El verbo “elegir” está sobrevalorado

FILES  This file photo taken on August 16  2016 shows Tunisian women  one  R  wearing a  burkini   a full-body swimsuit designed for Muslim women  swimming at Ghar El Melh beach near Bizerte  northeast of the capital Tunis   The ban on the Islamic burkini swimsuit on some French beaches has triggered disdain in English-speaking countries  where outlawing religion-oriented clothing is seen as hampering integration    AFP PHOTO   FETHI BELAID
FILES This file photo taken on August 16 2016 shows Tunisian women one R wearing a burkini a full-body swimsuit designed for Muslim women swimming at Ghar El Melh beach near Bizerte northeast of the capital Tunis The ban on the Islamic burkini swimsuit on some French beaches has triggered disdain in English-speaking countries where outlawing religion-oriented clothing is seen as hampering integration AFP PHOTO FETHI BELAID

La prohibición del burquini en algunas localidades francesas ha vuelto a encender el debate sobre la libertad religiosa en general, y sobre los derechos de la mujer en particular. En contra del burquini se aducen todo tipo de argumentos, desde los que se centran en una supuesta amenaza para la seguridad ciudadana hasta los que resaltan la naturaleza impositiva de la prenda. Justo todo lo contrario a esto último es lo que destacan algunas plataformas sociales, con el argumento de que las personas son libres de elegir su vestimenta, su forma de pensar y su religión. No faltan los medios que han recogido declaraciones de mujeres musulmanas que van en este sentido.

La presunción de que podemos elegir libremente aquello que creemos es central en el ser humano. Sin ella se evapora la responsabilidad individual, y en cierta manera el sentido de un “yo” que está al cargo de nuestra vida y de nuestro destino. Cuestiones éstas que conectan con la sempiterna preocupación por el libre albedrío, es decir: ¿de verdad existe la libertad, o es sólo una ilusión?

No faltan buenos argumentos para negar la existencia de una libertad de elección efectiva en lo que hace a los asuntos humanos. Por ejemplo, y por mencionar unas pocas ideas que ya han aparecido en este blog: la genética influye en nuestra orientación política, el aburrimiento hace que adoptemos posiciones políticas más extremas, nuestra percepción de las controversias sociales hace que malinterpretemos hacia dónde se decanta la mayoría de la opinión experta, factores como la concentración de hormonas influyen en la elección de los tipos de juguetes con los que se entretienen niños y niñas, la resonancia de un nombre activa casi de manera automática el prejuicio racial,….

Y sólo por mencionar algunos contenidos de este blog. Si tenemos en cuenta la cantidad de información que se ha ido acumulando sobre la poca racionalidad de nuestras acciones, o sobre el funcionamiento del cerebro en lo que hace a decidir, la sensación que queda es que “elegimos” mucho menos de lo que creemos.

Eso no quiere decir que no podamos elegir libremente. También dedicamos en su día en este blog una entrada a la teoría sobre el libre albedrío del filósofo Daniel Dennett. Según Dennett, los humanos tenemos la capacidad de aprender sobre nuestro ambiente y sobre las cosas que nos suceden, y eso abre una puerta a elegir diferentes maneras de actuar, y por extensión a la responsabilidad por nuestras acciones. Puede que ésa no sea la libertad absoluta que a todos nos gustaría tener, pero también puede que sea más que suficiente para una vida humana.

No obstante, la premisa fundamental del argumento de Dennett es que para que podamos decir que hemos “elegido” un curso de acción hemos de haber tenido la oportunidad de aprender sobre cómo comportarnos. Lo cierto es que de manera intuitiva es difícil ver cómo podemos “elegir” sin ese componente de aprendizaje.

Algo parecido expone el filósofo Paul Boghossian en su libro El miedo al conocimiento, cuando habla de los motivos que podemos tener para aceptar una creencia:

¿Qué entendemos por razón para una creencia? Normalmente, solemos pensar en la evidencia a favor de una creencia, es decir, una reflexión u observación que eleva la probabilidad de que la creencia en cuestión sea verdadera. […] Llamemos a estas razones razones epistémicas.

Algunos filósofos han llegado a pensar que puede haber, además razones extraepistémicas para creer en una proposición determinada. Muchas conversiones religiosas se han dado a punta de pistola: “Cree en esto, o…”. Se puede pensar que una persona que contempla el cañón de un arma posee una razón para adoptar el credo que esté siendo promocionado; al menos, una razón pragmática, ya que no epistémica. Las consideraciones brindadas no apelan a la verdad de la creencia respectiva, sino a las ventajas pragmáticas que se derivan de aceptarla (en nuestro ejemplo: la ventaja de que no le vuelen a uno la cabeza). (p. 32)

Así que parece que hay buenos argumentos para defender que “elegir” en qué creer implica, al menos, la capacidad y la posibilidad de aprender, así como un equilibrio adecuado entre razones pragmáticas y razones epistémicas. Que en el caso de las mujeres que vistan burquini o similar se cumplan esas condiciones, es algo que parece abierto a discusión.

Imagen via El Periódico

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