Los “amigos”: el nuevo motor de la desigualdad

En julio de 2016  la Fundació Jaume Bofill publicaba un estudio llamado Crisi, descens social i xarxes de confiança (2008-2012) (Crisis, descenso social y redes de confianza, 2008 – 2012). El informe fue llevado a cabo por los sociólogos Xavier Martínez-Celorrio y Antoni Marín Saldo. Las principales conclusiones fueron reseñadas en El Periódico de Catalunya, y el estudio es accesible en la página web de la Fundació (en catalán).

El trabajo de la Fundació da una muestra de cómo la crisis económica ha afectado de manera diferente a los distintos estratos sociales, y arroja datos que hacen reflexionar sobre la capacidad de resistencia de esos estratos ante las adversidades.

Martínez-Celorrio y Marín Saldo analiza las trayectorias de clase, renta y estatus a partir de una muestra longitudinal de 1.530 encuestados entre los años 2008 y 2012, con especial atención a Cataluña. Según los datos, el 40% de la muestra pertenece a una clase social inferior a la de sus padres: es el llamado “descensor social intergeneracional”, que afecta a un 51% de los adultos de 50 a 64 años. Las mujeres son las más afectadas por este descensor social.

Pero no a todo el mundo le ha ido mal durante la crisis. Un 12% de catalanes que ha ascendido de clase social, la mayoría hijos de familias acomodadas y menores de 44 años. Dice la reseña de El Periódico:

El ascenso social ha beneficiado claramente a personas que ya pertenecían a las clases más acomodadas. En este colectivo la tasa de prosperidad del bienestar alcanza el 37%. Los autores del estudio afirman que “se ha acentuado un patrón de reproducción clasista agravado porque los lugares de ascenso creados en medio de la crisis han estado muy jerarquizados por el nivel de cualificación”. Solamente el 17% de los hijos de familias pertenecientes a la clase obrera han mejorado su bienestar.

Aunque el descenso social había golpeado a todas las clases de la muestra, la clase obrera resultó ser la más castigada que la media. Además, los hogares más afectados fueron los de bajo nivel de estudios (41%), los de mayores de 55 años (37%) y los formados por inmigrantes (47%). El nivel educativo también parece un factor clave en el descenso social, puesto que ha afectado sobre todo a las familias con estudios básicos (55%), por contra del 25% de hogares donde se han cursado estudios universitarios.

Pero uno de los datos que me han resultado más llamativos es el que concierne a las redes de amistades de los encuestados. Refleja la reseña de El Periódico:

El trabajo pone de manifiesto que el 31% de los catalanes declaran que no tienen ningún amigo de confianza. La intensidad de los lazos de amistades depende “de la condición socio-económica”. El 63% de los hogares más ricos declaran que tienen hasta tres amigos principales, mientras que esta afirmación tan solo la comparten el 34% de las familias más desfavorecidas. Según el informe de la Fundació Jaume Bofill “no se cumple el tópico de que las clases bajas tienen una densa red de amistades de confianza”.

En el informe de la Fundació se puede profundizar en estos indicadores. Así, dicen los investigadores:

Una cosa es la confianza íntima en los amigos y otra, el sentimiento de reciprocidad: hasta un 52% del quintil más pobre de Cataluña ha prestado o recibido ayuda mutua, compensando una menor ayuda de las entidades públicas y privadas en relación a España.

Una cosa és la confiança íntima en amics i una altre, el sentiment de reciprocitat: fins un 52% del quintil més pobre de Catalunya ha prestat o rebut ajuda mútua, compensant un menor ajut d’entitats públiques i privades en relació a Espanya.

A pesar de esa diferencia de matiz entre amistades íntimas y reciprocidad, los hogares más pobres vuelven a salir perdiendo en la comparativa si se tiene en cuenta la participación en la vida asociativa de sus barrios, con los efectos que eso comporta:

Tan sólo un 22% de los hogares más pobres catalanes forman parte de la vida asociativa por un 39% de los hogares no pobres y bien integrados. Vivir en exclusión y pobreza comporta un mayor encapsulamiento o bonding, reproduciendo así el círculo de la desigualdad.

Tan sols un 22% de les llars més pobres catalanes forma part de la vida associativa per un 39% de les llars no pobres i ben integrades. Viure en exclusió i pobresa comporta major encapsulament o bonding, reproduint així el cercle de la desigualtat.

Otra de las cuestiones interesantes relacionadas con las redes de amistad es el tipo de personas que conforman esas redes: ¿están formadas por personas semejantes a los encuestados (homofilia) o por personas de diferentes clases sociales?:

Parados, inmigrantes y familias pobres son los más proclives a tener amigos principales de otra condición social. Muestran más transversalidad o bridging que los hogares más acomodados (con un 66% de homofilia o equivalencia social del amigo principal).

Aturats, immigrants i famílies pobres són els més proclius a tenir amics principals d’un altre condició social. Mostren més transversalitat o bridging que les llars més acomodades (amb un 66% d’homofília o equivalència social de l’amic principal).

En resumen: las clases altas con mejor formación, y con redes de contactos formados por sus iguales, han tenido la oportunidad de ascender socialmente, mientras que la mayoría de personas de la muestra ha pasado a vivir peor que sus padres.

El estudio de la Fundació es, como todos los estudios de su tenor, limitado en cuanto a la muestra, por lo que generalizar a partir de unos datos concretos siempre es arriesgado. No obstante, parece claro que las clases altas de la sociedad se benefician de una posición ventajosa de partida y, aunque el estudio no profundiza en este aspecto, seguramente también aprovechan la información que fluye a través de sus redes de contactos, individuos iguales a ellos y con las mismas posiciones de privilegio.

En el año 2010 se publicó en España un libro que dio mucho de qué hablar: Conectados: el sorprendente poder de las redes sociales, de Nicholas A. Christakis y James H. Fowler.En plena ebullición de las redes sociales de Internet, el libro recibió  todo tipo de atenciones por los análisis más bien optimistas que Christakis y Fowler llevaban a cabo de los beneficios de su uso para las sociedades.

conectados

Pero en Conectados también había espacio para una reflexión más bien sombría:

[…] en un mundo cada vez más interconectado, la gente con muchos vínculos se conecta aún más, dejando cada vez más atrás a aquellos que tienen pocas conexiones. Como resultado, las recompensas se concentrarán aún más en aquellos que ocupen determinados lugares en la red. Ésta es la auténtica brecha digital. La desigualdad en las redes crea y refuerza la desigualdad de oportunidades. (p. 308)

Notable es la última frase de estas líneas: la desigualdad en las redes crea y refuerza la desigualdad de oportunidades. Es una reformulación del conocido como efecto Mateo por el cual, como se dice en la Biblia, al que tiene se le dará y al que no tenga hasta eso le será arrebatado.

Parece algo de sentido común. Por desgracia, socialmente estamos acostumbrados la figura del “padrino”, aquella persona que nos echa una mano en el momento justo para abrirnos la puerta que, por nuestros medios, no hubiéramos podido abrir. Aun así, en esta era de redes, de interconexiones, los gurús de Internet y del solucionismo tecnológico mantienen un discurso constante: que las redes nos proporcionan un mundo de posibilidades inimaginables, y que los individuos pueden explotarlas accediendo a las redes y trabajando duro su posicionamiento y su marca personal.

Siempre habrá casos de éxito que vengan a confirmar dicho discurso, pero parece que sus promesas están lejos de cumplirse para la inmensa mayoría de la población. No es sólo que, como muestre el estudio de la Fundació Bofill, los poderosos tengan tendencia a relacionarse sólo con otros poderosos. Además, es que el acceso a la red puede ser democrático, pero su estructura intrínseca es jerárquica. Y parece que siempre seguirá siéndolo, puesto que por desgracia las jerarquías parecen ser algo connatural a nuestra especie.

Lo resume muy bien Esteban Hernández en su obra El fin de la clase media:

fin clase media

Cualquiera hace canciones, cualquiera tiene ideas, cualquiera puede montar un partido político. Lo difícil no es eso, sino conseguir que lo imaginado pueda encontrar todas sus posibilidades o, como dicen los inversores de capital riesgo, hacerlo escalable. Todo el mundo puede producir algo, pero casi nadie tiene en sus manos conseguir que lo producido alcance el mercado y el público al que potencialmente se dirige. El problema no es la ausencia de igualdad, sino su exceso, porque todos compiten por muy pocos espacios de visibilidad. En el neuvo mundo de las redes, los mediadores no sólo no desaparecen, sino que se convierten en mucho más relevantes. Analizar la situación desde la mera introducción en el mercado de ideas, creaciones y opiniones deja sin tocar la distribución de posiciones de la red, sus mecanismos de poder y sus formas de conducir y dirigir los flujos. La red es un campo de fuerzas en el que distintos agentes luchan por establecer posiciones de dominio y por crear cuellos de botella a través de los cuales imponer las normas al resto de la cadena, por lo que pretender alterar esa estructura con la mera introducción de nuevas propuestas y de nuevos jugadores puede conseguir que se emitan discursos diferentes, pero no provoca por sí mismo un cambio en el marco de distribución de poder. (p. 351 – 352)

Como para casi todo en la vida, para las desigualdades sociales y los favoritismos, para las oportunidades a las que sólo da acceso el dinero, tampoco hay una solución milagrosa, sea política o tecnológica.

 

 

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