Los límites de “conócete a ti mismo”

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La mayoría de la gente identifica la filosofía con una expresión: “conócete a ti mismo”. Y es que la inscripción del templo de Apolo en Delfos no sólo es una expresión por el amor al conocimiento, incluyendo el conocimiento de nosotros mismos. La creencia de que es posible conocer nuestros propios pensamientos está en la base de obras muy influyentes (como la de Descartes): se suele considerar que la habilidad para conocer nuestros pensamientos es el fundamento de la certeza de que existe el mundo exterior o la conciencia.

Bien mirado, ¿por qué no íbamos a ser capaces de conocer nuestros propios pensamientos? Parece una capacidad básica que ponemos en práctica todos los días. Pero a pesar ello, no son pocos los filósofos que creen que no es tan fácil conocernos. Y no por falta de empeño, sino porque dudan de que el concepto de “conocerse a uno mismo” sea posible.

Eso es lo que argumentaron los filósofos Alex Rosenberg en un artículo en The New York Times, Keith Frankish en un ensayo en Aeon y Quassim Cassam en The Philosopher’s Magazine.

Rosenberg, Frankish y Cassam comentan que creemos que tenemos algún tipo de acceso privilegiado a nuestros propios pensamientos, por lo que a primera vista parecería que no hay manera de estar equivocados sobre aquello que pensamos (y por tanto, sobre aquello que queremos, deseamos, tememos,…): no tendríamos más que “acceder” a nuestros pensamientos y razonar sobre ellos. Pero los tres filósofos argumentan que ese acceso privilegiado no existe.

Los motivos por los que se pone en duda nuestra capacidad de autoconocimiento son diversos, así que recogeré sólo algunos puntos mencionados por Rosenberg, Frankish y Cassam.

Por ejemplo: hay experimentos que muestran que cuando a algunas personas se les da a elegir entre diferentes objetos que previamente han calificado como deseables en igual grado, suelen decir que prefieren aquel que han escogido sobre los demás: es decir, racionalizan su decisión una vez ésta ya ha tenido lugar. Otro ejemplo: algunas personas con un cierto tipo de ceguera son capaces de escoger objetos por su color aunque no tengan la sensación consciente del color, esto es: su comportamiento se guía por la información visual pero no son conscientes de ello.

Cassam escribe unas líneas en su ensayo que son significativas:

No hay duda de que la razón juega un papel en la formación de nuestros deseos y creencias, pero como humanos también estamos influenciados por un ambpio abanico de factores no-racionales, incluyendo factores ambientales y biológicos, rasgos de carácter y sesgos.

No doubt reason plays a part in the formation of our desires and beliefs but as human beings we are also influenced by a wide range of non-rational factors, including environmental and biological factors, character traits and biases.

Pero si ese acceso privilegiado a lo que pensamos no existe, ¿cómo sabemos en absoluto aquello que nos pasa por la cabeza?

Lo que comentan Rosenberg, Frankish y Cassam es que las personas, más que un conocimiento directo, lo que hacemos es interpretar lo que pensamos. Y lo hacemos utilizando la misma capacidad por la que interpretamos los pensamientos de los demás: la teoría de la mente (una idea que se debe al filósofo Peter Carruthers). A diferencia de lo que sucede con los otros, la interpretación de nuestros pensamientos es más rica, puesto que en principio poseemos más datos sensoriales que provienen de nosotros mismos (tales como sensaciones y un diálogo interno). Es esa auto-interpretación la que abre la puerta a que podemos estar tan equivocados sobre nuestros propios deseos o preferencias. De nuevo lo resume Cassam:

La imagen resultante del auto-conocimiento es muy diferente de la imagen filosófica estándar del mismo. El auto-conocimiento, incluso el mundano, es indirecto. Está mediada por la evidencia en la cual se basa y por nuestra comprensión de la significancia de esa evidencia. No debería ser una sorpresa que haya personas mejores que otras en conocer lo que quieren, en tanto algunas personas son mejores que otras en leer sus propias mentes. El auto-conocimiento es producto de la auto-interpretación y la auto-interpretación es algo que se puede hacer más o menos bien, con más o menos acierto psicológico.

The emerging picture of self-knowledge is very different from the standard philosophical picture of self-knowledge. Self-knowledge, even mundane self-knowledge, is indirect. It is mediated by the evidence on which it is based and by our understanding of the significance of that evidence. It should come as no surprise that some people are better than others at knowing what they want since some people are better at reading their own minds. Self-knowledge is the product of self-interpretation and self-interpretation is something that can be done more or less well, with more or less psychological insight.

Consulta los artículos originales de Rosenberg, Frankish y Cassam para tener más detalles de esta interesante cuestión, así de sobre los problemas más amplios que plantea.

 

Da que pensar: Por muy chocantes que parezcan, los argumentos contra el acceso privilegiado a nuestros pensamientos son sólidos, y están apoyados en algunos desarrollos modernos de la neurociencia y la psicología. Todo ello nos deja con una incómoda pregunta: ¿de verdad es posible alcanzar el auto-conocimiento?; esto es: ¿tiene sentido la invocación “conócete a ti mismo”?

Ninguno de los tres filósofos niega que la razón juegue algún papel en el auto-conocimiento. La razón contribuye, pero a una fracción menor (por decirlo así) de nuestra capacidad de conocernos. Entonces, ¿cómo podemos conocernos mejor?

Como comenta Ken Taylor en PhilosophyTalk, quizá hayamos de tomar la misma estrategia que empleamos cuando queremos conocer a los demás:

Piensa en cómo conocemos las causas del estado de ánimo de los otros. Por ejemplo, soy bastante bueno en predecir el humor de mi mujer y de mis hijos. Aprendí hace mucho a dejarles su espacio por la mañana, antes de que se hayan duchado o hayan tomado un buen desayuno. Obviamente no sé esto mediante la introspección. Más bien, he vivido con ellos durante mucho tiempo. A lo largo de los años, he observado ciertos patrones. Me acerco a ellos casi como lo haría un científico. He adoptado un punto de vista imparcial, en tercera persona, experimental. Y aquí está el consejo para conocerte a ti mismo. Haz lo mismo contigo. Esto es, obsérvate a ti mismo de la manera objetiva, externa y en tercera persona en la que lo haría un observador.

Think about how we know about the causes of other people’s moods. For example, I’m pretty good at predicting my wife’s moods and my son’s moods. I learned a long time ago to keep my distance from them in the morning, before they’ve taken their showers or have had a good breakfast. I obviously don’t know all that by means of intropection. Rather, I’ve lived with them a long time. Over the years, I’ve observed certain patterns. I approach them almost like a scientist would. I adopt a detached, third person, experimental point of view. And here’s some advice for knowing about yourself. Do the same with yourself. That is, look at yourself the way that an objective, outside, third-person observer would.

Además del consejo de Taylor, por paradójico que parezca, para conocernos a nosotros mismos mejor podríamos adoptar otra estrategia: preguntar a los demás. Y es que, como ya hemos visto en este blog, los otros suelen tener una idea más acertada de nuestra personalidad que nosotros mismos.

Puede que en un primer momento toda esta cuestión parezca uno de esos meros entretenimientos teóricos con los que demasiados filósofos suelen entretenerse. Pero, como recuerda Cassam en su escrito, el auto-conocimiento tiene un valor práctico: puede que no podamos hacer las elecciones correctas, ya sean serias o triviales, si no tenemos la capacidad de conocer nuestros propios deseos. El auto-conocimiento es, por tanto, un problema que vale la pena tomarse en serio.

 

Imagen via Living in the Now (imagen de  Sigfrid Lundberg con licencia Creative Commons)

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