¿Por qué podemos llegar a odiar un “remake”?

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Una de las muchas estrategias en las que se basa Hollywood es la creación de remakes: nuevas versiones de películas consideradas como clásicas. En ocasiones, el remake puede conseguir buenas críticas (e incluso superar a la original), pero entre el público no acostumbra a ser el caso: los remakes suelen ser fuertemente criticados, e incluso odiados, independientemente de la calidad que tengan.

¿Por qué hay espectadores que sienten tanta manía y animadversión hacia los remakes? Un artículo de Dean Burnett en The Guardian conjuga diversos hallazgos de la psicología para proponernos una explicación.

Según Burnett, los factores por los que podemos llegar a odiar un remake son variados, pero están todos entrelazados. Destacaré algunos, y te invito a consultar el artículo original para conocerlos en su totalidad.

En primer lugar, los recuerdos que creamos en nuestra infancia son más vívidos y tienden a ser recuperados más fácilmente que otros. Es un efecto que tiene que ver con la novedad: en nuestra infancia todo lo que vivimos tiene el tinte de las primeras veces, del descubrimiento, por lo que es esperable que esas vivencias tengan un impacto duradero en nuestro recuerdo.

Ese fenómeno aumenta la tendencia a creer que las cosas en el presente son peor de lo que fueron en el pasado. Es tan frecuente este fenómeno que hasta tiene un nombre propio: “declinismo”. De manera similar a lo que ocurre con nuestras vivencias de la infancia, tendemos a recordar con más facilidad los eventos positivos que han tenido lugar en nuestras vidas que los negativos. A largo plazo, el efecto global puede ser la creencia de que el pasado fue un buen lugar donde vivir, aunque eso se corresponda bien poco con la realidad.

Para explicar el odio que mucha gente siente por los remakes de su infancia, Burnett alude a otros fenómenos adicionales. En primer lugar, las películas de nuestra infancia parecían universos cerrados: era posible saberlo todo de ellos, y tener la oportunidad de convertirnos en grandes coleccionistas de materiales relacionados con ellas. Cuando se crea una nueva versión perdemos esa sensación de control que nos da el saber que podemos controlar los fenómenos de nuestras vidas, porque se inicia de nuevo el universo de nuestra película favorita.

Por si fuera poco, las películas de nuestra infancia son una parte importante de nuestra identidad: rehacerlas es para muchas personas casi un ataque a lo que son, a su mismo yo. Y las personas solemos reaccionar muy mal a esos ataques.

 

Da que pensar: La tendencia a pensar que el pasado fue mejor parece muy presente en muchos de nosotros. Y no sólo en lo que tiene que ver con las películas, claro. También en lo que hace a las relaciones personales, a la política, a la moralidad… El declinismo parece así una fuente segura para la infelicidad, dado que por muy bien que estemos en el presente, siempre podemos pensar en un pasado mejor, aunque no se corresponda con la realidad de lo que vivimos.

Daniel Kahneman también trató la cuestión de la felicidad en su clásico Pensar rápido, pensar despacio. Algunos de los hallazgos que nos presentó muestran hasta qué punto la percepción de lo que hemos vivido puede afectar la percepción de cuán felices somos:

la valoración que hagamos de nuestra felicidad puede verse afectada por la confusión entre memoria y experiencia, de manera que incluso un vida larga llena de satisfacciones puede verse como poco deseable en función de unos pocos años finales menos agraciados; además, el efecto de sustitución puede hacer que valoremos nuestra vida y nuestro bienestar en función de unas pocas ideas que en el momento de valorar estén accesibles en nuestra memoria (ilusión de focalización), incluso aunque éstas sean irrelevantes para la valoración total; por último, podemos pensar que nuestra felicidad futura puede depender de unas circunstancias a las que damos un peso exagerado y poco justificado, llevándonos a realizar malas elecciones.

Como pasa en los demás casos examinados por Kahneman en su libro, los efectos de los sesgos son inquietantes dada su naturaleza inconsciente. Puede que tomar consciencia de los sesgos, como argumenta Kahneman, no nos libre de su presencia pero al menos nos proporcionará un lenguaje adecuado para poder examinar nuestra experiencia y comprenderla mejor.

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