Votar: ¿un asunto racional?

Person voting

Son miles las personas que sienten como una obligación el participar en las diversas elecciones de su país con su voto. Personas que creen de buena fe ser personas comprometidas con intentar solucionar los problemas de su localidad, con los reales o con los que están por venir. Quizá, entonces, podríamos preguntarnos si las personas votamos realmente de manera racional. La respuesta bien podría ser que no.

Una entrada en el blog de divulgación científica Tercera Cultura , se hace esta pregunta. Y para ello utiliza dos breves apuntes:

En primer lugar, la existencia de sesgos cognitivos, es decir, esos atajos mentales que utilizamos a la hora de pensar que pueden acabar llevándonos a conclusiones o decisiones erróneas desde un punto de vista racional. Haciéndose eco de un post en la revista Verne , Tercera Cultura menciona sesgos como el sesgo de confirmación o el efecto Halo. Algunos autores, como el economista Bryan Caplan añaden los suyos propios:

Los votantes yerran sistemáticamente, las brechas entre la opinión experta y popular son muy difíciles de salvar, y añade nuevo sesgos de su cosecha para poner en duda la racionalidad del proceso: sesgo “antimercado” (“la tendencia a subestimar los beneficios económios del proceso de mercado”), “antiextranjeros” (“la tendencia a subestimar la aportación de los extranjeros a la economía”), “sesgo de la producción de trabajo” (“Make-work bias”: “la tendencia a sobreestimar la conservación de los trabajos”), y “sesgo pesimista” (“la tendencia a sobreestimar la gravedad de los problemas económicos y subestimar los logros pasados de la economía”).

En segundo lugar, Tercera Cultura menciona la influencia que nuestra herencia evolutiva podría tener para la toma de decisiones política. Y es que si nuestra psicología es producto de la evolución humana en ambientes determinados del pasado, nuestro raciocinio estaría poco preparado para afrontar según qué cuestiones:

Al fin y al cabo los temas políticos de escala mayor, como relaciones internacionales o complicados problemas financieros, no formaban parte del ambiente adaptativo de los seres humanos. Y de hecho, muchos de estos problemas que nos quitan el sueño hoy ni siquiera formaban parte de la democracia griega, por lo que el desajuste evolutivo se solapa con un desajuste histórico más reciente y mejor estudiado.

 

Da que pensar: Suponer la existencia de limitaciones en cuanto a nuestra capacidad racional que podrían influir en cómo votamos, no es lo mismo que defender la inutilidad del voto. Tampoco es lo mismo que afirmar que todo votante es presa de sesgos o de prejuicios cuando ejerce el voto. Pero está claro que haríamos bien en tomarnos en serio las limitaciones en nuestra racionalidad. Al fin y al cabo, y como dicen los defensores del acto de votar, nuestro voto puede influir en la vida de muchas personas.

Especialmente preocupante es la cuestión del desajuste entre nuestras capacidades y la comprensión de los problemas a gran escala. Y es que hay indicios de que el extremismo político puede basarse en una ilusión de comprender líneas de acción políticas complejas. Además, la complejidad de las políticas puede llevar a las personas a desentenderse de las mismas, adoptando una postura de “no querer saber” y delegando su gestión e implicación.

Así pues, si queremos ser ciudadanos comprometidos con la política, haríamos bien en tener el mismo compromiso con el pensamiento claro y racional.

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2 comentarios en “Votar: ¿un asunto racional?

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