Sobre “Whiplash” y cómo no se crea a un genio

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Whiplash es una aclamada película del año 2014, dirigida por Damien Chazelle que nos presenta una trama original. Un joven baterista, Andrew Neiman (interpretado por Miles Teller), acude como alumno al ficticio Shaffer Conservatory, en Nueva York. Allí acabará bajo el pupilaje de un implacable profesor, Terence Fletcher (interpretado por J. K. Simmons), que no dudará en utilizar la disciplina más brutal para sacar lo mejor de Andrew y hacer de él un gran músico. Terence buscará en todo momento el conflicto con Andrew, para sacarle de su zona de confort y obligarle a ir más allá de sus límites, en la creencia de que lo peor que se le puede decir a un músico es “buen trabajo”, porque la auto-satisfacción y la complacencia son enemigos del progreso artístico. El film ha obtenido prestigiosos galardones y nominaciones (Globos de Oro, Festival de Sundance, Oscars,…), y ha sido aclamado por gran parte de la crítica. Pero no por toda.

Dos artículos, uno en The New Yorker y otro en Slate, realizan un hábil análisis de Whiplash al prestar atención a los presupuestos básicos de la trama.

En Whiplash hay una escena donde se apuntan los crueles métodos de Terence, que conecta con una anécdota mítica del jazz, y que sirve a Terence como constante justificación de sus métodos. Según cuenta la historia, el legendario Charlie Parker cuando aún era un músico desconocido sufrió una experiencia musical que sería el detonante de su genio futuro. En una jam session, Parker (con entonces 16 años) se encontraba tocando un solo con la Count Basie Orchestra. Entre los miembros de la mítica formación estaba el gran baterista Jo Jones. Parker, se dice, estaba tocando tan mal que Jones le lanzó un plato de su batería, casi decapitando a Parker, para conseguir que el saxofonista saliera de su ensimismamiento. La humillación habría llevado a Parker a practicar duro y en solitario, para volver años más tarde a la escena musical convertido en el genio que pasaría a la historia.

La anécdota ha pasado de generación en generación, e incluso fue recogida por Clint Eastwood en su biopic de la vida de Parker:

En Whiplash, Terence reproduce la anécdota con su joven alumno, lanzándole no un plato de batería, sino una silla metálica:

Pero, como nos explica Richard Brody en The New Yorker, solo hay un problema con la anécdota de Parker: que no es cierta.

Según Brody, la anécdota ha sido considerablemente distorsionada. En una biografía reciente de Parker, Kansas City Lightning, Stanley Crouch entrevisto al bajista Gene Ramey, que estaba en aquel momento legendario en la formación de Count Basie. Según Ramey, Parker no estaba tocando mal, como suele explicarse. Al contrario, su tiempo y su ritmo eran buenos, pero su improvisación empezó a adelantarse a los acordes del tema. Jones realizó unos golpes a su plato para avisar a Parker, pero el saxofonista estaba demasiado concentrado en lo suyo como para darse cuenta. Finalmente, Jones cogió el plato y lo estampó contra el suelo. Parker, sobresaltado, cesó el solo mientras el público gritaba y se reía de la escena.

Por supuesto, puede parecer un detalle menor que Whiplash base parte del peso de su trama en una anécdota distorsionada. Pero Brody apunta que esa distorsión acaba transmitiendo un mensaje totalmente equivocado sobre Parker y, por extensión, sobre la práctica artística.

Sí, Parker practicó mucho y muy duro. Pero de una manera muy diferente a cómo Andrew lo hace en la película:

Esto es lo que Parker no hizo […]: sentarse solo en su habitación y trabajar para que sus dedos se movieran más rápido. Parker tocó música, pensó sobre música, y vivió la música. En Whiplash, los jóvenes músicos no tocan mucha música. Andrew no toca en una banda o en un combo, no se junta con sus compañeros para improvisar – ni en un parque, ni en una estación de metro, ni en un café, ni siquiera en un sótano. Andrew no estudia teoría musical, ni sólo ni (como hizo Parker) con sus colegas. No hay comparación obsesiva de discos y estilos, ni un sentido de una apreciación amplia de la historia del jazz […]. En definitiva, la vida del música se reduce a pura ambición competitiva […] y nada más.

Here’s what Parker didn’t do in the intervening year: sit alone in his room and work on making his fingers go faster. He played music, thought music, lived music. In “Whiplash,” the young musicians don’t play much music. Andrew isn’t in a band or a combo, doesn’t get together with his fellow-students and jam—not in a park, not in a subway station, not in a café, not even in a basement. He doesn’t study music theory, not alone and not (as Parker did) with his peers. There’s no obsessive comparing of recordings and styles, no sense of a wide-ranging appreciation of jazz history […]. In short, the musician’s life is about pure competitive […] and nothing else.

Así, para Brody Whiplash es incapaz de mostrar si Andrew posee ninguna originalidad musical, a pesar de que los métodos de Terence parecerían dirigidos a obtener precisamente eso:

Whiplash no honra al jazz ni al cine; es una obra de un baladí didacticismo […] que alimenta el tipo de celebridad menor a la que Andrew aspira.

“Whiplash” honors neither jazz nor cinema; it’s a work of petty didacticism […] and it feeds the sort of minor celebrity that Andrew aspires to.

Whiplash no solo transmite un mensaje erróneo sobre cómo se supone que practican los artistas que han llegado a ser grandes en la música. Además, también transmite una idea equivocada de hasta dónde de lejos se puede llegar con la práctica. Ésa es la reflexión del artículo de Forrest Wickman para Slate.

Wickman vuelve a mencionar cómo el guión recoge la versión distorsionada de la anécdota de Charlie Parker. A continuación, Wickman hace una interesante reflexión: una de las ideas en que parece basarse Whiplash es que la práctica constante, el entrenamiento duro, puedo llevarnos allí donde deseemos. Esta creencia ha pasado al imaginario popular en la forma de la regla de las 10.000 horas: ése es el tiempo de práctica que, supuestamente, los artistas más exitosos han acumulado en total. La moraleja parece simple: si queremos triunfar y llegar al nivel de maestro (no sólo en la música, sino en cualquier actividad), una práctica constante parece todo lo que necesitamos.

No obstante, no hay evidencia de que la práctica continuada garantice el éxito. De hecho, los artistas que practican más son más diestros en su arte que los que practican menos, como cabría suponer, pero el tiempo de práctica explica sólo una fracción menor de la habilidad. Parece ser que otros factores cuentan, y el factor que más peso tiene en el genio artístico no es otro que la genética.

Así pues, concluye Wickman:

La mayoría de amercianos creen que el trabajo duro es la clave para el éxito, así que es probable que comulguen con la historia a lo Rocky de Whiplash. Pero la creatividad no es sólo una cuestión de sumar horas de práctica, la maestría musical no es sólo maestría atlética, y no es necesario lanzarle a nadie objetos mortíferos para motivarle. Con toda probabilidad, Fletcher no está creando a un nuevo Charlie Parker. Está creando al tipo de músico que le lanzaría un plato.

Most Americans believe that hard work is the key to success, and they’re likely to go along with Whiplash’s Rocky-with-drumsticks tale because of it. But creativity isn’t just a matter of tallying up practice hours, musicianship isn’t just athleticism, and it doesn’t take flinging deadly objects at someone to motivate them. In all likelihood, Fletcher isn’t making a Charlie Parker. He’s making the kind of musician that would throw a cymbal at him.

Da pensar: Los dos artículos nos ofrecen un par de lecciones interesantes. En primer lugar, que no deberíamos fiarnos en exceso de los relatos de ficción para aprender sobre el mundo: aunque es cierto que pueden contener conocimiento valioso, a un relato de ficción no se le suele exigir una precisión científica en sus contenidos, sino más bien que posea la capacidad de conmover y de conectar con el público. Y eso puede deslizar al inconsciente colectivo mensajes erróneos, ya sea una supuesta anécdota histórica o la (falsa) vigencia de un principio psicológico.

En segundo lugar, Wickman enlaza en su artículo a otro post publicado en Slate, donde se analiza la falta de evidencia para la regla de las 10.000 horas. Allí, los autores comentan dos motivos por los que la falsa idea de la relación entre práctica masiva y genio artístico es sumamente dañina:

El primer motivo es que, aunque pueda parecer que animar a la gente para que persigan sus sueños es algo positivo, el fracaso tiene costes tanto personales como sociales. En lugar de seguir sosteniendo que todo el mundo es igual en sus capacidades, sería mucho más lógico prestar atención a las habilidades reales de las personas, y a su capacidad para conseguir ciertos objetivos: de esta manera, podríamos tomar mejores decisiones sobre los objetivos en los que queremos invertir nuestro tiempo, nuestro dinero y nuestra energía.

El segundo motivo es de un calado social más amplio: la idea de que el trabajo duro lleva al éxito puede ser una peligrosa manera de justificar la desigualdad social:

¿No eres cardiocirujano? ¡Es culpa tuya, por no haber trabajado suficientemente duro en la escuela! ¿No has triunfado como concertista de piano? Eso es porque quizá no lo deseabas con suficiente fuerza. La desigualdad social queda así justificada sobre la base de que cualquiera que desee invertir el suficiente tiempo y esfuerzo puede triunfar y debería ser recompensado con una buena vida, mientras que aquellos que sufren para llegar a fin de mes son culpables de su situación y deberían apañárselas como puedan. Si reconocemos que las personas difieren en lo que pueden contribuir, tenemos un argumento para una sociedad en la que todos tienen derecho a una vida que incluya acceso a una vivienda decente, cuidado sanitario, y educación, por el mismo hecho de ser humanos. Puede que nuestras habilidades no sean idénticas, y seguro que nuestras necesidades difieren, pero nuestros derechos humanos básicos son universales.

You’re not a heart surgeon? That’s your fault for not working hard enough in school! You didn’t make it as a concert pianist? You must not have wanted it that badly. Societal inequality is thus justified on the grounds that anyone who is willing to put in the requisite time and effort can succeed and should be rewarded with a good life, whereas those who struggle to make ends meet are to blame for their situations and should pull themselves up by their own bootstraps. If we acknowledge that people differ in what they have to contribute, then we have an argument for a society in which all human beings are entitled to a life that includes access to decent housing, health care, and education, simply because they are human. Our abilities might not be identical, and our needs surely differ, but our basic human rights are universal.

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2 comentarios en “Sobre “Whiplash” y cómo no se crea a un genio

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