Cuando la música es un arma

music is the weapon

Nuestra vida está repleta de música. En gran parte de nuestras actividades o de los lugares que frecuentamos, la música está presente: una cena con amigos, mientras hacemos deporte, en el hilo musical de las tiendas, cuando nos queremos evadir en un viaje en transporte público,…

No es extraño que la música suela tener un buen número de connotaciones positivas, y que se le asocien beneficios para nuestra salud. Pero la música tiene una vertiente más tétrica y peligrosa: la música también puede ser un arma, un instrumento de tortura.

Eso es lo que muestra Alex Ross en un artículo para The New Yorker. Ross, redactor para The New Yorker desde 1993, es un afamado crítico musical, que ha colaborado con algunas de las publicaciones más prestigiosas del mundo anglosajón. En español se han publicado dos obras de Ross: El ruido eterno y Escucha esto.

Escribe Ross que la música ha acompañado desde hace milenios a los actos de guerra, pero que es en las décadas recientes cuando se ha hecho un arma de  la música como nunca antes.

Ross realiza en su escrito un recorrido por algunos momentos de la historia reciente donde se muestra el uso de la música como un arma: los nazis, de los que Ross comenta que fueron pioneros en el sadismo musical; la Guerra Fría, en la que la música se utilizó como muestra de la “tortura sin marcas”; la guerra de Irak y las torturas en los campos de Abu Ghraib y Guantánamo, en los que a los prisioneros se les torturaba con música de artistas pop estimados en Occidente, como Cristina Aguilera o Eminem.

Pero no sólo en contextos bélicos se ha utilizado la música como un arma. Ross también menciona el uso de la música que los almacenes 7-Eleven hizo para ahuyentar a los jóvenes de sus aparcamientos; o los aparatos de radiofrecuencia que la policía de Nueva York usó durante protestas de Occupy Wall Street en 2011.

Según Ross nos cuesta aceptar que la música posea un lado oscuro. La visión noble de la música le debe mucho al Romanticismo, que elevó esta forma de arte por encima de muchas otras expresiones culturales. Pero hasta ese momento de la evolución cultural de Occidente, a la música se le reconocía un poder oscuro, una capacidad para alterar y dañar a las personas. Para Ross es una equivocación situar a la música y a la violencia en categorías separadas. No sólo escuchamos con los oídos, sino con todo el cuerpo, por lo que reaccionamos a los sonidos antes de que podamos entenderlos de manera racional. Y eso hace del sonido, de la música, un potente instrumento de violencia y de coerción:

Los tratados académicos sobre el lado oscuro de la música no venden tan bien como los libros de divulgación que promocionan la capacidad de la música para hacernos más listos, felices e incluso más productivos. Y a pesar de ello, aquéllas nos aproximan más a la verdadera función de la música en la evolución de la civilización humana.

Footnoted treatises on the dark side of music are unlikely to sell as well as the cheery pop-science books that tout music’s ability to make us smarter, happier, and more productive. Yet they probably bring us closer to the true function of music in the evolution of human civilization.

Aceptar esa cara oculta de la música puede ser positivo para nuestra comprensión del acto musical:

Admitir que la música puede ser un instrumento para el mal es tomarla en serio como forma de expresión humana.

To admit that music can become an instrument of evil is to take it seriously as a form of hu­man expression.

Un completo artículo sobre la faceta menos conocida de la música, que puedes consultar en su versión original (en inglés) en The New Yorker.

 

Da que pensar: Durante la guerra de Irak, la misma música que los soldados norteamericanos utilizaban para “motivarse” antes de entrar en combate era utilizada para torturar a los prisioneros iraquís. Y ese hecho es para Ross es una clara demostración de la no-universalidad de la música:

Los gustos personales afectan la manera en que procesamos la información musical. Un género       que enfurece a una persona puede tener un efecto placebo en otra.

[…] personal tastes affect our processing of musical information. A genre that enrages one person may have a placebo effect on another.

Aunque la diversidad de gustos musicales parezca una cuestión de sentido común, es chocante comprobar lo lejos que puede llegar esa divergencia y lo dañina que puede ser. El neurólogo y psicólogo Daniel J. Levitin, en su libro El cerebro y la música, escribía sobre cómo se produce la divergencia en gustos musicales, y lo relativamente temprano en la vida que parece tener lugar:

tu cerebro y la música

No parece haber un punto de ruptura a partir del cual no puedan adquirirse ya nuevos gustos en música, pero la mayoría de las personas tienen formados sus gustos entre los dieciocho y los veinte años. No está claro por qué sucede eso, pero varios estudios han descubierto que es así. Tal vez se deba en parte a que tendemos en general a abrirnos menos a nuevas experiencias al hacernos mayores. Durante los años de adolescencia empezamos a descubrir que existe un mundo de ideas diferentes, culturas diferentes, gentes diferentes. Experimentamos con la idea de que no tenemos que limitar el curso de nuestra vida, nuestra personalidad o nuestras decisiones a lo que nos enseñaron nuestros padres o a cómo se nos educó. (p. 246)

La manera en que nos decantamos por una música u otra puede tener mucho que ver con otro asunto relacionado con la cuestión de por qué determinada música puede torturar a algunas personas, y ser un placer para otras: la identificación grupal:

Escuchamos la música que escuchamos nuestros amigos. Cuando somos jóvenes sobre todo y andamos a la busca de nuestra identidad, creamos vínculos o grupos sociales con gente a la que queremos parecernos o con la que creemos tener algo en común. Como un modo de exteriorizar el vínculo, vestimos de manera parecida, compartimos actividades y escuchamos la misma música. Nuestro grupo escucha este tipo de música, esa otra gente escucha otro. Esto enlaza con la idea evolucionista de la música como un vehículo de vinculación y cohesión social. La música y las preferencias musicales se convierten en una señal de distinción y de identidad personal y de grupo. (p. 247)

Un ejemplo reciente de cómo la música puede utilizarse para atentar contra esa identidad grupal es el uso por parte del ejército del Reino Unido de música de Bollywood contra posiciones del Estado Islámico, puesto que es considerada por éste como no-islámica.

El uso de la música como arma para atentar contra la identidad individual o grupal alcanza cotas que pueden parecer cómicas, si no fuera por lo terrible de las circunstancias. Es el caso del uso de sintonías de Barrio Sésamo para torturar a presos de la prisión de Guantánamo. El caso dio para realizar un documental, Songs of War, que sigue los pasos del compositor Christopher Cerf, autor de las melodías de Barrio Sésamo que fueron utilizadas como arma de tortura, mientras trata de entender como la música puede tener ese poder. La página web de Aljazeera ofrece el documental en su integridad en su versión en inglés:

Imagen via Edit17

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