gran arte, de hecho – es que requiere que sus practicantes queden ensimismados en sí mismos de una manera que es un poco inhumana.

[…] the cruel thing about art — of great art, anyway — is that it requires its practitioners to be wrapped up in themselves in a way that’s a little inhuman.

Lee el artículo original en el New York Times para conocer a fondo los argumentos de McGrath sobre la compleja cuestión del buen arte creado por personas con convicciones y comportamientos moralmente reprobables .

 

Da que pensar: La idea de McGrath de que la dedicación compulsiva a la obra artísitca provoca un cierto distanciamiento “inhumano” parece más que fundada, especialmente para aquellas personas que con sus obras han marcado nuestro legado cultural. Ni que decir tiene que no todos los artistas se comportan de maneras tan abiertamente inmorales. Pero la línea que separa la creatividad de los comportamientos de dudosa moral a veces puede ser muy tenue. En 2011 un estudio de Francesca Gino y de Dan Ariely sostenía que las personas creativas pueden estar más inclinadas a engañar y mentir. Una reseña del estudio en la revista Time nos decía que:

La misma mente emprendedora que permite a la gente creativa contemplar nuevas posibilidades, generar ideas originales, y resolver conflictos de maneras innovadoras, puede que también les ayude a justificar su propio comportamiento deshonesto.

The same enterprising mind that allows creative people to consider new possibilities, generate original ideas, and resolve conflicts innovatively may be what also helps them justify their own dishonest behavior

Quizá puede que la creatividad sea un arma de doble filo, como la inteligencia emocional: en función de los rasgos de personalidad concretos, y de nuestra manera de razonar, puede ser utilizada tanto con fines morales como inmorales. Sería éste un buen motivo para no idealizar la creatividad por encima de otras cualidades más “corrientes”, como el buen juicio, y considerarla como lo que quizá sea: un vehículo, un medio valioso para otros fines, pero un medio al fin y al cabo.

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