Sí, las plantas son seres inteligentes y sensibles

sensibilidad e inteligencia mundo vegetal

¿Qué adjetivos solemos asociar a las plantas? Quizá que son hermosas, útiles, necesarias,… Pero “sensibles” e “inteligentes” no suelen entrar en la lista. Y eso es de lo que nos trata de convencer el libro Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal: las plantas son sensibles e inteligentes en grados que no sospechamos.

La obra de Stefano Mancuso y Alessandra Viola no es una rara excepción. De hecho, en los últimos años se han acumulado artículos científicos que estudian diferentes aspectos de la sensibilidad y la inteligencia vegetal, reunidos bajo la etiqueta de neurobiología vegetal. Mancuso es uno de los principales exponentes de este campo, por lo que es de suponer que buena parte de los datos científicos de la obra provienen de su pluma; Viola es periodista científica, por lo que quizá su contribución venga del lado de presentar, resumir y contextualizar los datos de la investigación.

Pero, ¿realmente podemos decir que un libro que propone que las plantas son inteligentes es un libro de ciencia? ¿No suena una declaración así al new age más rancio? Buena parte de la argumentación de la obra se dirige a convencernos de que si no consideramos inteligentes y sensibles a las plantas es más debido al prejuicio y a la ignorancia que a buenas razones. Y es probable que después de leer la obra, acabes estando de acuerdo con los autores.

¿De dónde provienen esos prejuicios y esa ignorancia a la que me refería? En los dos primeros capítulos, Mancuso y Viola apuntan algunas respuestas, de índole histórica y biológica.

Según nos explican los autores (capítulo 1), existe una fuerte tendencia intelectual a considerar las plantas como seres poco inteligentes y evolucionados, sólo un peldaño por encima de los objetos inanimados en una hipotética pero inexistente escala evolutiva. Esa tendencia se puede rastrear tanto en la filosofía, como en la religión e, incluso, en la ciencia moderna.

Las grandes religiones monoteístas han otorgado una preeminencia casi total al ser humano. Las plantas han sido sistemáticamente ignoradas en el cristianismo y en el islam, llegando a negar la posibilidad de que tuviesen vida propia, e incluso demonizándolas (en el caso del cristianismo, relacionando determinadas plantas con supuestas prácticas de brujería). Mientras, el judaísmo mantiene una relación cuando menos ambigua en cuanto al reconocimiento del mundo vegetal.

En filosofía, las plantas también han sido consideradas como seres inferiores, en gran parte gracias a la influencia del pensamiento de Aristóteles: según éste, las plantas no eran objetos inanimados, porque podían reproducirse, pero esa capacidad no las alejaba lo suficiente del mundo inerte como para merecer más estudio y atención.

La ciencia tampoco ha sido justa con las plantas. De hecho, habrá que esperar hasta Charles Darwin para encontrar reflexiones serias, apoyadas en estudios, que apunten a la existencia de una inteligencia vegetal, en especial gracias a su obra The power of movement in plants, de 1880. Más adelante tendremos ocasión de comprender la originalidad de las propuestas de Darwin. En los años que van desde su elaboración, las plantas siempre han sido relegadas en la ciencia con respecto a los animales. Y es que algunos descubrimientos han sido ignorados o infravalorados cuando afectaban al mundo vegetal, pero han adquirido fama cuando se ha mostrado que se aplicaban al mundo animal. Por ejemplo: los experimentos de Mendel con guisantes (cruciales para la genética moderna), el descubrimiento de la célula (descrita por primera vez en plantas), o la interferencia de ARN (descubierta por primera vez en las petunias).

Mancuso y Viola comentan que además de estas tendencias intelectuales hay otros dos factores culturales que limitan nuestra percepción del mundo vegetal (capítulo 2). En primer lugar, las plantas tienen formas de vida inmóviles (en su mayoría). Esa inmovilidad supone un potencial peligro de depredación por parte de los animales herbívoros. Y es por ese peligro por lo que las plantas carecen de órganos únicos, como tenemos los animales. Gracias a esta fisiología, se pueden eliminar amplias porciones de una planta sin que se ponga en peligro su supervivencia. Las plantas son así organismos modulares, en los que cada una de sus partes es importante, pero ninguna imprescindible. Así:

[…] las funciones no van ligadas a los órganos. Esto significa que los vegetales respiran sin tener pulmones, se alimentan sin tener boca ni estómago, se mantienen erguidas sin tener esqueleto y […] son capaces de tomar decisiones sin tener cerebro. (p. 30 -31)

Enseguida veremos cómo las plantas ponen en práctica todas esas capacidades. El segundo factor que limita nuestra comprensión con respecto a los vegetales es de tipo temporal: las plantas pueden llegar a tener unos ritmos vitales lentos, o muy lentos, comparados con los nuestros. Y esta diferencia de velocidad puede comportar ilusiones perceptivas. Aunque las plantas se mueven, nuestros sentidos no suelen ser capaces de percibir esos movimientos directamente, por lo que tendemos a considerarlas seres inmóviles, casi inanimados.

¿Son sensibles las plantas? La respuesta es un rotundo sí: las plantas no sólo poseen los mismos cinco sentidos que los humanos, sino que además poseen varios más (capítulo 3).

Comencemos por la vista. Decir que una planta no puede ver, porque carece de ojos, podría parecer una sospecha razonable. Pero tener ojos quizá no sea fundamental para ver, al fin y al cabo. Según el DRAE, ver es el “sentido corporal con que se perciben los objetos mediante la acción de la luz”. En este sentido, las plantas tienen una vista excelente: son capaces de interceptar la luz, reconociendo su cantidad y calidad. Sería extraño que fuese de otra manera, puesto que la luz es la base principal de su metabolismo. Así, las plantas compiten continuamente entre sí por hacerse con la luz: modifican la posición y la dirección del crecimiento para recibir la luz de manera óptima. Este comportamiento (llamado “evitación de la sombra”), es para los autores una muestra de inteligencia:

[…] una auténtica y genuina expresión de inteligencia que denota un cálculo de riesgos y una previsión de beneficios, una realidad que debería haber sido evidente desde hace siglos si tan sólo nos hubiéramos molestado en observar a las plantas con una mirada libre de prejuicios. (p. 44)

La luz se percibe mediante moléculas que actúan como receptores, y que están distribuidas por toda la planta (aunque en mayor cantidad en las hojas): una muestra de que las funciones vegetales no se concentran en ningún lugar privilegiado del cuerpo, como ocurre en los animales.

Las plantas tienen olfato, ya que poseen receptores para moléculas volátiles, los llamados compuestos orgánicos volátiles de origen biogénico (COVB). Mediante estas moléculas las plantas pueden recoger información sobre el entorno, e incluso comunicarse entre ellas y con otros animales. Dada la gran cantidad de moléculas que se utilizan, se sabe muy poco todavía del significado de esos mensajes, pero hay ejemplos sorprendentes:

Muchos COVB […], contienen, por ejemplo, lo que podríamos llamar señales de socorro. Las plantas producen estos compuestos cuando se hallan expuestas a algún tipo de estrés, ya sea de tipo biótico (ocasionado por hongos, bacterias, insectos y, en general, cualquier agente vivo que perturbe de manera significativa el estado de equilibrio de la planta) o abiótico (como por ejemplo el exceso de frío, de calor, la falta de oxígeno o la presencia de sales o productos contaminantes en el aire o en la tierra). En estos casos, dichos compuestos ejercen una función sorprendente: la de advertir en tiempo real de un peligro a las plantas de los alrededores (o incluso a partes alejadas de la misma planta). […] Uno de los casos más conocidos es el del tomate, que cuando recibe el ataque de insectos herbívoros emite grandes cantidades de COVB capaces de alertar a otras plantas situadas incluso a cientos de metros de distancia (p. 49 – 50)

El sentido del gusto, esto es, la capacidad de detectar gradientes químicos presentes en el terreno, es de gran importancia para las plantas. Y es que, gracias a las raíces, las plantas exploran el suelo en busca de nutrientes (nitratos, fosfatos, potasio) con extrema precisión. De nuevo, esta exploración es una muestra de comportamiento inteligente:

Al producir un mayor número de raíces en función del gradiente químico identificado, la planta actúa con anticipación y emplea una energía y unos recursos que sólo darán frutos en un futuro. (p. 51)

Hay plantas que no obtienen sus nutrientes del suelo: las llamadas plantas carnívoras. Son especies que habitan en entornos pobres en nutrientes (sobre todo en nitrógeno), y que han desarrollado estrategias sofisticadas para cazar y matar animales: insectos, pero también pequeños mamíferos y reptiles. Entre estas especies de plantas carnívoras destacan dos géneros. El género Dionaea dispone de un cepo que se cierra sobre la presa. Las dioneas tienen tres pequeños pelos que hacen que la trampa se cierre cuando la presa los toca, pero no de cualquier manera: han de ser tocados al menos dos en menos de veinte segundos para que el cepo se cierre, lo que muestra que las dioneas tienen una especie de memoria.

El género Nephentes sigue una estrategia diferente: posee unos órganos en forma de bolsa, con una superficie extremadamente lisa. Las presas se sienten atraídas por unas sustancias olorosas y azucaradas del borde de la bolsa: cuando se asoma a la bolsa, resbala y se precipita al fondo, donde es ahogado por un líquido digestivo que se encargará de digerirla.

Hay otra especie carnívora que utiliza una estrategia sorprendente: una violeta, descubierta en 2012, que utiliza trampas subterráneas para cazar gusanos.

Quizá estos casos sean claros ejemplos de plantas carnívoras, pero hay investigadores que creen que el número de plantas que se alimentan de animales podría ser más alto de lo que creemos. Serían especies que, sin ser propiamente carnívoras, utilizan animales para enriquecer su dieta: las llamadas plantas protocarnívoras:

Si observamos las hojas de la patata, del tabaco o de plantas un poco más exóticas, […] comprobaremos que en ellas es frecuente encontrarnos con insectos muertos. ¿Cómo es posible que estas plantas secreten sustancias pegajosas o venenosas capaces de matar insectos si luego no pueden digerirlos? […] los cadáveres de estos insectos, aunque no sena digeridos enseguida, caen al suelo y se descomponen, liberando el nitrógeno que el vegetal necesita para su dieta; los que se quedan sobre las hojas sirven de alimento a las bacterias presentes en la planta, que absorbe sin problemas los residuos bacterianos, ricos en nitrógeno. (p. 57)

El sentido del tacto en las plantas se manifiesta de dos maneras: son conscientes del contacto con objetos externos, y tocan el entorno para obtener información. Un ejemplo de cómo las plantas perciben el contacto lo encontramos en la mimosa, que cuando se la toca retrae las hojas. Es destacable que el movimiento de la mimosa no parece ser un reflejo indiscriminado, ya que no se cierra cuando se moja o la sacude el viento, sino sólo cuando se la toca. Por tanto, sería un movimiento voluntario, aunque todavía se desconoce la finalidad.

Otros ejemplos de percepción del tacto son las plantas carnívoras como la dionea, que cierran sus trampas cuando las presas tocan unos pelos especiales en una fracción de tiempo determinada; o aquellas plantas que cierran sus flores sobre los insectos polinizadores que las visitan, liberándolos sólo cuando están embadurnados de polen.

En cuanto a la capacidad activa del tacto, destaca el comportamiento de las raíces. Cuando éstas se encuentran con un obstáculo, su crecimiento se modifica siguiendo el mejor modo de sortearlo, y no según una dirección prefijada. Es como si la raíz “palpara” el obstáculo para determinar la mejor manera de seguir avanzando.

No pocas personas dicen hablarle a sus plantas, porque creen que eso favorece su crecimiento. Hay cierta verdad en ello, pero sólo cierta. Las plantas “oyen”, o más concretamente, detectan las vibraciones amplificadas y conducidas por la tierra en la que se encuentran inmersas. Y esas vibraciones son captadas por las células de la planta mediante canales sensibles a las fuerzas mecánicas (que también contribuyen en el sentido del tacto). Como en el caso de los otros sentidos, también el auditivo está repartido por todo el cuerpo de la planta. Parece que el sonido favorece el crecimiento de la planta, pero sólo a ciertas frecuencias

[…] sobre todo las bajas (entre los 100 y los 500 Hz), favorecen la germinación de las semillas, el crecimiento de la planta y la prolongación de las raíces, mientras que otras, las más altas, tienen un efecto inhibidor. (p. 65)

Si sorprendente es que las plantas puedan captar sonidos, más lo es el hecho de que parece que también pueden producirlos. En 2012 se halló que las raíces emiten sonidos, una sonoridad bautizada como clicking, porque el sonido recuerda a un clic. Aunque no está claro cómo se produce, puede que este sonido lo emitan las paredes de las células durante el crecimiento de las raíces. El hallazgo puede ser importante, porque se sabe que el sonido puede influir en la dirección del crecimiento de las raíces. Así que, quizá, las raíces podrían comunicase mediante sonidos para orientar su crecimiento.

Además de los cinco sentidos clásicos, Mancuso y Viola mencionan varios más, como la detección de la gravedad o de campos electromagnéticos, o el reconocimiento y medición de gradientes químicos del aire o de la tierra.

Las plantas presentan complejos mecanismos de comunicación (capítulo 4). En primer lugar, pueden comunicarse con ellas mismas. Es ésta una capacidad básica para cualquier ser vivo: la comunicación permite evitar peligros, acumular experiencias y conocer tanto el propio cuerpo como el entorno. No hay razón aparente por la que las plantas no puedan disponer de un mecanismo de comunicación interna, como lo poseen los animales: quizá las plantas no tengan cerebro, pero sí que disponen de tres sistemas de transporte de información.

El primero de ellos está basado en señales eléctricas, un fenómeno que se creía exclusivo de los animales. Si bien las plantas no tienen nervios para propagar estas señales, las señales pueden propagarse en recorridos breves gracias a unas aberturas de las paredes de las células, los llamados plasmodesmos. El segundo sistema es un sistema vascular, a pesar de que las plantas carezcan de corazón que actúe como bomba central. Gracias a este sistema se transportan líquidos de arriba abajo (transporte floemático) y de abajo arriba (transporte xilemático). Así, los nutrientes captados por las raíces pueden transportarse a las partes aéreas de la planta, mientras que los productos elaborados por las partes aéreas gracias a la fotosíntesis pueden transportarse a las raíces y frutos. El tercer sistema de comunicación interna es un sistema químico – hormonal. Es un medio de comunicación más lento que los dos anteriores, pero garantiza que la planta disponga de una información más completa.

Los sistemas de comunicación internos ponen de nuevo de manifiesto la diferencia fundamental que separa a la fisiología de las plantas de la de los animales:

Mientras que los animales están dotados de un cerebro central hacia el cual se dirigen todas las señales, las plantas – en virtud de su construcción modelar y repetida – disponen de múltiples “centros de elaboración de datos” que permiten gestionar las señales de manera muy distinta. El ser humano no puede dirigir ningún mensaje desde el pie a la mano o a la boca: todas las señales, salvo unas pocas excepciones, deben elaborarse antes en el cerebro. Las plantas, por el contrario, pueden comunicarse no sólo desde las raíces hasta las hojas y viceversa, sino también de una raíz a otra o de una hoja a otra. Su inteligencia está distribuida. Por eso, al no haber un único centro de elaboración, no hay necesidad de que la información siga siempre un mismo recorrido, sino que puede transmitirse al momento y de manera eficaz donde sea preciso. (p. 79)

La comunicación entre plantas es llevada a cabo de manera principal gracias a señales químicas. Y en este tipo de comunicación de nuevo nos encontramos con fenómenos sorprendentes. Por ejemplo: las plantas son capaces de reconocer a su parentela:

En 2007, un sencillo pero importante estudio arrojó luz sobre este tipo de conductas de parentesco. El experimento consistía en plantar en una misma maceta treinta semillas hijas de la misma planta y, en otra maceta, idéntica a la primera, treinta semillas hijas de plantas distintas. […] Las plantas que eran hijas de madres distintas se comportaron como estaba previsto: desarrollando un número de raíces muy elevado con el fin de ocupar el territorio y asegurarse reservas alimentarias e hídricas en perjucio de las demás. Las treinta plantas de la misma madre, en cambio, pese a convivir en un mismo espacio limitado, produjeron un numero de raíces muy inferior, privilegiando el crecimiento aéreo. En su caso, pues, se observó una actividad no competitiva vinculada a la semejanza genética. (p. 82)

Es éste otro ejemplo de que las plantas son capaces de adoptar comportamientos flexibles, que tengan en cuenta diversos factores, lejos de la idea que tenemos de que las plantas sólo se comportan de una manera mecánica.

Otra muestra de flexibilidad en el comportamiento favorecida por la comunicación es el caso de la simbiosis entre las raíces de las plantas y ciertos hongos, formando las llamadas micorrizas. Esta asociación puede ser beneficiosa tanto para el hongo, que obtiene de la planta una parte de los azúcares que crea, como para la planta, que obtiene nutrientes que son captados del suelo por el hongo. Pero no todos los hongos son colaboradores: también los hay patógenos, que buscan infectar la planta para su provecho. Las plantas son capaces de diferenciar los hongos colaboradores de los patógenos, gracias a un intercambio de señales entre planta y hongo. Un intercambio comunicativo parecido se da entre las plantas leguminosas y unas bacterias (las azobacterias) que convierten el gas nitrógeno de la atmósfera en amonio. De nuevo, la unión puede ser beneficiosa tanto para la bacteria (que dentro de la planta tienen abundantes azúcares para su desarrollo) como para la planta (que se aprovecha del amonio creado por las bacterias). Pero es muy importante que las plantas puedan reconocer a las bacterias adecuadas:

Las azobacterias, antes de ser acogidas, emprenden un largo y complejo diálogo químico con las raíces. Esta “conversación” empieza siempre con la emisión de una señal parecida a un santo y seña, conocido como “factor Nod” […], cuyo reconocimiento es el primer paso para que la planta dé luz verde a la entrada de la bacteria en la raíz. (p. 85)

Las plantas también se comunican con los animales. Hay especies de plantas que, al ser atacadas por insectos, tienen la capacidad de emitir señales que atraen a los depredadores de esos insectos:

Cuando la judía de Lima (Phaseolus lunatus) se ve atacada por ciertos ácaros especialmente voraces (Tetranychus urticae), emite una mezcla de sustancias químicas volátiles que sirve para atraer a un ácaro carnívoro (Phytoseiulus persimilis). Este último es un depredador especializado en atacar a los ácaros “vegetarianos” y es capaz de exterminar una población entera en breve tiempo […] (p. 89)

Las plantas se comunican con los animales especialmente para llevar a cabo la polinización. Los animales más utilizados son los insectos, pero no los únicos: también se utilizan reptiles, marsupiales, primates, aves e incluso murciélagos. Las plantas suelen recompensar a sus colaboradores animales mediante néctar. Pero no siempre. También hay especies que se aprovechan del trabajo de los animales sin ofrecer nada a cambio.

El caso más conocido es el de las orquídeas, que imitan a la perfección la forma, la textura e incluso el olor de las hembras de determinados insectos. Éstos intentan la cópula con la flor, únicamente para acabar impregnados del polen de la misma. Otras especies utilizan métodos menos sofisticados. Por ejemplo, la cala negra (Arum palaestinum) atrae a las moscas del vinagre simulando el aroma de la fruta en fermentación; cuando la mosca se introduce en la flor, ésta se cierra y la apresa, normalmente durante toda una noche, facilitando que al intentar escapar la mosca quede impregnada de polen. Pasada la noche, la flor se abre y la mosca queda liberada con su cargamento de polen. Sin duda, ejemplos como éstos muestran que las plantas son grandes manipuladoras, por lo que Mancuso y Viola no descartan que quizá también puedan manipular al ser humano:

Desde el punto de vista de las plantas, podría valer la pena trabar amistad con un extraño bípedo para beneficiarse de sus servicios. Así pues, ¿cómo descartar que hayan usado su habilidad manipuladora también con nosotros, creando flores, frutos, olores, sabores, aromas y colores agradables a nuestra especie? Quizá las plantas los producen sólo porque agradan al ser humano, que a cambio las propaga por el mundo, las cura y las defiende. (p. 99)

Un último ámbito de comunicación entre plantas y animales es el que involucra el transporte de semillas. En países de clima templado y tropical, los animales más utilizados son las aves. Pero también a otros grupos, como monos, peces y hormigas.

Tras este recorrido por las extraordinarias capacidades de las plantas, Mancuso y Viola nos invitan a que reflexionemos: ¿podemos decir que las plantas son inteligentes? (capítulo 5). Quizá lo primero que tendríamos que hacer es determinar qué es la inteligencia. Una buena definición de inteligencia podría ser: la inteligencia es la capacidad para resolver problemas. Este tipo de inteligencia sería una propiedad de la vida, puesto que todos los seres han de resolver problemas comunes, como los que afrontamos los humanos: comida, agua, defensa, reproducción,… La inteligencia humana es muy superior a la de la mayoría de organismos, pero la diferencia estaría en el grado en que se presenta la cualidad, no en la cualidad misma. Si es así, no es posible definir una línea de separación clara que marque el momento en el que aparecería la verdadera inteligencia, por decirlo así:

El ser humano es inteligente, eso nadie lo pone en duda. ¿Y los primates? También ellos son inteligentes, está demostrado. ¿Los perros? Por supuesto. ¿Los gatos? Cualquier humano que conviva con ellos puede dar fe de ello. Y los ratones, ¿acaso no son inteligentes? Desde luego. ¿Y qué decir de las hormigas? ¡Sin duda! ¿Y los pulpos? ¿Los reptiles? ¿Las abejas? ¿Y las amebas, que son capaces de salir de un laberinto o de prever fenómenos repetitivos? En resumen: ¿existe un umbral por encima del cual aparece la inteligencia como por arte de magia, o más bien debemos concebirla como algo connatural a la vida, lo cual desde el punto de vista evolutivo sería más correcto? […] (p. 112)

Parece más bien, entonces, que es nuestra herencia cultural lo que nos impide considerar a las plantas como seres inteligentes:

Si aceptamos la hipótesis de que la inteligencia está ligada a la superación de algún tipo de umbral, debemos preguntarnos si se trata de un umbral fijo o si es más bien un umbral de carácter cultural, y por lo tanto variable en función del tiempo y del lugar. En el siglo XIX , pocas personas creían que los animales pudieran ser definidos como inteligentes. Hoy en día, a ningún investigador se le pasaría por la cabeza sostener que un mono, un perro o incluso un pájaro no lo son. Incluso existe una extensa literatura acerca de la inteligencia de las bacterias. ¿Por qué, entonces, no íbamos a hablar de la inteligencia vegetal? (p. 113)

Como apuntaba más arriba, Mancuso y Viola sostienen que fue Charles Darwin el primero en sostener que las plantas eran inteligentes de pleno derecho. Y lo hizo tras dedicar toda una obra a estudiar el comportamiento de las plantas mediante una variedad de experimentos. Darwin destacó las capacidades del ápice de las raíces, que parecía ser extraordinariamente sensible, respondiendo a una variedad de estímulos. Tan importante parecía ser su papel, que Darwin observó que al extirpar el ápice, la raíz parecía perder sensibilidad. Estas consideraciones le llevaron a hipotetizar que el ápice de las raíces llevaba a cabo funciones equivalentes al cerebro de los humanos.

Aunque en apariencia descabellada, la hipótesis de Darwin se está viendo reforzada con las últimas investigaciones. Las plantas, como hemos visto, no poseen órganos diferenciados como los animales, pero son capaces de realizar las funciones que realizan éstos. Las raíces cumplen importantísimas funciones para la planta: exploran el suelo en busca de nutrientes dispersos y en bajas concentraciones, sorteando enemigos y obstáculos. Cada ápice radical percibe numerosos parámetros (gravedad, temperatura, humedad, gradientes químicos, vibraciones sonoras,…). Una planta puede llegar a tener millones de ápices radicales, por lo que unidos los ápices radicales poseen una inmensa capacidad de cálculo. Todavía no se conoce como esa enorme cantidad de raíces se coordina para trabajar en equipo, pero Mancuso y Viola adelantan algunas hipótesis, como la comunicación química, por campos electromagnéticos o quizá por sonidos (el clicking). En cualquier caso, no es necesaria un controlador central para coordinar su acción:

Cada ápice se limitaría a mantener una distancia preestablecida con respecto a los que crecen a su alrededor, lo cual bastaría por sí solo para garantizar un crecimiento coordinado y, por consiguiente, una exploración óptima del suelo, sin necesidad de una voluntad de orden superior, es decir, de un cerebro que dirija las operaciones de cada ápice. (p. 124)

Y esa peculiaridad proporciona a las plantas un tipo de comportamiento y de inteligencia muy particular:

A falta de un órgano específico encargado de las funciones intelectivas, las plantas han desarrollado una inteligencia distribuida, típica de los enjambres y propia de muchas especies vivas: cuando los individuos que integran en un enjambre están juntos, manifiestan lo que se denomina comportamientos “emergentes”, es decir, inexistentes en los organismos tomados de forma individual. (p. 124)

Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal es una de esas obras que puede hacerte replantear tu manera de estar en el mundo. Nos muestra nuestra amplia ignorancia sobre los organismos más abundantes del planeta, aun cuando son imprescindibles para nuestra vida en él. Las capacidades de las plantas, y su sensibilidad para relacionarse con el entorno son impresionantes, mostrando una adaptabilidad y un ingenio que ha pasado inadvertido a nuestra mirada durante siglos. Precisamente esas capacidades, puestas de relieve por trabajos científicos rigurosos en las últimas décadas, están propiciando un debate candente que no ha hecho más que empezar: el de la dignidad de y el trato ético a las plantas. Como recogen Mancuso y Viola en una de las últimas reflexiones de la obra:

Por difícil que parezca aplicar a los vegetales un concepto que ha marcado la historia de la humanidad, la referencia a su dignidad pueden entenderse como un primer paso hacia la legitimación de los derechos de las plantas, con independencia de los interese humanos. Esto significa que deben ser respetadas y que los humanos tenemos obligaciones para con ellas. Mientras veamos a estas criaturas meramente como cosas, máquinas pasivas que obedecen servilmente a un programa siempre idéntico, mientras que las consideremos organismos cuyo único fin se cifra en satisfacer nuestros intereses y necesidades, aplicarles un atributo como el de la dignidad nos parecerá absurdo e insensato. Pero si las plantas son activas, adaptables, verosímilmente capaces de sentir percepciones subjetivas y, sobre todo, poseedoras de un mode de vida del todo independiente de nosotros, entonces existen buenas razones para aceptar que el concepto de dignidad puede ser aplicable también a ellas. (p. 140)

 

Bonus: Stephano Mancuso realizó una presentación en TED sobre la inteligencia de las plantas, que puedes ver en este vídeo:

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