Liv Arnesen sobre el machismo en los deportes extremos y cómo conseguir las propias metas

Es probable que a la mayoría de nosotros el nombre de Liv Arnesen no nos diga nada en especial. Pero Arnesen consiguió una hazaña más que remarcable: en 1994, Arnesen fue la primera mujer en llegar al Polo Sur, esquiando y sin ayuda. En el libro Las niñas buenas no van al Polo Sur Arnesen nos relata sus recuerdos de la expedición, así como las vivencias durante el proceso de preparación de la misma.

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Son precisamente esas vivencias durante la preparación las que ofrecen un testimonio ácido y sangrante de un fenómeno que Arnesen vivió en su momento: el machismo en los deportes de riesgo. Vale la pena que comentemos estos aspectos, porque las dificultades que Arnesen encontró cristalizaron en la visión de la deportista de cual es (para ella) la mejor manera de afrontar nuestros retos.

Arnesen nos explica que su familia la recuerda como una niña “tranquila, algo despistada, decidida y considerablemente terca” (p. 23), con una especial predilección por los juegos al aire libre:

 Mis juegos eran a menudo distintos de los que suelen practicar las niñas buenas (p.23)

Con esa filia hacia el deporte y la acción, Arnesen no tardó demasiado en aficionarse a la lectura de los relatos de los grandes exploradores polares del pasado. No obstante, Arnesen no se decidió a poner en marcha su primera gran aventura, la travesía de Groenlandia, cuando ya contaba con 39 años. La deportista recuerda que la travesía de Groenlandia en solitario hecha por Carl Emil Petersen, cuando éste tenía 58 años, fue un revulsivo para su vida: “tuve la sensación de ver la luz”, nos dice (p.28). Una emoción que en absoluto fue compartida por su pareja de entonces, un recuerdo que para Arnesen despierta una incómoda reflexión:

Me pasé los días siguientes obsesionada con Groenlandia. Cuanto más interés mostraba por el proyecto, tanto más silencioso estaba mi compañero. A medida que iban pasando las semanas, comprendió que mi sueño se haría realidad y al poco me había quedado sola… una vez más. (p.29)

Y continúa:

No era nada nuevo. En mis relaciones anteriores, mi afición por las actividades extremes al aire libre y mi búsqueda de una vida independiente siempre habían supuesto un problema. A menudo mis actividades acababan constituyendo un elemento de competencia en la relación. Se aceptaba y, en cierto modo, parecía completamente legítimo que mis hombres experimentaran coses emocionantes en su tiempo libre, pero cuando yo buscaba la misma emoción, lo veían como una competencia que disgustaba a la mayoría de ellos. Nunca pretendía arrebatarles las distancias ni las marcas, simplemente sentía que tenía el mismo derecho que ellos a intentarlo. Y el hecho de ser fuerte no era culpa mía. (p. 29)

Arnesen nos confiesa que intentó tener el tipo de vida que en muchas (demasiadas) ocasiones se espera de las mujeres: casarse, tener hijos, crear un hogar. Sintió cierta presión, tanto por parte de la familia como de los amigos, pero su realidad acabó imponiéndose:

Siempre me ha entrado pánico en cuanto los días empezaban a parecerse demasiado unos a otros. Cuando tengo que repetir las mismas coses una y otra vez tengo la sensación de entrar en un estado de “inercia” (p. 30)

Con frecuencia había un hombre en mi vida, pero en cuanto empezábamos a hablar de hijos y de matrimonio me entraba una sensación de claustrofobia que hacía que la relación se terminara. Me quedó claro que las relaciones de dependencia no eran lo mío. Todas esas bellas palabras sobre el “respeto al otro” y el “deseo de desarrollar la relación” funcionaban durante la primera fase, pero a menudo la vida cotidiana se convertía en otra cosa. (p. 30 -31)

Para Arnesen la situación de muchas mujeres de su país, Noruega, no dejaba de ser paradójica: aunque Noruega era un país pionero en la igualdad entre hombres y mujeres, se esperaba de las mujeres que continuaran asumiendo los roles del pasado. Quizá, reflexiona Arnesen, la actitud de las mujeres tenga algo que ver:

Quizá sea típico de nosotras las mujeres que esperamos una aceptación y respaldo total por parte de nuestro entorno cuando deseamos cumplir un sueño o realizarnos a nosotras mismas. Quizá seamos un poco cobardes y para llegar a la meta necesitemos los ánimos de quienes nos rodean. Los hombres son más autónomos en ese sentido. Cuando tienen un sueño y un plan, se mueven sin inhibiciones hacia la meta, con independencia del entorno. Sé, por ejemplo, que muchos hombres han llevado a cabo expediciones largas y extremes a pesar de que sus familias deseaban que pasaran las vacaciones de otra manera y abogaban por un modo muy distinto de disponer de los recursos comunes. (p. 31 – 32)

En esta línea de reflexión la deportista afirma que las mejores expediciones que pudo llevar a cabo coincidieron con periodos en que no tenía ninguna relación de pareja (hasta la del Polo Sur), por lo que se muestra convencida en un punto:

Afortunadamente llegué a entender que cuando la meta es lo bastante importante, la pérdida de un compañero no es lo peor que te puede pasar. (p. 32)

Arnesen pudo poner en marcha su expedición a Groenlandia, que resultó fallida en un primer intento. Arnesen y otras tres exploradoras tuvieron que abandonar la travesía debido a problemas con el clima y el equipo, prácticamente obligadas por las autoridades:

Por lo visto, un día que estaba bastante achispado, el comisario dijo en el bar que pensaba “sacar a esas mujerzuelas del glaciar”. No tenía ningún derecho a hacer lo que hizo. (p. 37)

La segunda expedición a Groenlandia, llevada a cabo por Arnesen y la exploradora Julie Maske, resultó un triunfo. Y sólo tres semanas después de volver a casa se produjo otra noticia que cambiaría la vida de Arnersen: Erling Kagge inició su travesía del Polor Sur, la que le convertiría en el primer hombre en conseguir esa hazaña en solitario. Arnesen no tardó en expresar su deseo de intentar esa nueva aventura y esta vez contaba con el apoyo sincero de Einar, su pareja:

Para mí, aquella era una actitud completamente nueva en un hombre y no se puede decir que debilitara mis sentimientos hacia él, todo lo contrario. Por primera vez estaba con alguien que no se metía conmigo por haber escogido una vida fuera de lo normal. (p. 48)

Tras una aventura en el Himalaya, Arnesen volvió a casa decidida a llevar a cabo su proyecto del Polo Sur. Pero, para conseguirlo, necesitaba patrocinadores. De nuevo, el proceso resultó ser más complicado de lo que lo habría sido ya de por sí:

No necesité atender demasiadas reuniones para sacar la impresión de que la mayoría consideraba que había algo muy artificial en el hecho de que una mujer quisiera someterse voluntariamente a cincuenta días de soledad en un páramo de hielo. Cuando entendían que iba a arrastrar un trineo de cien kilos, me estudiaban por encima del escritorio y llegaban a la conclusión de que era una sonadora poco realista. (p. 58)

También de nuevo para Arnesen la situación que estaba viviendo era paradójica, puesto que se suponía que Noruega era un país avanzado en este aspecto:

 […] pensaba que los empresarios actuales eran más tolerantes y abiertos. En Noruega hemos tenido una Presidente del Gobierno, hay muchas ministras y políticas, hay mujeres en el ejército y en casi todas las profesiones. El mundo de los negocios cree en las mujeres y apuesta por ellas, ¿no era así la cosa? (p. 59)

La (desagradable) sorpresa fue doble en el caso de las mujeres empresarias:

Conseguí acceder a algunos ejecutivos de alto nivel, pero también ellos me rechazaron sin contemplaciones. Incluso muchas de las ejecutivas usaron a sus secretarios y otros empleados como escudo de modo que me fue imposible acceder a ellas. Me di cuenta de que planeara un viaje al Polo Sur era meter los pies en el tiesto de los hombres. Las chicas no van al polo Sur y, desde luego, no van soles. (p. 59)

 

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Aun así, Arnesen no se dejó acobardar y con coraje, constancia y habilidad para vender su proyecto, la esquiadora consiguió emprender la aventura de su vida. Su éxito despierta otro de los momentos más destacables de la obra, cuando Arnesen dedica unas páginas a reflexionar sobre qué es aquello que nos empuja para conseguir nuestros sueños. Y la respuesta es compleja, como no podía ser de otra manera: desde factores genéticos hasta una red de apoyo, todo parece sumar:

En cada época, las persones han tenido maneras distintas de usar su creatividad y su energía. Los que no somos artistas, buscamos otros modos de hacer algo creativo en la vida. Qué hacemos y qué nos impulsa a ello, varía tanto como varían la persones.

El que finalmente consiguiera partir se debió a una combinación de mi educación, mis influencias, mis elecciones de modo de vida, mi red social de adulta y mi viejo sueño del polo Sur, con el hecho de que me gustaran los Viajes largos y la presión física y psíquica, y de que me encanta esquiar.

El deseo de ir al polo Sur no es un impulso que sientes de pronto. Se trata de un proceso, y es bien largo. […] Para que un viaje como este llegue a buen Puerto, tienes que tenerlo en mente y elaborarlo durante años. (p. 87)

Un mensaje éste, el del trabajo duro, que resulta muy conveniente en estos tiempos de inmediatez, en los que no faltan los mensajes que nos dicen que para conseguir aquello que queremos sólo hace falta desearlo. Arnesen expresa estas ideas de manera muy clara ya en el primer capítulo del libro:

El camino del sueño a la meta puede en principio parecer sencillo. La mayoría de las persones visualizan o sueñan despiertas en su vida cotidiana. […] Pero no basta con visualizar, para producir un verdadero cambio o llevar a cabo un plan especial se precisa algo más. Para alcanzar la meta, lo primero que necesitamos es un plan y además debemos ser conscientes de que siempre que apostamos por algo, tenemos que estar dispuestos a renunciar a alguna otra cosa. (p. 19)

Un camino del sueño a la meta que puede ser especialmente complicado para las mujeres:

 […] tenemos que asumir que no siempre podemos contentar a todo el mundo. Hacer algo hasta el final, a menudo implica dejar de hacer alguna otra cosa y puede que por el camino tengamos que traicionar algo o a alguien. Esto es un problema para muchas chicas. Sin embargo yo soy de la opinión de que la mayor traición es la que nos hacemos a nosotros mismos cuando ignoramos las capacidades y los talentos que tenemos. Es importante respetarse a sí mismo tanto como se respeta a los demás. SI vives con la sensación de estar continuamente haciendo concesiones, acaba resultándote difícil ser algo para los demás. (p. 19)

 

Las niñas buenas no van al Polo Sur es una lectura amena, ágil, el relato de una aventura que no fue trágica en absoluto gracias a la excelente preparación de Liv Arnesen, pero que seguro que te hará reflexionar sobre aspectos sociales incómodos… y, por qué no, te despertará las ganas de vivir una aventura (quizá no tan extrema) en la naturaleza.

Si te has quedado con ganas de saber más sobre lo que Liv Arnesen nos puede decir sobre hacer realidad nuestras metas, puedes ver esta charla que Arnesen ofreció en una de las famosas TED Talks.

Esta entrada apareció originalmente en Bibarnabloc, el blog de las Bibliotecas de Barcelona

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2 comentarios en “Liv Arnesen sobre el machismo en los deportes extremos y cómo conseguir las propias metas

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