El Romanticismo alemán: ¿una influencia para el nazismo?

“Hitler es una encarnación perversa del yo […] que se construye su mundo y rompe la resistencia del no yo.”

romanticismo_safranski

Hoy en día, el término “romanticismo” tiene más que ver con la pasión del amor que con otra cosa. Como prueba, pensemos en las novelas románticas, o en las comedias románticas del cine. Ni que decir tiene que no siempre ha sido así. El Romanticismo fue una corriente intelectual muy viva y poderosa en la Europa de finales del s. XVII y principios del XVIII. En algunos sentidos, su influencia continúa presente en nuestros días más allá de los tópicos. Pero, ¿qué es en realidad el Romanticismo? Para responder a esta pregunta, el filósofo y ensayista Rüdiger Safranski escribió la obra Romanticismo: una odisea del espíritu alemán.

Safranski dividió su obra en dos partes. En la primera, El Romanticismo, Safranski comenta cómo se fue fraguando el Romanticismo, de la mano de sus principales protagonistas. En la segunda, Lo Romántico, Safranski describe el espíritu del romanticismo, una actitud que como dice el autor no está confinada a ninguna época en concreto.

Para hablar de la obra, me gustaría comentar uno de los capítulos de la segunda parte. Una cuestión polémica, delicada por su contenido y por sus consecuencias históricas: ¿influyo el Romanticismo alemán al nazismo? Si fue así, ¿cómo? ¿Qué ideas del Romanticismo fueron utilizadas por los nazis? ¿Fueron distorsionadas esas ideas, o fueron utilizadas en su integridad?

La posible relación entre el Romanticismo alemán y el nazismo ha sido materia polémica al menos des de principios del siglo XX, cuando el nazismo comenzó a tomar impulso en Alemania. Quizá el principal eje en disputa de esta posible influencia es la polémica noción de la “comunidad del pueblo”, una idea surgida de la pluma de Johann Gottfried Herder.

Johann Gottfried Herder
Johann Gottfried Herder

Hay unanimidad al considerar al filósofo Johann Gottfried Herder como la principal influencia a la hora de contribuir a la aparición del Romanticismo alemán (capítulo 1). Herder tenia ideas bastante idiosincráticas sobre la marcha de la historia y sobre el papel del individuo en esa marcha. Y en cierta manera, estas ideas eran una reacción contra la fuerza de la Ilustración y sus ideales de la fuerza de la razón, así como el universalismo de la moral. Para Herder, el ser humano, el sujeto genérico de las reflexiones ilustradas, era una ficción: sólo existían seres humanos individuales, cada uno de los cuales especial en sí mismo y dotado de unas potencialidades aún por explotar.

Este personalismo radical (como lo llama Safranski) está matizado por el papel que Herder daba a las comunidades en el desarrollo de los individuos: para el filósofo, las comunidades tendrían que estar organizadas de forma que cualquiera pudiera desarrollar su ser:

En este desarrollo la comunidad es una unión para la ayuda recíproca. La unión de los individuos en la comunidad no da simplemente una suma, sino que, a través de la acción conjunta, forma en cada caso un espíritu especial, que brota de la unión y confiere a los individuos un clima espiritual de vida. (p. 27)

Ese clima espiritual es lo que Herder llama el espíritu de los pueblos. Para Herder, este espíritu se manifestaba en aspectos como las canciones populares y otros testimonios culturales. Safranski hace una matización importante a esta idea del espíritu del pueblo. Para Safranski, Herder “estaba lejos de practicar un patriotisme estrecho de miras” (p. 27). Al contrario: el filósofo quería contribuir a comprender mejor a otros pueblos y a sus tradiciones. Y como prueba, Safranski recoge un fragmento del propio Herder, del cual reproduzco unas línias:

[…] Sin duda la naturaleza ha dispuesto que un hombre, y también un linaje y un pueblo, aprenda de otro y junto con otro […] hasta que finalment todos hayan comprendido la difícil lección: no hay ningún pueblo que sea el pueblo escogido por Dios en exclusiva; todos han de buscar la verdad, el jardín de la major comunidad ha de ser cultivado por todos [..]. Ningún pueblo de Europa puede cerrarse frente a los otros y decir neciamente: en mí y sólo en mí mora toda la sabiduría. (p. 28)

Nada que ver este cosmopolitismo con la pretensión de superioridad nacional de la Alemania nazi. No sólo la concepción original de Herder del espíritu del pueblo no tiene nada que ver con la idea nazi de la superioridad alemana. Además, dentro del nazismo había disputa sobre cómo se tenía que entender el espíritu del pueblo.

Y es que Safranski nos explica que en los aparatos ideológicos del partido nazi se disputaba si el espíritu del pueblo debía entenderse en sentido “romántico” o en sentido “realista”. Mientras que los “románticos” defendían la noción lingüística del espíritu del pueblo, aquel que puede captarse en las manifestaciones de la cultura popular, los “realistas” se mostraban menos radicales: abogaban por fundamentar el espíritu del pueblo alemán en un sentido racial, biológico. Y, desafortunadamente, ya sabemos cuál de las dos facciones se impuso sobre la otra.

El nazismo también pervirtió otro aspecto central del Romanticismo alemán. Safranski nos dice que el infame Joseph Goebbels dio un giro pragmático al Romanticismo. Des del punto de vista de Goebbels, el Romanticismo requería de una actualización, que quedó representada con la denominación “Romanticismo de acero” que Goebbels utilizó en uno de sus discursos. Según Safranski:

La fórmula “Romanticismo de acero” expresa el rasgo fundamentalmente moderno del régimen nacionalsocialista. El régimen no añoraba los tiempos arcaicos; más bien, se proponía construir una sociedad altamente técnica, capaz de funcionar en el plano industrial, que construyera autopistas y estuviera preparada para la guerra. (p. 319)

Y continúa:

Los pragmáticos del poder querían ser modernos, técnicamente progresistas, ajenos a lo sentimental, objetivos, efectivos, no sonñadores, de mirada vuelta hacia atrás, no “idílicos” como el Romanticismo histórico. Por eso Goebbels empleó la expresión “Romanticismo de acero” […]; el nacionalsocialismo [va dir Goebbels] “ha sabido quitar a la técnica su rasgo desalmado y llenarla con el ritmo y el impulso cálido de nuestra época”. (p. 320)

Este movimiento constituía una apropiación igual de indebida que la del “espíritu del pueblo”: los románticos alemanes nunca vieron con buenos ojos la técnica, el progreso fundado en el orden y la razón (capítulo 10). Renegaron del pragmatismo utilitario de la burguesía, de la reglamentación, de la norma, del arte al servicio del pequeño entretenimiento. Este rechazo de la cotidianidad, de la tecnología, acerca a los románticos a un fenómeno propiamente moderno: la experiencia del sin-sentido de la vida. Y es que cada vez más debilitada la fe en Dios, en el misterio de la existencia que reclamaban los románticos, sólo queda observan (o eso creían) el lento paso del tiempo en una sucesión de días prácticamente idénticos. Esta experiencia del vacío convierte a los románticos, dice Safranski, en nuestros contemporáneos.

Se puede mencionar otro aspecto del Romanticismo apropiado y distorsionado por los nazis: la política romántica. Principalmente gracias al poeta Novalis, la concepción romántica de la política adquirió un cariz trascendente:

Se trata de la tesis en virtud de la cual la “evaporación” del sentido sagrado eleva en tal grado el egoísmo del hombre, que un Estado basado en tal egoísmo no podrá sostenerse a largo plazo, sino que degenerará en revoluciones permanentes, en ausencia de paz y en violencia. De donde se deduce que el Estado no puede estar anclado solamente en la tierra, sino que ha de estar enlazado también con el cielo. (p. 156)

Una concepción totalmente ajena a la corriente ilustrada imperante, ejemplificada en la filosofía de Kant:

La razón moral y el sistema racional, consistente en la república, la opinión pública y el comercio mundial, son para ellos solamente fuerzas mundanas, que necesitan por otra parte un apoyo religioso. […] Sólo ella [la Esglèsia catòlica universal] garantiza un orden interno y externo que sea digno del hombre. (p. 157)

Karl Friedrich Schinkel: Catedral gótica con palacio imperial (1811)
Karl Friedrich Schinkel: Catedral gótica con palacio imperial (1811)

Así pues, la apuesta de Novalis para la vida política de su tiempo, que llego a ser bastante influyente, era una especie de Imperio fundamentado en la fe católica. A pesar de su aspecto totalitario, Novalis creía que la religión jugaría el papel de reconciliar a los seres humanos: la preocupación de Novalis era de tipo humanístico, no política. Aun así, su idea sirvió una vez más a los intereses de los nazis:

¿No había soñado el Romanticismo con la defensa y el restablecimiento del Imperio cristiano de la nación alemana? […] Novalis quería el Imperio para restablecer la Europa cristiana. En cambio, el nacionalsocialismo utilizó el mito del Imperio como imagen directiva para un gran imperio “germánico”. El mito del Imperio, enramado por la mística de un “enlace entre Alemania y el cristianismo”, había de satisfacer necesidades espirituales. Este mito era vago y suficientemente prometedor para alimentar la fe en la recuperación de la grandeza alemana. Había estados y naciones, pero sólo un Imperio; aquél era el título de nobleza de los alemanes, por el momento humillados, pero que podían mirar a la grandeza futura. (p. 320)

Por tanto, ni el espíritu del pueblo, ni el pragmatismo ni la concepción de un Imperio romántico permiten vincular de manera directa al Romanticismo alemán con el nazismo. No obstante, para Safranski sí que hay un vínculo decisivo, un aspecto que fue cultivado activamente por los románticos y que fue fundamental para el desarrollo y el triunfo del nazismo: Safranski lo llama la extrañeza ante el mundo.

Para entender este fenómeno, hay que situar al Romanticismo en su contexto histórico. Alemania a finales del siglo XVIII, cuando se comenzó a forjar el Romanticismo, no era un país sino diversos estados autoritarios de tamaño pequeño o medio. La unificación de estos estados en un país sólo se consiguió en 1871, año en que Guillermo I fue proclamado emperador. Esta fragmentación impidió que hasta muy tarde en su historia en Alemania no se articulara una verdadera esfera política.

La auténtica esfera política quedó escasamente iluminada y daba poco estímulo a la vida espiritual. El desinterés podía crecer hasta el desprecio arrogante. Faltaba con ello una cultura política, tal como la ha producido Occidente, un humanismo político basado en el realismo, la prudencia práctica y la mundanidad. (p. 324)

Y con esta falta de vida política común, la religión ejerció un fuerte influjo en la vida cultural:

[…] esta extrañeza política frente al mundo iba unida a una especial “devoción mundana”. La religión desencantada en la Iglesia nacional del protestantismo liberó potenciales religiosos del ánimo y estímulos insatisfechos que desembocaron en el arte, la filosofia, la literatura y la música. La cultura recibió una carga religiosa, la educación se convirtió en un sustitutivo de la religión. (p. 324)

El influjo de la religión fomentó una tendencia a interpretar los sucesos mundanos a través de la lente de la trascendencia, tal como si la política hubiese de ir más allá de sí misma, ofreciendo conceptos y categorías definitivas alejadas del pragmatismo:

Los hombres se acercaban a lo político con medios inadecuados, bien existenciales, bien metafísicos y especulativos, en lugar de hacerlo con la razón pragmática. Por eso el temple político tuvo muchas veces un sonido tan falso. (p. 325)

Esta sospecha de falsedad contribuyó a preparar en gran medida el terreno para el ascenso de Hitler. La aniquilación de la democracia por parte del dictador fue experimentado con alivio, tal como la pérdida de una carga pesada. Vale la pena citar en extenso un fragmento del libro:

Era como si se hubiese disuelto un hechizo paralizante. Parecía anunciarse algo realmente nuevo: un gobierno del pueblo sin partidos y con un caudillo, del cual se esperaba que hiciera nuevamente de Alemania una nación unida en el interior y segura de sí misma hacia el exterior. Parecía cumplirse finalmente la añoranza de una política apolítica. La política había sido para la mayoría un asunto de altercados de partidos y de egoísmo. […] La política era considerada una traición a los valores de la verdadera vida: dicha familiar, espíritu, fidelidad, valor. […] El afecto antipolítico no quiere avenirse con el hecho de la pluralidad de los hombres, sino que busca el gran singular: el alemán, el pueblo, el trabajador, el espíritu.

Lo que había quedado de prudencia política perdió todo crédito de la noche a la mañana; y lo que ahora contaba era la emoción profunda. (p. 327)

Aquella extrañeza ante el mundo hizo una combinación fatal con otro rasgo fundamental del Romanticismo: la destrucción creativa de los valores establecidos. Safranski constata que fue el historiador de las ideas Isaiah Berlin quien captó a la perfección los efectos perversos que en Alemania tuvo esta combinación:

Isaiah Berlin ve estrechamente unida la extrañeza frente al mundo con el descuido y desprecio de la normalidad, es decir, de las reglas de la vida ordinaria, gracias a las cuales se hace posible una vida común. Esas reglas son la esencia de las relaciones políticas reguladas por la razón; en ellas se protege la dignidad y la libertad de los individuos; y no se pueden menospreciar en favor de una gran idea filosófica, y tampoco en favor de las obsesiones de un gran individuo creador, que en sus obras y sus demás acciones se siente más obligado al mundo de su propia expresión que a los puntos de vista sociales. (p. 328)

El subjetivismo romántico llevado hasta el extremo, hasta el punto de negar la objetividad:

Comoquiera que se defina esta objetividad, el Romanticismo es acusado de estrellarse contra ella de una forma subjetiva e irracionalista, y de que es propicio a una actitud del espíritu que procede según el lema de que si la realidad no corresponde a mis representaciones, tanto peor para la realidad. (p. 329)

Una especie de tormenta perfecta se desató sobre Alemania y por extensión sobre el mundo. Hitler encontró no sólo una situación social propicia, sino un terreno intelectual fértil, en buena parte gracias al trabajo de manipulación del aparato del partido nazi, por las tergiversaciones que comentió. Pero también en buena parte porque el Romanticismo había sentado unos precedentes muy peligrosos:

Hitler es una encarnación perversa del yo […] que se construye su mundo y rompe la resistencia del no yo. Hitler quería fundar un imperio mundial desde el Atlántico hasta los Urales, deportar pueblos enteros, liquidar la vida inferior, cultivar el pueblo ario hacia un nivel superior; y poco antes de su suicidio dijo que, por desgracia, el pueblo alemán demostró ser demasiado débil y, por tanto, no era necesario que sobreviviera. Tenía que morir con él. (p. 332)

Al final del camino aguaradba la realidad, una realidad formada por millones de muertos y un mundo en ruinas:

[…] el pueblo, que se dejó arrastrar a este frío delirio de la locura asesina, ¿no dio con ello la prueba más fuerte de su falta de sentido de la realidad? ¿No se mostró con esta circunstancia algo de esta unión entre extrañeza romántica frente al mundo y furor destructor del mundo? Habla a favor de ello el hecho de que muchos experimentaron el derrumbamiento del dominio nacionalsocialista como el despertar de un sopor, como el final de un espectro, con la sensación de haberse roto un hechizo. De la noche a la mañana parecía completamente irreal eso que había dominado hasta aquel momento; de la noche a la mañana, nadie quería reconocerse en lo que habían sido hasta hacía muy poco. (p. 332)

 

Romanticismo: una odisea del espíritu alemán es un libro que, con un estilo claro pero que no elude los argumentos densos, muestra a la perfección el alcance de las ideas románticas, así como el papel que los principales autores románticos (Herder, Schiller, Novalis, Schelling,…) tuvieron en la formación de esta corriente. Una corriente que forma parte de la vida intelectual de todos nosotros, como herederos que somos de las primeras sociedades europeas modernas.

Para saber más sobre el romaticismo, puedes ver el documental El Romanticismo: la creación de la libertad, que Televisión Española (TVE) emitió hace unos años.

 

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