Emilio Lledó: Pasar las páginas de un libro es acariciar el tiempo

Son muchas las personas que no acaban de decidirse por la lectura en libro digital. Puede que por nostalgia o por resistencia a los cambios a los que nos induce la tecnología. Aunque nuestra manera de procesar la información también tiene algo que ver: parece que el libro en papel facilita la comprensión de lo leído gracias a su dimensión física. Tal y como si necesitáramos sentir las páginas, poder pasarlas con nuestros dedos, para poder recordar mejor lo leído.

Esos dos ejes, la memoria y la dimensión física del libro, están bien presentes en algunos pasajes del libro de ensayos de Emilio Lledó Los libros y la libertad. Lledó es filósofo y filólogo, con una más que amplia carrera como docente e investigador, y es miembro de la Real Academia Española, por lo que sus reflexiones adquieren formas muy líricas.

emili lledo

Ya en el prólogo Lledó nos introduce a la honda relación entre el libro y la memoria. Para Lledó, la aparición de la escritura fue una manera fundamental de escapar a lo transitorio de la vida humana, siempre marcada por el transcurrir del tiempo:

[…] la cultura fue estableciendo, pausadamente, un vínculo para que el transcurrir del tiempo no acabase, como era su destino, en el olvido. Y fue la escritura el primer artificio para sujetar ese río del tiempo donde el esperar humanizaba la vida, permitiendo que el “después” no se disolviera para siempre. (p. 10)

La escritura acabó siendo plasmada en el libro, por lo que éste recibió el tiempo, los instantes que el ser humano era capaz de capturar para arrebatarlos del olvido que conlleva la comunicación oral:

Los cauces de la escritura acabaron, al fin, en el mar de los libros; en ese inmenso espacio que albergaba y recreaba los múltiples territorios de la cultura. (p. 10)

Por ello…

El libro es, sobre todo, un recipiente donde reposa el tiempo. Una prodigiosa trampa con la que la inteligencia y la sensibilidad humana vencieron a esa condición efímera, fluyente, que llevaba la experiencia del vivir hacia la nada del olvido. (p. 10)

El libro como soporte de la escritura, que a su vez es una manera de capturar el tiempo, el pasado, que gracias al libro puede proyectarse al futuro y permite que podamos dialogar, desde el presente, con los tiempos ya idos. Para Lledó, esa capacidad de la escritura de atrapar el tiempo otorga al libro su carácter de objeto del mundo real, aunque sea una realidad de tipo peculiar:

Al agotarse en la oralidad, en las palabras pronunciadas, la presencia de lo que se decía, solo los surcos sembrados de la escritura, pudieron alargar la vida de la memoria. La escritura fue, así, la consolidación de buena parte de aquello que los seres que hablaban anhelaron, soñaron, desearon. Esa consolidación otorga a los libros un carácter real. Son objetos manejables, presencias que, paradójicamente, están cargadas de ausencias, porque aquellas fracciones de tiempo en los que fueron componiéndose, han desaparecido. Pero su masiva, amistosa, compañía nos deja percibir la realidad de una historia en la que las manos hacen pasar, pausadamente, el palpitar del tiempo hecho aire escrito. (p. 11)

Esa realidad del libro como objeto, derivada del tiempo consolidado por la escritura, es lo que para Lledó falta en las nuevas tecnologías de lectura. Y la realidad perdida del libro también nos priva de las formas de relación que entablamos con él:

Leer no es lo mismo desde la iluminación imprescindible que llega del propio aparato electrónico, que la otra luz de la página que acariciamos al pasarla, incluso en la oscuridad, y que se ilumina de otra luz, de otro sol. Sabemos que el libro que tocamos está todo ante nosotros. […] Sabemos, también, que los libros envejecen a nuestro lado, amarillean con el tiempo, como decía el poeta, y llevan, muchos de ellos, las marcas de nuestras lecturas, las notas de las reflexiones que despertaron, las pruebas de nuestro amor. (p. 13)

La dimensión física del libro hecha obra de arte. Por Lee Milby http://www.leemilby.com/books-painting-lee-milby/
La dimensión física del libro hecha obra de arte. Por Lee Milby http://www.leemilby.com/books-painting-lee-milby/

Los libros que poseemos y que forman nuestras bibliotecas personales, gracias a su presencia física, no sólo nos permiten entablar contacto físico con el tiempo que representa la escritura. Además juegan un papel muy importante a la hora de establecer nuestro lugar en el mundo, y de forjar nuestro ser:

[…] la casa que habitamos tiene siempre objetos, retratos, que avivan nuestros recuerdos y que nos enhebran en el pasado. Entre esos objetos, esas realidades que conforman nuestra vida, los libros tienen un lugar preeminente: el lugar sonoro de un inacabado diálogo que va forjando nuestra personal humanización. […] Quienes hemos tenido que hacer, por razones profesionales, nuestra vida en compañía de los libros acabamos percibiendo el cálido cobijo que nos ofrecen desde la silenciosas estanterías en que los ordenamos. Muchas veces, recorriendo con la mirada esas paredes de mi biblioteca, pienso que podría reconstruir la pequeña historia de mi vida, deslizándome por los recuerdos que esos libros me despiertan. (p. 15 – 16)

En la obra de Lledó también hay espacio para otro tipo de bibliotecas, las bibliotecas públicas, gracias a una bella reflexión sobre los fondos bibliotecarios:

Fondo quiere decir, según una de sus acepciones en el DRAE, “superficie sólida sobre la cual está el agua”. No solo, pues, conjunto de bienes, o de libros, sino ese fundamento sobre el que se alza la memoria. Un fondo sólido donde se mueve el agua de la vida, la luz de los ojos, y que, en el cambio de las generaciones, va dando suelo al tiempo y surcos a la historia. El fondo y el agua son los elementos que, en esta metáfora, constituyen la mayor riqueza de los seres humanos. Porque ese fondo inmóvil de los libros, en el continuo movimiento del mar de la existencia, necesita la luz que ejemplifica la claridad líquida de los miles de ojos que pueden atravesar el oleaje del vivir, y encontrar fundamento, encontrar fondo. (p. 87)

La escritura posee la capacidad de capturar la voz de tiempos pasados, pero inevitablemente siempre hay voces que se pierden. Y para Lledó esa es la fuente de un peculiar placer que nos proporcionan las bibliotecas:

Los miles de años en que los seres humanos hablaron sin que, todavía, las letras fijasen en el pergamino, en el papiro o en el papel el soplo semántico de la vida quedaron, de alguna manera, perdidos para la experiencia de aquellos que no hubiesen compartido el inmediato y siempre efímero latido de las palabras pronunciadas. Por eso no podemos evitar la emoción que nos producen esos objetos pacientes, instalados en los estantes de todas las bibliotecas del mundo, que mantienen vivas las palabras reposadas allí, a la espera de los ojos del lector que lleva a ellas, en los sucesivos momentos en los que discurre la lectura, su propio tiempo, el único tiempo realmente posible que las despierta. (p. 118 – 119)

Para Lledó, la falta de dimensión física del libro electrónico, y el goce que obtenemos de nuestra relación con ella, es el motivo por el cual el libro físico jamás podrá ser sustituido:

Al pasar las páginas con nuestros dedos descubríamos una misteriosa posibilidad de acariciar el tiempo, de sentirnos identificados con aquella silenciosa voz que la vida ideal y real de nuestros ojos hacía, instante a instante, latido a latido, renacer. Por eso los medios tecnológicos, las nuevas formas de presentar la escritura, jamás podrán suplantar esos objetos vivos, reales, que empiezan a llenar el espacio de nuestras casas y a los que acudimos en esos momentos en que necesitamos escuchar, sentir, el tiempo pasado y las voces que nos lo hablan. (p. 138)

Los libros y la libertad es una obra llena de bellos paisajes que nos hablan de la personal visión que Emilio Lledó tiene de los libros, y que quizá conecta con la tuya propia. Una visión en la que los libros no son mero instrumento o soporte, sino un objeto fundamental en nuestras vidas y para nuestra cultura, con el que podemos llegar a mantener un vínculo…

[…] de amistad inalterable, esa amistad y amor que, con el lenguaje, es una de las pocas cosas por las que merece la pena vivir […] (p. 139)

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