Más allá de las imposturas intelectuales

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¿Es cierto que todo es relativo? ¿Que la verdad depende de aquello que un determinado grupo considere que es verdad? ¿Es cierto que no hay manera de establecer que hay una realidad independiente de nosotros, y que los humanos podemos averiguar, ni que sea parcialmente, cómo es esta realidad? ¿Y es cierto que la ciencia es sólo otro discurso, y que otras formas de interpretar la realidad son tan válidas como la interpretación que hace la ciencia?

La manera de responder a estas preguntas en las últimas décadas ha estado fuertemente influenciada por el postmodernismo: una corriente de pensamiento muy popular en el entorno de los estudios sociales y literarios, que pretendía poner en duda la mayoría de las ideas y conceptos relacionados con la modernidad. De la mano de pensadores franceses como Jacques Derrida, Michel Focault, Jacques Lacan o Jean-François Lyotard, los postmodernos se mostraban críticos con la pretensión de conocer la verdad sobre el mundo, una pretensión heredada de la ilustración y fundamental para el periodo moderno: la verdad sería más bien una construcción social, un consenso sobre aquello que se considera real en un momento determinado de la historia y dentro de un grupo concreto. En consonancia, los postmodernos defendían un relativismo en cuanto a los valores morales, privilegiando la visión de los grupos y de sus valores sobre el universalismo. También declararon la muerte de los “grandes relatos”, es decir, las grandes teorías sobre la realidad natural o social.

Uno de los blancos preferidos de sus ataques fue (y todavía lo sigue siendo) la ciencia, desencadenando lo que ahora se conoce como “guerras de la ciencia”. Pero una buena cantidad de las críticas postmodernas a la ciencia estaban cargadas de terminología científica utilizada de forma indebida, dentro de argumentos tendenciosos o difícilmente comprensibles, no sólo para el público general, sino para buena parte de la comunidad científica.

En 1996, el físico estadounidense Alan Sokal, alarmado por tanto sin sentido, tuvo una idea que ya es una parte fundamental de la historia moderna de la ciencia y del pensamiento. Elaboró un texto con apariencia de artículo académico serio, utilizando el estilo propio de los críticos postmodernos, y citando a varios de los mismos, con temática próxima a los estudios postmodernos sobre la ciencia, pero formado enteramente por ideas sin sentido o, directamente, por falsedades. Sokal envió el artículo a la revista de estudios literarios Social Text, con el imposible título de Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity, para ver si los editores detectarían el engaño. No sólo no lo detectaron, sinó que además publicaron el falso artículo de Sokal.

Poco después, Sokal confesó el engaño en otro artículo enviado a Social Text. Esta vez, los editores rechazaron el artículo argumentando que no cumplía con sus estándares intelectuales. Finalmente, la confesión de Sokal fue publicada por la revista Lingua Franca.

El acto de Sokal, que ahora se conoce como el escándalo Sokal, no hizo sino agitar todavía más las guerras de la ciencia, pero dando nueva munición a los partidarios de la ciencia seria: Sokal había mostrado hasta dónde llegaba el uso indebido de la terminología científica y la charlatanería de ciertos intelectuales. Sokal escribió un libro, junto al también físico Jean Bricmont, explicando la historia de la broma y sus implicaciones: Las imposturas intelectuales. Años después, en 2008, Sokal publicaría otro libro que continuaría profundizando en la cuestión, éste que os presento: Más allá de las imposturas intelectuales.

Más allá… es un libro que recopila diversos ensayos publicados anteriormente por Sokal en otros medios. Según el autor, la recopilación forma un todo coherente, con una temática clara:

En un plano superficial, el tema es la relación entre ciencia y sociedad; pero el tema de fondo es la importancia, no tanto de la ciencia, sino de la visión científica del mundo […] en la toma colectiva de decisiones por la humanidad. Tanto si el blanco de mis críticas son los posmodernos de izquierda como si son los fundamentalistas de derecha o quienes tienen una empanada mental, sea cual sea la franja política o apolítica de la que procedan, mi lema es el mismo: el pensamiento claro, combinado con el respeto por la evidencia – especialmente aquella que resulta incómoda y no deseada, aquella que desafía nuestros prejuicios – son de la máxima importancia para la supervivencia de la especie humana en el siglo XXI. (p. 13)

La obra de Sokal está dividida en tres partes, cada una formada por diferentes capítulos. En la primera (capítulos 1-5), se nos presenta el trasfondo de la temática de la obra: se reproduce el artículo que Sokal envió a Social Text, con las anotaciones que muestran el cúmulo de sin sentidos que lo forman, y se discuten diferentes aspectos de los ataques a la ciencia de los postmodernos académicos. En la segunda (capítulos 6 y 7), se tratan en detalle las cuestiones filosóficas que tienen que ver con la verdad y la objetividad que se apuntan en la primera parte. Finalmente, en la tercera parte (capítulos 8 y 9), Sokal analiza la relación entre pseudociencia y postmodernismo.

El libro es denso, y lleno de implicaciones en lo que hace a las cuestiones de si hay una verdad objetiva y de la fiabilidad de la ciencia. Así que en lugar de hacer un comentario de cada capítulo, os ofreceré tres ideas bastante generales que se pueden desprender de cada una de las partes.

En primer lugar, los postmodernistas suelen considerar que la ciencia es una forma más de conocer el mundo, y que no tiene porqué ser más válidas que otras maneras de hacerlo. Así, por ejemplo, la teoría del Big Bang tendría el mismo estatuto a la hora de explicar el origen del universo que los mitos de ciertas tribus. Pero si utilizamos el verbo “conocer” en su sentido habitual, entonces hay teorías que son mutuamente incompatibles y que, por tanto, no pueden ser todas ciertas. No obstante, esta idea implica para ciertas personas que determinados expertos tienen el derecho a decretar qué es verdad y qué no. Para Sokal, no se trata de una cuestión de autoridad, sino de lógica: dos teorías contradictorias entre sí no pueden ser ambas verdaderas, independientemente de quien lo afirme.

Los postmodernos también suelen atacar a la ciencia destacando aquellos casos en que se han sostenido falsedades o prejuicios en nombre de la verdad y la razón. Pero eso no implica que se tenga que rechazar el concepto de verdad. Más bien, implica que se tienen que examinar con mucho cuidado los datos en los que se apoyan ciertas afirmaciones:

Conviene, sin duda, mostrar a qué intereses económicos, políticos e ideológicos sirven las caracterizaciones de la “realidad” que hacen nuestros oponentes; pero primero hemos de demostrar, sirviéndonos de los datos y la lógica, por qué esas caracterizaciones son objetivamente falsas (o, en algunos casos, verdaderas pero incompletas). (p. 151)

Por descontado, puede ser difícil determinar qué declaraciones son verdad y cuáles son falsas. Pero hay quien partiendo de esta dificultad llega a la conclusión de que no hay una verdad objetiva. Según Sokal, gran parte de las corrientes posmodernas (como el perspectivismo o el constructivismo social):

constituyen una filosofía de lo más natural para personas políticamente comprometidas pero intelectualmente perezosas. (p. 188)

Y es que:

Es mucho más fácil despreciar los resultados como tendenciosos por influencia de los prejuicios de los investigadores. […] La gran desventaja del filosofar propio de los constructivistas sociales radicales es que es un utensilio multiuso para desacreditar cualquier estudio empírico cuyas conclusiones no gusten a uno, sin necesidad de entrar (o ni tan sólo comprender) los enrevesados detalles de los datos y su interpretación. (p. 190)

En segundo lugar, los postmodernos suelen apoyar sus argumentos utilizando ideas de destacados filósofos de la ciencia del siglo XX. Por ejemplo, se utiliza la idea del historiador Thomas Kuhn de que el avance de la ciencia se produce en forma de revoluciones (como la copernicana), que se dan dentro de sistemas de creencias, o paradigmas. Según Kuhn, no habría manera de determinar qué paradigma es más acertado, o cuál se acerca más a la verdad. Otro ejemplo: durante la década de 1970, determinados filósofos argumentaban que el contenido de las teorías científicas no tenía que ver con una correspondencia con la realidad, sino que estaba determinado por factores sociológicos: es lo que se conoce como “programa fuerte de sociología de la ciencia”.

A pesar del atractivo de teorías relativistas como éstas, que niegan la existencia de una verdad objetiva, lo cierto es que son planteamientos que presentan graves problemas. En el caso de los paradigmas de Kuhn no es cierto que no se pueda determinar qué paradigma es más acertado: más bien, sucede que la revolución se produce en buena parte debido a que hay buenos argumentos empíricos que apoyan a las nuevas teorías. En el caso del programa fuerte de sociología de la ciencia, Sokal es más directo todavía:

Considérese el siguiente experimento mental. Supongamos que un geniecillo laplaciano nos proporcionara toda la información imaginable sobre la Inglaterra del siglo XVII que pudiera calificarse de sociológica o psicológica: los conflictos entre los miembros de la Royal Society, todos los datos sobre producción económica y relaciones entre clases, etc. Incluyamos también documentos que se destruyeron posteriormente y conversaciones privadas que nunca fueron grabadas. Añadámosle un ordenador gigante y superrápido que procese toda esta información. Pero no incluyamos ningún dato astronómico (tales como las observaciones de Kepler y Brahe). Ahora, intentemos “predecir” a partir de estos datos que los científicos aceptarán una teoría en la que la fuerza gravitatoria disminuye proporcionalmente al cuadrado inverso de la distancia, y no con respecto al cubo inverso. ¿Cómo sería posible hacer semejante predicción? ¿Qué tipo de razonamiento podría utilizarse? Parece obvio que este resultado no se puede “extraer” sencillamente de aquellos datos. (p. 271 – 272)

En definitiva, los intentos de describir desde fuera cómo funciona de verdad la ciencia, tanto por parte de los mismos científicos como por parte de los postmodernistas, acaban resultando infructuosos:

La justificación de la validez objetiva de las teorías científicas (en el sentido en que son, al menos, verdades aproximadas acerca del mundo) radica en argumentos empíricos y teóricos específicos. (p. 321)

En tercer lugar, en los años transcurridos entre la publicación de su primera obra y Más allá…, para Sokal se había producido un cambio en el panorama intelectual: si en un principio el asalto a la ciencia venía de la mano de pensadores que se identificaban con la izquierda política, ahora la ciencia era atacada por conservadores más o menos radicales, utilizando los mismos argumentos que en su día fueron esgrimidos por los postmodernistas. Desafortunadamente, el panorama no ha cambiado desde que Sokal publicó Más allá…, como comentaba el filósofo Lee McIntyre en un artículo en The Chronicle of Higher Education el pasado junio de 2015. Sokal expresa el peligro de esta dinámica mediante una cita de Noam Chomsky:

Los intelectuales de izquierda tomaban parte activa en la viva cultura de la clase obrera. Algunos trataban de compensar el carácter de clase de las instituciones culturales mediante programas de formación para obreros, o escribiendo libros de amplia difusión sobre matemáticas, ciencia y otros temas destinados al público en general. Llama la atención que sus homólogos de la izquierda actual traten con frecuencia de privar a los trabajadores de esas herramientas de emancipación, diciéndonos que el “proyecto de la Ilustración” está muerto, que debemos abandonar las “ilusiones” depositadas en la ciencia y la racionalidad: mensaje que alegrará los corazones de los poderosos, encantados de monopolizar esos instrumentos para su propio uso. (p. 21)

Así, para cualquier persona que esté comprometida con un cambio social, negar la existencia de unos hechos objetivos e independientes de nuestras creencias, negar la verdad, en suma, tiene importantes consecuencias sociales:

Pruebe usted a negar que existen aserciones verdaderas no dependientes del contexto y verá cómo no se limita a tirar por la borda la mecánica cuántica y la biología molecular: arrojará también las cámaras de gas nazis, la esclavización de africanos en América y el hecho de que hoy esté lloviendo en Nueva York. […] los hechos cuentan, y algunos hechos […] cuentan muchísimo. (p. 134)

Más allá… es un libro que requiere una lectura pausada si es la primera vez que te acercas a los temes de la verdad, de la naturaleza de la ciencia y de la crítica postmoderna a ésta. Aun así, Sokal escribe de una manera muy accesible, evitando tecnicismos innecesarios, y recalcando los argumentos principales siempre que es necesario. Una obra muy interesante que te ayudará a comprender buena parte del relativismo en cuanto al conocimiento que campa a sus anchas en la vida intelectual contemporánea.

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3 comentarios en “Más allá de las imposturas intelectuales

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