¿Entiende tu perro lo que le dices?, o sobre la simplificación de la ciencia

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El 30 de agosto de 2016 diversos medios se hacían eco de una noticia curiosa: según decían los titulares, la ciencia había demostrado que los perros entienden lo que les decimos.

Los titulares se hacían eco de un estudio publicado en la revista Current Biology. En el estudio se realizó escáneres cerebrales a 13 perros para determinar qué respuesta había en su cerebro ante palabras pronunciadas por los investigadores con diferente entonación (positiva, negativa, neutra). Los resultados mostraron que en el cerebro de los perros se activaban los dos hemisferios cerebrales a la manera en que se activan en los humanos cuando procesamos el lenguaje: el hemisferio izquierdo se activa para procesar el significado de las palabras, mientras que el derecho se activa para procesar cómo se dicen esas palabras.

Es esa activación de los hemisferios del cerebro de los perros lo que dio pie a los titulares de la prensa que recogieron el estudio. Sin duda, la reseña de los medios fue acogida de buen grado por los propietarios y amantes de perros. Pero un momento, no tan rápido. Ese mismo día también se publicaron, en EEUU, noticias en medios que llamaban a la cautela sobre los resultados.

Es el caso de los artículos publicados en Smithsonian Magazine, en Scientific American y en Discovery Magazine. Ninguno de esos artículos negaba la posibilidad de que los perros entiendan lo que les decimos. Lo que sí pretendían era hacernos notar que de los resultados del trabajo publicado en Current Biology  no podemos extraer según qué conclusiones.

Para resumir lo que se comenta en los tres artículos mencionados: hay una diferencia notable entre la respuesta a palabras concretas y el “entender” el lenguaje. Aunque las habilidades de ciertos perros para reconocer términos y responder a ellos es impresionante, lo cierto es que de momento no podemos saber si los perros poseen una red de significados que permita interpretar una palabra en relación a todo el sistema, algo que los humanos sí que poseemos y que nos ayuda a comprender el lenguaje.

Pero, además, también se aducen problemas en la metodología del estudio, desde la pequeña muestra de perros utilizados (13), hasta la posible existencia por defecto de una mayor actividad del cerebro izquierdo (algo que parece que ya se había descrito tanto en perros como en personas).

Pero ninguna de estas dudas razonables ha recibido atención por los medios hispanohablantes que reseñaron el trabajo de Current Biology, a pesar de estar expresadas en medios internacionales de excelente reputación por otros investigadores del campo de la cognición animal.

Por supuesto que pueden ser consideradas como omisiones perdonables, comprensibles, quizá incluso intrascendentes dado el tema que está en juego. Pero son un ejemplo más de la manera ligera, inexacta y sesgada con la que los medios generalistas suelen tratar la ciencia y sus desarrollos.

Se podría argumentar que esa ligereza quizá sea una contrapartida que a veces haya que pagar en la divulgación científica: simplificar los mensajes para hacerlos accesibles, entretenidos, de manera que el público general al cual se dirigen pueda comprenderlos y digerirlos mejor. Pero quizá ése sea el problema.

Hace unos años se popularizaron los estudios que decían haber hallado que la oxitocina era la “hormona del amor”: una molécula que parecía tener un papel destacado en la confianza, la cooperación y la empatía entre personas. Cómo no, los medios se hicieron buen eco de la moda, y los titulares de sus noticias y el tratamiento de las mismas fue acorde a la fiebre desatada. El estupendo divulgador Ed Yong escribió un artículo en Slate en el que daba al traste con algunas de las ideas populares relacionadas con la oxitocina. En su artículo, Yong escribía unas líneas destacables:

El problema con la idea de la molécula moral es que convierte la ciencia – desordenada, compleja, frustrante como es – en una pulcra fábula. No sólo le dice a la gente lo que quieren escuchar sino que además les hace sentir deliciosamente subversivos por comprender la secreta simplicidad del mundo.

The problem with the moral molecule idea is that it turns science—messy, complex, frustrating as it is—into a tidy fable. […]. It not only tells people what they want to hear but also makes them feel delightfully subversive for understanding the secret simplicity of the world.

Como comenta Yong, la ciencia no siempre es tan simple como nos gustaría. Aunque la labor divulgativa de algunos medios sea estimable, y aunque a veces sea necesario hacer más accesible aquello que se quiere divulgar, un exceso de simplificación tiene efectos adversos: no sólo transmite mensajes equivocados (o parcialmente equivocados) al público, sino que ofrece una idea errónea sobre la naturaleza de la ciencia.

Deseosos como están por atraer y mantener audiencia, es dudoso que la mayoría de medios generalistas apuesten por un tratamiento diferente de la ciencia, un tratamiento que busque un punto adecuado de accesibilidad sin renunciar a la seriedad y a la compleja naturaleza de buena parte de los temas de los que tratan. Eso no quiere decir que ese equilibrio no sea posible, o que no haya excelentes medios que lo practiquen. Pero es casi seguro que esa manera de divulgar va a costa de una menor audiencia. Y, como digo, dudo que en el actual panorama informativo buena parte de los medios estén por la labor de arriesgar sus números de audiencia.

Está claro que no podemos desconfiar sistemáticamente de todo lo que nos cuentan los medios: eso sería demasiado costoso en términos de tiempo y energía, además de innecesario en buena parte de los casos. Pero también es cierto que la sombra de la simplificación puede estar presente en  otra buena parte de los casos. ¿Qué podemos hacer como público al respecto?

Quizá unas mínimas pautas de sentido común de pensamiento crítico sean suficientes. En primer lugar, intentar en la medida de lo posible utilizar diversas fuentes para valorar una noticia que nos interese. En segundo lugar, procurarnos una mínima idea de quiénes son los principales divulgadores científicos en activo, y en qué medios suelen escribir: ellos también son falibles, pero en la mayoría de los casos poseen una merecida reputación. En tercer lugar, practicar una lectura atenta, y clarificar (en otras fuentes u obras de referencia) aquellos puntos  o conceptos de los que no estemos seguros. En cuarto lugar, seguir la evolución en el tiempo de una noticia que haya captado nuestra atención: como hemos visto en el caso del estudio sobre los perros o con la oxitocina, nuevos estudios pueden matizar las noticias originales.

Y en último lugar, y muy en especial: no olvidar nunca que la ciencia puede ser más compleja de lo que parece.

 

Imagen via CBC News

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