Sobre la realidad de los electrones y los dinosaurios

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Nunca nadie ha visto un electrón. Ni un campo de fuerza. Ni la curvatura del espacio – tiempo. Y, sin embargo, entidades como éstas son pilares centrales en la ciencia moderna, ampliamente estudiadas y universalmente reconocidas. Algunos filósofos de la ciencia, y algunos científicos con inquietudes filosóficas, han expresado que dado que no podemos observar directamente cómo son esas entidades, las teorías científicas deberían centrarse en los datos experimentales. Términos como “electrón” o “campo de fuerza” no tendrían una realidad física, sino que serían ficciones útiles para el trabajo científico. Toda discusión adicional sobre esas entidades o fenómenos sería gratuita. En ocasiones, para remarcar este hecho, suele citarse el famoso aforismo del filósofo Ludwig Wittgenstein: sobre lo que no se puede hablar, hay que callar.

Esta postura suele recibir el nombre de instrumentalismo, y no es simplemente un pasatiempo para filósofos. A un nivel más popular, el instrumentalismo suele usarse para poner en duda la credibilidad de la ciencia y su empeño por describir la realidad tal cual es. Porque, si en última instancia, no podemos saber cómo es la realidad, ¿por qué deberíamos confiar más en la ciencia que, digamos, en las tradiciones populares de cada pueblo para guiarnos en el mundo?

Tras provocar un gran revuelo en el panorama filosófico de principios de los años 90, con un escándalo que lleva su nombre, el físico Alan Sokal publicó dos libros que buscaban defender a la ciencia de ataques de lo más variopintos. En su obra Más allá de las imposturas intelectuales, Sokal (en colaboración con el también físico Jean Bricmont) realiza algunas críticas al instrumentalismo que voy a recoger en esta entrada.

En primer lugar, el instrumentalismo dice que sólo se deberían tener en cuenta los datos observables a la hora de hacer ciencia. Pero la noción misma de “observable” es problemática:

Algunas observaciones se hacen a ojos vista, pero ¿hay que limitarse a éstas? ¿Pueden usarse gafas, lentes de aumento, telescopios o microscopios […]? ¿Qué sucede con las cámaras de infrarrojos, los microscopios electrónicos o los telescopios de rayos gamma? ¿Y con el radar y el sónar? Por otra parte, las observaciones de nuestros sentidos desnudos son más problemáticas de lo que parecen. Por ejemplo, cuando “veo” un vaso encima de la mesa, delante de mí, no veo realmente el vaso: mi ojo absorbe las ondas electromagnéticas que el vaso refleja, y mi cerebro infiere la existencia y la posición de un objeto material, junto con algunas de sus características, como la forma, el tamaño y el color. (p. 310)

En segundo lugar, el instrumentalismo suele tomar como ejemplos a entidades fuera del alcance de nuestros sentidos, como los electrones. Pero, cuando los científicos dicen que los electrones existen de verdad, que no son simplemente ficciones, no hacen más que aplicar el mismo razonamiento que aplicamos a otros casos de sentido común:

[…] los paleontólogos, ¿deberían hablar propiamente de dinosaurios? Es de suponer que sí. Pero ¿en qué sentido son “observables” los dinosaurios? Todo lo que sabemos de ellos es fruto de inferencias a partir de fósiles; sólo los fósiles son “observables”. Por supuesto que las inferencias no son arbitrarias: se justifican gracias a los datos de la biología (todos los huesos fueron una vez parte de organismos) y de la geología (que explica los procesos de transformación de los huesos en fósiles). Sencillamente, la cuestión es que los datos fósiles son indicios de la existencia de otra cosa: los fósiles de los huesos de dinosaurios son un indicio de la existencia de éstos (en algún momento del pasado). […] (p. 310)

Y aquí Sokal traza un hábil paralelismo entre el caso de los dinosaurios y el de los electrones:

Ni los electrones ni los dinosaurios se han observado nunca directamente; ambos son productos de inferencias de otras observaciones, y los argumentos que apoyan ambas inferencias son de una solidez comparable. […] existen dos posibilidades: o bien se aceptan tales inferencias y, con ellas, la realidad probable (en la forma que sea) de la existencia de dinosaurios y electrones, o bien se niegan estas inferencias y se rechaza hablar de dinosaurios y de electrones. El significado de “electrón” es más oscuro que el de “dinosaurio”: puesto que podemos dibujar mentalmente objetos de tamaño medio, como los dinosaurios, el significado de las palabras que se relacionan con ellos está razonable e intuitivamente claro aunque nunca se observen directamente, cosa que no sucede en el caso de entidades como los electrones. Por eso somos cautelosos y afirmamos sólo que los electrones existen “en la forma que sea”, a la vez que reconocemos abiertamente nuestra perplejidad ante lo que sean realmente los electrones. (p. 311)

Por último, Sokal y Bricmont critican al instrumentalismo utilizando una característica de las teorías científicas exitosas: la capacidad de hacer predicciones futuras (como por ejemplo, la predicción de la mecánica de Newton de la existencia de planetas que no se habían observado antes):

El hecho de que una teoría formule repetidamente predicciones sorprendentes que se van confirmando a posteriori (en particular, si son de fenómenos novedosos) es una prueba fehaciente de que está “en el buen camino”, es decir, que es, al menos, aproximadamente correcta y que sus entidades teoréticas “inobservables” existen realmente de una forma u otra. Si no, ¿qué otras entidades encajarían en unas predicciones tan “milagrosas”? (p. 312)

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