El problema de la utilidad de la lectura

libros

Sin duda que ha sido uno de los estudios más compartidos y aplaudidos de estas semanas de verano de 2016: según dicen haber hallado, leer nos alarga la vida. El estudio viene a sumarse a otros de parecido corte que evalúan diversos beneficios de la lectura (de ficción, para más señas). Así, hace una temporada se le dio mucho bombo a estudios que parecían indicar que leer ficción nos hace más empáticos. Tampoco pasó desapercibido un estudio que indicaba que leer reduce el estrés.

A modo de acción-reacción, no han faltado voces críticas ante dichos “hallazgos”, y con razón. La última ha sido la de Alberto Olmos, en un artículo sarcástico pero algo histriónico, llamado Leer aumenta la probabilidad de que te toque el ‘gordo’ en Navidad. En él Olmos hace algunas críticas ácidas y acertadas a dichos estudios (te invito a que leas el artículo original).

En este blog ya he dedicado alguna entrada a analizar las contradicciones, los fallos y las conclusiones erróneas que, a mi juicio, entrañan alguno de los estudios sobre la lectura más populares. En concreto, y para no repetir lo dicho, te invito a que leas las entradas:

En esos artículos intentaba mostrar que aunque la lectura pueda aportar importantes beneficios, también hay serias dudas de que las conclusiones de los estudios reseñados fueran tan simples como nos gustaría creer. Leer, en particular leer ficción, no es un remedio mágico que nos haga mejores personas, o que nos ayude a triunfar en nuestras vidas laborales. En ese sentido, comparto plenamente el subtítulo del artículo de Olmos en El Confidencial:

Varios estudios anuncian beneficios disparatados e inverosímiles de la lectura, tan alejados del sentido común que sólo cabe pensar en una campaña desesperada para salvar el libro

Las nuevas tecnologías son una competencia poderosísima para la lectura, por lo que parece urgente para muchos actores (desde editores, hasta centros de cultura, pasando por los mismos lectores) hallar una forma de poner en solfa el valor de leer libros. Pero apelar a la presunta utilidad de la lectura es un mal negocio. Apelar a la utilidad de algo para mostrar su valor tiene el problema de que el valor de ese algo puede agotarse si encontramos otro algo que nos ofrezca el mismo valor, o quizá más.

Pensemos en el estudio que dice que leer 6 minutos reduce el estrés hasta en un 60%. Podría ser una conclusión cierta, pero sin duda que leer no es la única manera de reducir el estrés. Por ejemplo, en este blog también reseñé un estudio que mostraba que observar imágenes que contienen vegetación también reduce el estrés. Y ni siquiera hace falta que las imágenes sean bonitas: un simple paseo urbano con árboles ya hace la función. Si esto es así, ¿por qué elegir la lectura en lugar de una foto con vegetación para calmar nuestra ansiedad? Al fin y al cabo, contemplar una foto es mucho menos cansino que leer una novela.

No es extraño que, para no caer en los peligros del argumento de la utilidad, algunos críticos acaben apostillando que el valor de la lectura es que no sirve realmente para nada (entendiendo que no tiene una única utilidad cuantificable). Así, Olmos concluye su artículo escribiendo:

Lo que no nos van a decir es la verdad; no nos van a decir que leer no sirve absolutamente para nada. Ni siquiera entienden que es de eso de lo que se trata.

Algo parecido escribía Lee Siegel en un artículo para The New Yorker titulado Should Reading be useful? Allí Siegel ponía en duda las conclusiones sobre los estudios que relacionaban la lectura de ficción con la empatía, y concluía defendiendo la esencial inutilidad del acto de leer un libro.

Aunque entiendo los motivos que animan a Olmos y a Siegel, para ser justos habría que decir que leer realmente marca una diferencia, que realmente es útil, en un doble sentido: por un lado, de una manera “abstracta”, por así decir, leer nos permite aprender sobre el mundo y cuestionar nuestras asunciones más queridas, que muy bien pueden ser erróneas; de otro lado, de una manera más aplicada, leer y el conocimiento que nos aporta la lectura nos da la oportunidad de mejorar nuestro futuro, mediante la educación y los beneficios sociales que comporta.

Que no se insista más en estos beneficios reales de la lectura responde, a mi juicio, a tres fenómenos.

En primer lugar, los beneficios que he descrito más arriba constituyen mensajes de digestión difícil. En el fondo, al gran público no le gusta la ciencia. La ciencia es un asunto complicado, lleno de matices, refutaciones, controversias, detalles que parece nimios pero que no lo son. Es por esto que conclusiones más generales y llamativas, como “leer nos hace más empáticos”, o “leer nos hace vivir más” tienen mejor prensa y conectan mejor con el público que cuestiones más enrevesadas, o que matizaciones puntillosas a los artículos de moda. Pero eso no quiere decir que esas cuestiones enrevesadas o esas matizaciones sean menos importantes. En el caso de la ciencia, el diablo realmente está en los detalles.

En segundo lugar, la mayoría de mensajes sobre la utilidad de la lectura se centra en la literatura de ficción, aquella que consume el público mayoritario. ¿Qué pasa con la literatura de no-ficción? Pues que prácticamente está ausente del discurso público, como lo están algunos géneros relacionados con la ficción, como la poesía o el teatro. Por el impulso democrático que anima a aquello de “sobre gustos no hay nada escrito”, se ignoran o se marginalizan grandes géneros, grandes libros, que tienen mucho que aportarnos.

En relación con este segundo punto, hay un tercer fenómeno destacable por el que se insiste en unos beneficios de la lectura mientras se ignora otros: el trabajo intelectual gratuito ha perdido prestigio social. En un post de este blog recogía unos fragmentos del ensayo de Antoni Brey La sociedad de la ignorancia que resumen a la perfección el problema. En unas sociedades donde la ignorancia se ha normalizado, e incluso se ha asumido como modelo de éxito social, dice Brey que

seguimos considerando el conocimiento como un bien en sí mismo cuando nos referimos a él de forma abstracta: en las encuestas todos contestamos que nos encanta leer, ir al teatro o ver documentales, pero en la práctica fuera del saber productivo generado por los expertos, cualquier esfuerzo intelectual resulta casi incomprensible para una sociedad acomodada en la comodidad del entretenimiento predigerido y la espectacularidad vacua. A duras penas se atrevería alguien a autocalificarse hoy día como un intelectual, por el temor a quedar revestido de todas las connotaciones actuales del término: pretencioso, improductivo, aburrido.

Nuestras sociedades se rigen por la efectividad, la eficacia y la utilidad inmediata: los modelos de éxito actuales, tales como deportistas, innovadores y emprendedores, son un claro reflejo de esta manía por la eficiencia. Además, en tiempos de convulsiones económicas y laborales, los ciudadanos valoran las actividades dirigidas a un fin concreto, aquellas que sean provechosas, por encima del supuesto ocio que entraña el trabajo intelectual. No es de extrañar, pues, que consideraciones más arcanas sobre la utilidad de la lectura hayan quedado relegadas a un segundo plano.

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2 comentarios en “El problema de la utilidad de la lectura

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