Sobre encontrar el propio camino

ENCONTRAR PROPIO CAMINO

Los emprendedores están de moda. En unos tiempos de convulsiones económicas, en los que miles de trabajadores temen por su presente inmediato, los emprendedores se presentan como personas que han sabido encontrar su propio camino entre el caos de un mercado laboral masificado y salvaje. Además, un buen número de esos emprendedores han pasado a formar parte del imaginario colectivo: guapos y ricos (muy ricos en algunos casos) son considerados como referentes a seguir, y sus opiniones y su imagen se publicitan al más alto nivel.

Junto al interés por los emprendedores ha crecido todo un género editorial: el de la creación y gestión de la marca personal. Los gurús de la marca personal nos ofrecen un buen número de consejos y estrategias para lograr un preciado bien hoy día: un empleo. Según ellos, la idea es que si queremos conseguir un trabajo, el mejor favor que podemos hacernos es encontrar una manera de destacar de entre nuestros posibles competidores, para hacer que sean las empresas quienes se interesen por nosotros, y no a la inversa. La idea queda perfectamente resumida en la frase del autor Andrés Pérez Ortega: “Si eres uno más, serás uno menos”.

Y ¿cómo conseguir la visibilidad profesional? Mediante la creación de nuestra marca personal: una imagen que condense nuestra valía profesional, nuestros logros, nuestras habilidades, y que resuene en le mente de nuestros posibles empleadores por encima del ruido de la competencia. Para ello, partiendo de los objetivos que nos proponemos, habremos de crear un plan, una hoja de ruta, una estrategia que nos permita alcanzar nuestras metas.

Por supuesto, ninguna obra de marca personal te garantiza el éxito, pero sí que te aseguran que, al utilizar una estrategia bien planificada, aumentarán tus posibilidades de éxito. Aun con este matiz, las historias sobre marca personal siguen encerrando un problema sutil pero muy tóxico: la naturaleza misma del éxito.

No me refiero a que el “éxito” sea subjetivo, que varíe de persona en persona (que obviamente lo hace), sino más bien al hecho de que no siempre nuestras acciones son las responsables del éxito que hemos creído alcanzar gracias a nuestros actos. De hecho, probablemente ni siquiera sabremos nunca a ciencia cierta qué provocó nuestro éxito. Éste es uno de los temas que trata el psicólogo Daniel Kahneman en su obraPensar rápido, pensar despacio: puede que la suerte jugara un papel fundamental, pero nuestra mente tiene una tendencia a crear relatos que dotan de coherencia a lo que hemos vivido, a dar sentido a los acontecimientos, aunque sean falsos o inexactos. Por ejemplo, dice Kahneman sobre la historia de éxito de Google:

La prueba última de la validez de una explicación es si ésta hubiera hecho predecible el acontecimiento. Ninguna historia del improbable éxito de Google podría someterse a esta prueba, puesto que ninguna historia puede incluir las miríadas de eventos que hubieran producido un resultado diferente. La mente humana no tolera los fiascos. El hecho de que muchos de los acontecimientos producidos implicaran elecciones nos mueve aún más a exagerar el papel de las aptitudes y subestimar la parte de suerte en los resultados. Como todas las decisiones críticas dieron buen resultado, el historial sugiere una presciencia casi perfecta, pero la mala suerte pudo haber trastocado alguno de los pasos que condujeron al éxito.

Que la suerte, el puro azar, pueda jugar un papel fundamental en el éxito, incluso más que el trabajo personal, puede tornarse un poderoso veneno para aquella persona que, de buena fe, crea a pies juntillas en las historias de triunfo y superación personal.

Hace algunos años, el filósofo Alain de Botton analizaba en su libro Ansiedad por el estatus, cuáles (según él) eran las fuentes que provocan ansiedad al vernos privados de un determinado estatus social. Para Botton, una de esas fuentes es la meritocracia, la creencia de que si todos los ciudadanos de una sociedad parten con las mismas oportunidades, los triunfos y los fracasos serán única y exclusivamente su responsabilidad, un reflejo de su falta o abundancia de aptitudes y habilidades. Ni que decir tiene que una meritocracia completa no existe en ninguna sociedad: en todas partes existe el favoritismo, los prejuicios de raza o de clase y, cómo no, la mala suerte. Pero en aquellas sociedades que se consideran fuertemente meritocráticas, el sufrimiento para el individuo puede ser grande:

Para quien no triunfaba, tener que responder (ante sí mismo y ante los demás) a la pregunta de por qué seguía siendo pobre, si en algún sentido era bueno, inteligente o capaz, se convirtió en un problema más grave y doloroso en esta nueva época meritocrática.

Por supuesto, pocos triunfadores o emprendedores reconocerían que su éxito se debe a la suerte. La fuerza de la tendencia a explicarnos historias alcanza su máximo cuando esas historias tratan sobre nosotros mismos y sobre nuestras acciones. No obstante, el factor suerte en la consecución del éxito sugiere que, a veces, las personas no hacemos nuestro camino, ni siquiera lo encontramos: más bien, tropezamos con él.

La obra de Íñigo García Ureta, Lo que la universidad no enseña, nos ofrece algunos ejemplos de ello. Como el caso del famoso actor Denzel Washington, quien probó suerte con los estudios de medicina, derecho y periodismo. Washington sólo tropezaría con su camino más tarde, cuando

gracias a una experiencia en un campamento de verano donde trabajaba como monitor, alguien le dijo que valía para actuar.

Quizá se puede decir que el hecho que la suerte influya en nuestros planes más de lo que creemos no implica que debamos darnos por vencidos y no hacer nada, confiando en que la suerte nos lleve allí donde allá de llevarnos. Y esto podría ser cierto, aunque también podríamos cuestionarnos la noción de “hacer algo”. Porque tomarnos demasiado en serio aquello que supuestamente debemos hacer también puede ser problemático.

El taoísmo y el budismo zen comparten, entre otras cosas, la noción de no-acción (wu wei). La no-acción no significa literalmente no hacer nada, sino más bien tomarse las cosas como vienen, aprender a aceptarlas para no estar tan paralizados por nuestros planes que no sepamos cómo reaccionar. En su obra Mindfulness en la vida cotidiana, Jon Kabat-Zinn nos habla de un concepto central en Oriente, la noción de “camino” y de su relación con el fluir natural de las cosas:

[…] puede ocurrir que nos quedemos atrapados en creer con demasiada intensidad que sí sabemos a dónde vamos, especialmente cuando lo que nos mueve es una ambición basada en el interés personal o cuando deseamos algo determinado con mucha intensidad. Hay un ceguera procedente de nuestros planes de mejoramiento personal que hace que pensemos que sabemos, cuando en realidad no sabemos tanto como creemos.

No se trata de ensalzar el pensamiento oriental frente al occidental, sino de remarcar una idea relacionada con la anterior: dice Kabat-Zinn:

[…] las cosas sólo nos saldrán bien si procedemos siendo conscientes de cómo son las cosas, lo que incluye estar dispuestos a admitir que no sabemos adónde nos dirigimos.

Puede que los libros de marca personal tengan razón a la hora de animarnos a hacer algo con nuestra situación, pero quizá no deberíamos tomarnos sus consejos demasiado en serio: haríamos bien en recordar que la suerte no siempre juega a nuestra favor, a pesar de todo el esfuerzo del mundo, y que podemos tropezar con nuestro verdadero camino donde y cómo menos esperamos.

Si el lector prefiere una conclusión más resumida, podríamos utilizar frase del poeta Robert Frost:

En dos palabras puede resumirse cuanto me ha enseñado la vida: sigue adelante.

añadiendo: aunque no sepas exactamente cómo.

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