Sobre la paradoja de la crítica al “buen gusto”

alta cultura

¿Qué es eso que llamamos “tener buen gusto”? ¿Es una sensibilidad especial ante las manifestaciones culturales? ¿La capacidad de diferenciar las obras valiosas de las que no lo son? ¿La habilidad a la hora de juzgar los méritos de las nuevas manifestaciones culturales? Nada de eso, según la corriente de pensamiento impulsada por el sociólogo Pierre Bordieu, allá por la década de 1980. Según Bourdieu, eso que llamamos “buen gusto” no es más que la expresión de una dominación entre clases sociales.

Un resumen simple y directo de la postura de Bourdieu podemos encontrarlo en el artículo de la Wikipedia sobre el libro en el que el sociólogo desarrolla su postura, La Distinción:

Bourdieu propone que quienes cuentan con mayor capital cultural (activos sociales no económicos, como la educación y otros que permiten la movilidad social en términos más amplios que el mero ingreso) son quienes determinan lo que constituye el buen gusto en una sociedad. Los que tienen menos capital general aceptan este gusto y aceptan la diferencia entre alta y baja cultura (clásica y popular) como algo legítimo y natural, y en consecuencia aceptan también las restricciones a las equivalencias existentes entre tipos de capital (económico, social, cultural).

Que el “buen gusto”, bajo esta perspectiva, no sea más que el deseo chovinista de distinción de las clases dominantes tiene una jugosa implicación:

Aceptar estas características dominantes del gusto es, según Bourdieu, una forma de “violencia simbólica”. Es decir, el hecho de considerar como naturales estas distinciones entre gustos, y creer que éstas son algo necesario, niega a las clases dominadas la posibilidad de definir su propio mundo, lo cual pone en desventaja a aquéllos con menor capital general. Más aún, incluso cuando las clases sociales dominadas llegan a tener sus propias ideas sobre qué es “buen gusto” y qué no lo es, “la estética de la clase trabajadora es una estética dominada, a la que se obliga a definirse siempre en términos de la estética de la clase dominante”.

La teoría de Bourdieu ha dado un buen impulso a una variedad de manifestaciones culturales que han pasado de considerarse demasiado populares como para ser tenidas en cuenta a ser mainstream: el manga, la novela gráfica, la novela romántica o erótica,… son buenos ejemplos de tendencias que han encontrado un medio de legitimación gracias a las ideas de Bourdieu. Porque si el “buen gusto” es sólo un medio de dominación entre clases, una imposición, entonces cualquier manifestación cultural puede esquivar las críticas sobre su valía apelando a la arbitrariedad de la noción de “gusto”.

Gracias a ese quiebro todos nos beneficiamos de una mayor variedad en la oferta cultural. Pero puede que a un precio. Del gusto como imposición, como sostenía Bourdieu, hemos pasado a la liberación absoluta del gusto: cualquier crítica a un producto cultural puede zanjarse con la apelación al intento de dominar el gusto ajeno, de coartar la libertad de elección y de expresión. Y eso produce una paradoja comparable a la que el pensamiento postmoderno acabó produciendo con el conocimiento.

También por la década de 1980, desde el ámbito de los estudios culturales de izquierda, se popularizó el criticar a la ciencia y a sus pretensiones de verdad absoluta. Todo es cuestión de marcos desde los que se observan el mundo, de cosmovisiones, por lo que no hay una manera de determinar la verdad de los asuntos independiente de los intereses de los investigadores. Las motivaciones de los postmodernos en cierta manera pasaban por liberar a la clase trabajadora de lo que consideraban el yugo de la técnica y de la fría racionalidad científica. Pero con sus ataques puede que consiguieran más bien lo contrario. Lo resume a la perfección una cita de Noam Chomsky recogida en la obra de Alan Sokal Más allá de las imposturas intelectuales:

Los intelectuales de izquierda tomaban parte activa en la viva cultura de la clase obrera. Algunos trataban de compensar el carácter de clase de las instituciones culturales mediante programas de formación para obreros, o escribiendo libros de amplia difusión sobre matemáticas, ciencia y otros temas destinados al público en general. Llama la atención que sus homólogos de la izquierda actual traten con frecuencia de privar a los trabajadores de esas herramientas de emancipación, diciéndonos que el “proyecto de la Ilustración” está muerto, que debemos abandonar las “ilusiones” depositadas en la ciencia y la racionalidad: mensaje que alegrará los corazones de los poderosos, encantados de monopolizar esos instrumentos para su propio uso. (p. 21)

Sin el recurso a la verdad las clases obreras no se liberan, sino que pierdan la herramienta más poderosa para luchar contra la injusticia y la dominación. Sokal también expresa esta idea, pero de forma más directa:

Pruebe usted a negar que existen aserciones verdaderas no dependientes del contexto y verá cómo no se limita a tirar por la borda la mecánica cuántica y la biología molecular: arrojará también las cámaras de gas nazis, la esclavización de africanos en América y el hecho de que hoy esté lloviendo en Nueva York. […] los hechos cuentan, y algunos hechos […] cuentan muchísimo. (p. 134)

Algo parecido sucede con el gusto en nuestros tiempos. Como decía, hoy en día cualquier crítica a una expresión cultural, por fundamentada que esté, puede despreciarse apelando a la teoría de Bourdieu de que el gusto no es más que un intento de dominación. Por supuesto que el gusto puede jugar ese papel al poner distancia entre los grupos sociales, al identificarlos en tribus o clases. Pero al inmunizar a los gustos culturales frente a la crítica, el trabajo de Bourdieu no sólo no acaba con la dominación cultural, sino que tiende a perpetuarla: se priva a la gente de la oportunidad de poner en duda su propio gusto, de examinar la influencia que su consumo cultural puede tener sobre su visión del mundo, o de abrirse sin prejuicios de clase a otro tipo de productos culturales. Y, parafraseando a Chomsky, seguro que eso alegrará los corazones de los poderosos: sus formas de cultura quedan al amparo de las demás clases sociales, pero no porque hayan conseguido dominarlas, sino porque ahora se dominan a sí mismas.

Y no sólo les alegrará por eso. La cultura no es la solución milagrosa a los males de la humanidad, pero sí que tiene indudables virtudes: nos hace replantear nuestra comprensión de la realidad, de las situaciones particulares de grupos o personas particulares, nos ofrece otros prismas a través de los que observar el mundo. Todos tenemos nuestro gusto, sin duda, ya sea el producto de nuestra peculiar personalidad o la expresión de nuestra clase social, por lo que siempre tendremos reparos ante determinadas obras o entretenimientos. Pero los beneficios de la cultura sólo se producen a condición de que nos acerquemos a ella de la manera menos prejuiciada posible.

Reconocer que el gusto puede ser una expresión de la dominación social es un avance en la compresión de la cultura como fenómeno humano. Reconocer que en nuestro gusto provinciano no se acaba el mundo, y que más allá hay otras formas culturales que vale la pena apreciar, también.

Imagen vía SDPnoticias 

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