Las dos caras de la soledad

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La soledad es uno de los estados que las personas tememos de manera más visceral. Puede que la mayoría de nosotros hayamos pasado por momentos en nuestra vida en la que hemos experimentado la cara menos amable de la soledad: el sentimiento de aislamiento, de estar en el borde del mundo y a riesgo de no regresar.

Pero quizá no todo sea negativo en la experiencia de la soledad. Eso es lo que argumenta Cody Delistraty en un bello ensayo para la plataforma Aeon.

Escribe Delistraty que, sin duda, la soledad tiene efectos negativos en nosotros, siendo los animales sociales que somos y a pesar de que no todo el mundo experimenta la soledad de la misma forma. Así, existen estudios que han relacionado la soledad a largo plazo con la depresión severa, con daños cognitivos irreparables e incluso con una mayor probabilidad de muerte.

Aun así, Delistraty mantiene se da una paradoja en torno a la soledad:

Mientras que [la soledad] puede llevarnos a lugares muy indeseables (aislamiento, depresión, suicidio), también puede hacernos mejores observadores del mundo social. Podemos hacernos más perspicaces, más a cargo de nuestra propia realidad, en tanto que la soledad hace la vida más cautivadora. La soledad garantiza que nuestra vida nos pertenece. A lo largo de la historia – y en los mitos – la soledad ha sido el camino hacia la virtud, la moralidad y el autoconocimiento.

While it can lead towards very undesirable places (isolation, depression, suicide), it can also make us better observers of the social world. We can become more perceptive, more in charge of our own reality, as loneliness makes life compelling. Vitally, loneliness assures us that our life is our own. Historically – and mythically – it has been the singular and narrow path towards virtue, morality and self-understanding.

Como no todo el mundo experimenta la soledad de la misma manera, no hay garantía de que la soledad nos permita recoger ningún fruto. Pero de la misma manera que existen estudios que muestran el lado negativo de la soledad, también los hay que muestran sus beneficios, por ejemplo: una mayor atención al mundo social, una habilidad más aguda para la observación de las emociones (lo que se relaciona con una mayor capacidad para la empatía), e incluso una mayor creatividad.

En último término, escribe Delistraty, parece haber un punto o término medio en el que la soledad no nos daña con sus efectos negativos mientras que al mismo tiempo podemos beneficiarnos de sus efectos positivos. Un término medio que quizás esté relacionado con nuestra historia evolutiva: hay evidencia de que tras un periodo de solitud las personas buscamos la compañía de los otros con más ahínco.

Consulta el artículo original de Delistraty (en inglés) en Aeon para saber más detalles sobre los estudios que se han llevado a cabo en torno a la soledad, y para disfrutar del bello tono del escrito.

 

Da que pensar: Una de las reflexiones más interesantes del artículo de Delistraty tiene que ver con la ocasión en la que se suele buscar con más ahínco la soledad: la necesidad de reconectar con uno mismo. Ante el peligro de que nuestra individualidad quede disuelta en el maremoto de obligaciones, compromisos laborales y personales varios, buscar la soledad puede ser una buena manera de recomponernos, de “volver a conectar con nosotros mismos”, como se suele decir. De esa manera, parece valer la pena enfrentarse al aparente peligro de la cara oscura de la soledad.

No obstante, la idea de alejarse de las exigencias del mundo para conectar de nuevo con lo esencial es usada como reclamo para las más variadas actividades de ocio, en especial para las “escapadas” que nos ofrecen las agencias de viaje. La paradoja es que la demanda de soledad y recogimiento hace que los lugares objetivo de las escapadas se hiperpueblen de turistas y visitantes ansiosos de soledad.

La soledad como medio para el recogimiento y para reencontrarse con uno mismo no es una invención moderna. En la frontera en que la reflexión intelectual conecta con la mística, e incluso con la religión, existe una más que destaca tradición de defensa de la soledad y de su corolario, el silencio. En el ámbito español parte de esa tradición fue documentada por Ramón Andrés en su obra No sufrir compañía.

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Andrés recopiló textos de 20 místicos españoles sobre el silencio. En una entrevista para el diario El País, Andrés defendía la actualidad de las ideas de los autores recopilados:

Vivimos en un mundo de progreso que solo mira al futuro, que no deja espacio al ser humano. La gente vive angustiada, cada vez se consumen más antidepresivos, se buscan vías para escapar de la presión, de la responsabilidad, de la ansiedad que embarga a la sociedad occidental. La gente se aferra a creencias orientales como el budismo o la filosofía zen, aunque desconocen realmente lo que son. Pero nosotros tenemos una tradición propia, la de los místicos españoles, cuya concepción del silencio está muy próxima a la del pensamiento oriental.

Andrés abre su libro con un pequeño estudio introductorio escrito por él mismo en torno a la cuestión del silencio. Es interesante recoger algunos fragmentos, porque muestra la visión que desde la mística se obtiene de la soledad como medio de autodescubrimiento, hasta cierto punto diferente del retrato que nos ofrece Delistraty, y la inconsistencia de la idea de la “escapada” que mencionaba más arriba. Respecto a esto último, escribe Andrés:

Pero la huida de lo que resulta tumultuoso, de lo que aturde, la a veces exasperada evasión hacia un silencio que permita recomponernos, creer, sin más, que es posible alcanzar un beatífico e inocente paisaje en el que permanecer y no ser juzgados, en el que no sea necesario dar cuenta de nada ni a nadie, puede conducir a tierras inhóspitas, engañosamente tranquilas: esta clase de éxodos explican con frecuencia la proyección de un oscuro sentido de la individualidad, una individualidad que ya no quiere – ni puede – oír todo aquello que no procede del exterior. Perpetrar la fuga, dejar atrás la ciudad […] no asegura el acercamiento a esa naturaleza concebida como imagen de la sabiduría, orden natural y escena en la que mueren el tiempo y las pasiones, natura purificadora […] (p. 13)

Para Andrés no ha de buscarse el silencio en esa huida infructuosa, sino en un espacio mucho más sutil:

El verdadero silencio no está necesariamente en la lejanía ni en la neblina de una vaguada ni en una cámara anecoica, sino, con probabilidad, en la intuición de un más allá del lenguaje, en esa “zona zaguera de la inteligencia” de que habló Plotino […] y en los dominios donde el ego pierde su cimiento. Es entonces cuando el silencio detiene, ordena, crea y disuelve. (p. 13)

Es interesante la referencia a la pérdida de cimientos del ego. Y es que a pesar de que para la mayoría de nosotros la soledad y el silencio es un medio para volver a encontrarnos, desde el punto de vista de algunas tradiciones místicas lo que llamamos “Yo” es una ilusión, una imagen impuesta al mundo desde nuestra concepción dual de las cosas (Yo y lo otro). Así pues:

Estar solo, callado, favorece la pérdida de la dualidad, facilita caer en la cuenta de que uno es ante todo, y muy íntimamente, la relación con lo que ignora. Plotino refiere que si la Naturaleza, a la vez contemplación y objeto de contemplación, fuera preguntada por qué produce, respondería a su interlocutor: “ No debieras preguntar, sino comprender en silencio tú también, como yo guardo silencia y no acostumbro a hablar”. Ocurre de un modo similar en el Tao: “Hablar poco y seguir la Naturaleza”. Mirar, callar, contemplar el escenario donde fue retenida la palabra de los dioses, el paisaje en el que nada puede ser dicho porque, de resonar una voz, alejaría a la divinidad. (p. 18)

Y es la pérdida del sentido del Yo, de la dualidad, lo que nos permite acercarnos de nuevo a la vida:

Esta mirada desde el silencio puede convertirse en un modo efectivo de acercamiento a las cosas, al mismo tiempo que sirve para distanciarse de ellas y advertir que nada está necesariamente en lo que aparece como inmediato, y que el entendimiento procede, siguiendo a Plotino, de una contemplación que lo transforma todo en conocimiento. Con ello se hace posible reordenar la existencia, volver a vivir, sentir en la propia vida un exterior no ajeno. (pp. 18 -19)

Sin duda que la visión mística del silencio, de la dualidad y de la ficción del Yo no convence a todo el mundo. Pero es más que interesante ver cómo desde diferentes perspectivas puede contemplarse la soledad y el silencio no como el monstruo que solemos creer que es (aunque sus efectos negativos sean indudables), sino como la experiencia benéfica que podría ser. Unas perspectivas más que necesarias si tenemos en cuenta el ruido (analógico o digital) que nos bombardea constantemente en nuestras modernas sociedades. En este sentido, acabemos con otro de los fragmentos del estudio de Andrés:

Kierkegaard afirmaba que, de profesar la medicina, remediaría los males del mundo creando el silencio para el hombre. No es extraño que buscara un fármaco de esta índole, atenazado como estaba ante el umbral de un tiempo inigualado en la producción de ruido físico, pero también mental, un clamor al asalto de la apacibilidad acústica y del no anhelo. (p. 12)

Imagen via The Independent

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3 comentarios en “Las dos caras de la soledad

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