40 años de El gen egoísta, de Richard Dawkins

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Charles Darwin era un hombre prudente. Tanto, que desde que recopiló las primeras pruebas de su teoría de la evolución por selección natural hasta que publicó su obra El origen de las especies pasaron veinte años. Entre los factores que explican esta tardanza figura el miedo de Darwin a que su teoría, que era revolucionaria, fuese injustamente criticada por el establishment de la época. Este miedo quizá también explica que Darwin fuese muy claro en su libro sobre las virtudes y los puntos débiles de su teoría. Y uno de estos puntos débiles eran las abejas.

Para Darwin la reproducción era el mecanismo que empujaba la vida en todas sus formas. La reproducción permitía que se transmitieran de generación en generación características que en un momento dado eran útiles para la supervivencia. Con el tiempo y con el paso de las generaciones estas características heredadas podían acabar provocando la creación de especies diferentes. Y todo ello enmarcado en una “lucha por la supervivencia” constante en el medio natural.

Y eso hacía que las abejas fueran un misterio. Según unas frases que podemos leer en El origen de las especies:

Indudablemente podrían oponerse a la teoría de la selección natural muchos instintos de explicación dificilísima […] No entraré aquí en estos varios casos, y me limitaré a una dificultad especial, que al principio me pareció insuperable y realmente fatal para toda la teoría. Me refiero a las hembras neutras o estériles de las sociedades de los insectos, pues estas neutras, frecuentemente, difieren mucho en instintos y conformación, tanto de los machos como de las hembras fecundas, y, sin embargo, por ser estériles no pueden propagar su clase. (p. 224)

Si la finalidad de la vida es reproducirse, ¿cómo es que hay organismos como las abejas que no se reproducen? ¿Cómo se explica que estos organismos hayan renunciada a la reproducción para cuidar del panal?

No fue hasta el año 1964 cuando se propuso una teoría que explicara este misterio, de la mano del biólogo William D. Hamilton. Todos los organismos estamos emparentados, por descendencia y transmisión de ADN, con otros organismos. Este grado de parentesco dependerá del sistema de reproducción del organismo. Hamilton razonó que si la finalidad biológica de los seres vivos es transmitir a la descendencia los genes, una manera de cumplirla, aunque indirecta, es ayuda a nuestros parientes a sobrevivir, dado que compartimos con ellos genes en diferentes grados. La existencia de abejas estériles se explica porque se peculiar sistema de reproducción hace que las abejas estén más emparentadas con sus hermanas de lo que lo estarían con sus propias hijas. De esta manera, cuidar del panal es una manera indirecta de asegurar que sus genes perduran en el tiempo.

La teoría de Hamilton hoy día se considera una piedra fundamental del edificio teórico moderno de la evolución. Aquello que más sorprende de la idea es que parece que el individuo no sea tan importante: aquello realmente importante serían los genes, y los individuos sólo serían una especie de vehículos que servirían para la supervivencia de los genes.

Esta idea fue recogida, analizada y ampliada en un libro capital de la historia de la divulgación científica: El gen egoísta, de Richard Dawkins. El gen egoísta fue publicado por primera vez en el año 1976, por lo que este 2016 se celebran cuarenta años de su publicación.

UNITED KINGDOM - NOVEMBER 1976:  Scientist Dr. Richard Dawkins who is studying insect behavior by noting the reactions of crickets to recorded mating calls.  (Photo by Terry Smith/Time & Life Pictures/Getty Images)
UNITED KINGDOM – NOVEMBER 1976: Scientist Dr. Richard Dawkins who is studying insect behavior by noting the reactions of crickets to recorded mating calls. (Photo by Terry Smith/Time & Life Pictures/Getty Images)

La metáfora de los genes como entidades egoístas ha dado mucho de qué hablar, y con el paso del tiempo ha llegado a ser una de las principales fuentes de crítica de la obra. Aun así, la metáfora tiene su función siempre que se entienda de la manera correcta. El supuesto “egoísmo” de los genes no implica que los genes de por sí tengan motivos o voluntad. Como hemos visto en el caso de las abejas, este egoísmo implica más bien que el centro de la actividad del mundo natural son los genes, el material genético que se transmite de generación en generación, y no el organismo como entidad individual.

Fue este punto de vista lo que permitió a biólogos como Hamilton explicar comportamientos que desde el punto de vista del individuo, considerando el mecanismo de la selección natural, parecían paradójicos, como la cooperación (tal y como hemos visto en el caso de las abejas). Otras figuras centrales de la biología evolutiva, como Robert Trivers, también hicieron aportaciones muy importantes para explicar otras formas de altruismo como el altruismo recíproco (“yo te rasco la espalda si tú me rascas la mía”). Dawkins recogió todas estas ideas y creó un todo coherente que permitía explicar la complejidad de la vida a partir del gen. Y lo hizo con un estilo atractivo, seductor y comprensible, siendo la primera obra que acercó las complejidades modernas del proceso de la evolución al público general.

Aunque los conceptos de egoísmo y de lucha por la existencia tienen un fuerte peso en el libro, Dawkins dejó claro ya desde el primer capítulo de su libro que no estaba defendiendo una moral basada en la naturaleza:

No estoy defendiendo una moralidad basada en la evolución. Estoy diciendo cómo han evolucionado las cosas. No estoy planteando cómo nosotros, los seres humanos, debiéramos comportarnos. Subrayo este punto pues sé que estoy en peligro de ser mal interpretado por aquellas personas, demasiado numerosas, que no pueden distinguir una declaración que denote convencimiento de una defensa de lo que debería ser. Mi propia creencia es que una sociedad humana basada simplemente en la ley de los genes, de un egoísmo cruel universal, sería una sociedad muy desagradable en la cual vivir. Pero, desgraciadamente, no importa cuánto deploremos algo, no por ello deja de ser verdad. (p. 11- 12)

Otra cuestión que en el mismo capítulo Dawkins quiso aclarar: la polémica sobre si los genes determinan nuestro comportamiento:

[…] debemos decir que es una falacia —sea dicho de paso, muy común— el suponer que los rasgos genéticamente heredados son, por definición, fijos e inmodificables. Nuestros genes pueden ordenarnos ser egoístas, pero no estamos, necesariamente, obligados a obedecerlos durante toda nuestra vida. Sería más fácil aprender a ser altruistas si estuviésemos genéticamente programados para ello. (p. 13)

A pesar de las cautelas, no son pocos los críticos que han acusado a Dawkins de determinista genético, o de defender una especie de darwinismo social. Como vemos, nada más lejos de las intenciones del autor.

Otra de las ideas de El gen egoísta ha pasado a formar parte del imaginario popular, especialmente en estos tiempos de Internet y de redes sociales: el meme. El término meme es un neologismo, abreviatura de la palabra griega mimeme, “imitación”. Dawkins introdujo la idea de los memes por analogía al funcionamiento de los genes: igual que éstos, las ideas tienen la capacidad de copiarse a sí mismas. Cualquier elemento de la cultura puede ser un meme, que se reproduce y se transmite de cerebro a cerebro, de persona a persona: una técnica, un eslogan, una canción,… La idea de Dawkins fue bienvenida por una parte de la comunidad de biólogos evolutivos y de filósofos, tanto que se ha llegado a desarrollar un campo de estudio en torno al concepto de meme: la memética.

 

Desde que Richard Dawkins publicó su obra se ha avanzado mucho en la comprensión del genoma humano. Hoy día sabemos, por ejemplo, que entre los genes se establecen complejas interacciones; o que hay una gran cantidad de material genético del que no se conoce su función; o que los mismos genes no son unidades estáticas, sino que los hay que pueden “saltar” para recolocarse en otros lugares del genoma. Pero ninguno de estos nuevos conocimientos parece contradecir las tesis de El gen egoísta y aquellas en las que Dawkins se inspiró para crear su obra.

Ya sea para disfrutar de sus argumentos o para criticarlos, El gen egoísta es una obra que hay que conocer. Y es que, como dice Adam Rutherford en The Guardian:

[…] El gen egoísta ha conseguido su propia inmortalidad literaria y científica: en tanto que la vida sea estudiada, El gen egoísta será leído.

[…] The Selfish Gene has attained its own literary and scientific immortality: as long as we study life, it will be read.

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