Maldigo el río del tiempo

Pero había pasado alguna cosa. Ya no encajaba nada, los objetos se habían alejado entre ellos, se habían distanciado, como si fueran satélites, replegados en ellos mismos y al mismo tiempo expelidos los unos de los otros, y se necesitaba una gran fuerza de voluntad para atravesar aquella separación, aquel distanciamiento, mucha más de la que yo podía mostrar, mucha más de la que yo me atrevía a invertir.

Arvid Jansen, a sus 37 años, ve como los tres pilares que habían sido centrales en su vida se desmoronan: su matrimonio, su ideología (comunista) y su madre, a la que acaban de diagnosticar cáncer. Sobre el telón de fondo de estos tres sucesos, el novelista Per Petterson construye su historia Maldigo el río del tiempo (Maleeixo el riu del temps, en catalán).

Sin grandes tragedias, sin aspavientos, con un lenguaje austero pero fluído, Petterson muestra cómo los recuerdos se apoderan de Arvid, a raíz del diagnóstico de su madre. Avanzando y retrocediento en el tiempo, el pasado nos da una muestra de la relación de Arvid con su madre, de su lucha por obtener una atención que, por un motivo u otro, nunca consiguió tener.

Arvid sigue a su madre a la casa de verano de la família, en la Dinamarca natal de ella, donde ha decidido refugiarse tras conocer el diagnóstico. Incluso entonces, Arvid se encuentra con esa especie de distanciamiento apático que la madre interpone entre su persona y su hijo. Una vez más, Arvid parece fracasar en su intento por materializarse, por hacerse presente ante su madre. Una vez más, Arvid fracasa en su lucha por dejar el anonimato emocional en el que su madre parece haberle confinado:

Ella pensaba que sabía cómo era yo, pero no era así. […] No estaba al tanto de lo que pasaba, siempre volvía la vista hacia otro lado. Me veía entrar en casa y no sabía dónde había estado, me veía salir y no sabía qué iba a hacer, por dónde vagaba solo, dónde iba con dieciséis años y sin ella, a los diecisiete, a los dieciocho, cómo paseaba desesperado arriba y abajo […]

Como a contraluz, las memorias que acuden a Arvid son bocetos de cómo se han ido gestando los cambios, emocionales y físicos, de lo que implican, y de cómo Arvid, al igual que nosotros mismos, asistimos en ocasiones casi como espectadores incrédulos al desarrollo, más o menos inesperado, de los acontecimientos:

– Tú y yo – dije -. Sólos tú y yo.

– ¿Verdad que es fantástico? – dijo sonriendo.

Dejé reposar los remos. El agua de alrededor del bote estaba en calma y la cabaña plácida en la bahía, en el pendiente de roca pelada, y el humo se elevaba silencioso por la chimenea. Costaba creer que una cosa tan bella pudiera ser pulverizada y finalmente reducida a nada.

Al final del camino, no hay respuestas porque tampoco hay preguntas, sólo la constatación del cambio, de la indefensión que sentimos ante cómo el tiempo parece disolverlo todo, de la falta de una madurez que creíamos ganada:

“Tengo treinta y siete años”, pensé. “El muro ha caído. Y aquí estoy”

Maldigo el río del tiempo es una historia que se desarrolla en ese límite en el que nos dejan los grandes cambios que se producen en nuestras vidas: abandonada nuestra zona de comfort, pero inseguros aún sobre qué dirección deberíamos tomar. Una sensación de límite remarcada por el tono crepuscular de la narración, melancólico como lo puedan ser el otoño o el invierno de Dinamarca o de Noruega, lugares donde se desarrolla la historia.

Si Maldigo el río del tiempo resuena en el lector, es porque es difícil no sentir que, como Arvid, todos estamos indefensos ante el cambio, y que el cambio acabará dando con nosotros, acabará trastocando aquello que creíamos seguro, mostrándonos que, a pesar de nuestros esfuerzos por negar lo obvio, la vida siempre había sido eso: cambio.

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