Mercè Rodoreda y la escritura como remedio contra el sufrimiento

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A Mercè Rodoreda le tocó vivir en una época convulsa. En el año 1939, la escritora de la mítica novela La plaza del Diamante huyó al exilio, aconsejada por su madre, por miedo a que las colaboraciones de la escritora con publicaciones catalanas y revistas de izquierdas le causaran problemas finalizada la Guerra Civil Española. Comenzó entonces un periplo duro para Rodoreda. Huyendo a Francia de la posguerra española se topó con los estragos de la Segunda Guerra Mundial. Rodoreda pasó hambre, miedo, penalidades, como tantos otros millones de personas durante aquel terrible periodo. Su producción narrativa se resintió por los efectos físicos de la penuria. Sólo poco a poco, con el paso de los años, la escritora pudo madurar el que sería uno de los legados narrativos más importantes de las letras catalanas en particular, y de la narrativa moderna en general.

No es de extrañar que aquellos años difíciles dejaran en Rodoreda una marca indeleble. Eso es lo que se desprende de algunas de las entrevistas que podéis encontrar en el volumen Mercè Rodoreda: entrevistes, editado en 2013 por la Fundació Mercè Rodoreda y el Institut d’Estudis Catalans.

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La obra recoge entrevistas realizadas a Rodoreda en diferentes años a partir de 1966 y hasta 1982, con algunas otras póstumas.

Montserrat Roig en la entrevista que hizo a Rodoreda en el año 1972 es especialmente incisiva sobre cómo la experiencia del exilio parecía haber cambiado a la escritora:

[…] su aspecto, en toda la hora que duró la conversación y que se reflejaba en su sonrisa, es terriblemente triste, alejado, como si escondiera nostalgias que no se pueden compartir. […] me da la sensación de haber cambiado. Como si los años de la guerra y las consecuencias inevitables del gran estrépito la hubieran transformado en otro ser. (p. 78)

[…] el seu posat, en tota l’hora de la conversa i reflectit en el seu somriure, és terriblement trist, allunyat, com si amagués al darrere nostàlgies que no es poden compartir. […] em fa tot l’efecte d’haver canviat. Com si els anys de la guerra i les conseqüències inevitables del gran terrabastall l’haguessin transformada en un altre ésser. (p. 78)

Rodoreda dice en esa misma entrevista:

Y es que la vida en principio es triste, no tiene ninguna finalidad. Y ni nosotros ni nadie podemos hacer nada. Si todos hemos de morir, ¿qué salida queda? Mientras, vamos viviendo. Y escribimos para animar la situación. Escribir es una huida, aquello tan vulgar que se conoce como evasión. Escribir me sirve de sedante y de excitante. Y de satisfacción, de angustia y de muchas cosas mezcladas. Me cansa mucho. Lo necesito, porque se tiene que hacer una cosa u otra, en la vida. Me gusta mirar las nubes. Me paso horas, mirándolas. O veo westerns, que son las películas que más me gustan. Cuando paso momentos difíciles, hago esto o bien leo una novela de fantasmas o policíaca. (p. 80)

I és que la vida en principi és trista, no treu cap a res. I ni nosaltres ni ningú no podem fer-hi res. Si tots ens hem de morir, quina sortida hi ha? Mentrestant, anem vivint. I ens posem a escriure per tal d’animar la situació. Escriure és una fugida, allò tan vulgar que se’n diu una evasió. Escriure em serveix de sedant i d’excitant. I de satisfacció, d’angoixa, de moltes coses barrejades. Em cansa molt. Ho necessito, perquè s’ha de fer una cosa o altra, a la vida. Ja m’agrada mirar els núvols. M’hi passo hores, mirant-los. O vaig a veure westerns, que són les pel·lícules que m’agraden més. Quan passo moments difícils, faig això o bé llegeixo una novel·la de fantasmes o policíaca. (p. 80)

Roig apunta en su escrito:

Quizá la huida, el exilio y un puñado de minúsculos fracasos ha depurado este pesimismo cósmico que exhala toda su obra posterior al año 1939 […] (p. 80)

Potser la fugida, l’exili i un estol de minúsculs fracassos han garbellat aquest pessimisme còsmic que traspua tota la seva obra posterior a l’any 1939 […] (p. 80)

Acuarela de Mercè Rodoreda, de la colección Familia Borràs-Gras
Acuarela de Mercè Rodoreda, de la colección Familia Borràs-Gras

Pero quizás es en la entrevista con Concha Albert del año 1982 donde Rodoreda expresa más vivamente la evasión que para ella suponía escribir. Con 74 años, la escritora recordaba sus comienzos en el mundo de la literatura:

A los veinte años yo no sabía nada de nada. Era un chica que había dejado de ir al colegio a los diez años – tuve que ocuparme de mi abuelo, que se había puesto enfermo. Necesitaba un escape, una salida después de ese largo encierro. A mí me habría gustado ir a la Universidad, estudiar con chicos, hacer amistades, aprender. Pero no tenía preparación. Entonces se produjo el hecho de la literatura como solución. […] (p. 233)

Rodoreda cree que la experiencia y el sufrimiento son fundamentales para llegar a ser una narradora:

[…] el novelista tiene que haber vivido mucho, necesita la experiencia de la vida, porque si no ha sufrido tendrá una impresión banal de la vida, en cambio, si ha pasado muchas dificultades y ha recibido muchas palizas, esa experiencia le dará un fondo de humanidad que le ayudará a saber explicar caracteres y contar lo que le pasa a la gente. Un novelista, para poder escribir una novela importante, tiene que tener de cuarenta a cincuenta años. (p. 233)

En la recta final de su vida, la escritora es feliz:

Yo soy una solitaria, me gusta estar sola, sentirme libre. Ahora estoy en una de las épocas más felices de mi vida: estoy con mis flores, escribiendo, sin pasiones ni problemas sentimentales. Esta libertad que tengo, ya ve, no me sirve para nada, pero es una libertad. (p.235)

A pesar de esa felicidad tardía, Rodoreda tenía claro el bálsamo que para ella suponía escribir:

Me siento triste cuando no puedo escribir. Esto me desespera, porque cuando no escribo pienso en cosas tristes. En cambio, si escribo me meto en un mundo, y aunque sea un mundo desesperado, no es mi mundo, ¿comprende?, y se convierte en una distracción, tanto como una película del Oeste. (p. 235)

 

Mercè Rodoreda. Entrevistes es una obra valiosa para entender a una de las escritoras fundamentales del siglo XX, casi un conjunto de pequeños retratos que nos muestran el carácter de Rodoreda, esquivo, tímido, y su necesidad siempre presente de escribir como medio de expresión, pero también como forma de ahuyentar los fantasmas de la existencia.

 

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