Encuentra tu elemento… o no

ENCUENTRA TU ELEMENTO

Gyula Halász, alias Brassaï, ha pasado a la historia como uno de los mejores fotógrafos del siglo XX. Especialmente celebradas son sus fotografías de la noche de París, de su ambiente y de las personas que la poblaban: unas imágenes llenas de magia y humanidad. Pero Brassaï no se dedicó en exclusiva a la fotografía, ni mucho menos: también aplicó su talento artístico al dibujo, a la escultura, e incluso al cine. A propósito de esta multiplicidad de intereses, Brassaï dijo:

Siempre he evitado especializarme. Siempre he hecho muchas cosas: fotografías, dibujos, esculturas, películas, libros… En el fondo, es duro tener talentos distintos, porque cada uno te quiere monopolizar… Lo único que se puede hacer es alternarlos según tus instintos…. Yo no tengo miedo de dispersarme… Quiero ser libre.

Puede que a Brassaï le hubiese hecho mucha gracia (o quizá le hubiese indignado mucho, quién sabe) la obsesión moderna por “el elemento”. Según el gurú de la educación Ken Robinson, nuestro “elemento” es aquella actividad que comprendemos de manera natural, aquello que nos apasiona y que encima se nos da bien. Cuando se halla, la persona sufre una especie de epifanía, una revelación que marca un antes y un después en su vida.

Robinson nos dice que el sistema educativo, basado en la estandarización, y las convenciones sociales tienen buena parte de la culpa de que tantos individuos crezcan pensando que no tienen ningún talento especial. Para reforzar esta idea, se suelen aportar ejemplos de personalidades que desarrollaron su talento a pesar de no contar con apoyo de su entorno (por ejemplo, se dice que a Paul McCartney lo rechazaron del coro de la catedral de Liverpool arguyendo que no cantaba suficientemente bien).

El discurso de Ken Robinson presenta algunos de los vicios del discurso tipo de autoayuda: la culpa es de la escuela, hay que confiar menos en la razón y más en los instintos, la importancia de las epifanías,… Aun así, podemos darle la razón a Robinson cuando dice que puede que no desarrollemos nuestro talento por razones ajenas a nosotros. Pero el ejemplo de personas como Brassaï tiene para mí un gran valor, porque encierran una importante moraleja: se puede tener una vida plena sin haber encontrado nuestro elemento.

Por supuesto, se podría decir que el elemento de Brassaï era el arte, pero para decir que hay personas que se desempeñan mejor en el arte que en las ciencias (o viceversa) no es necesario ser un experto en educación y creatividad. Es simple cuestión de sentido común.

Esa falta de miedo ante la dispersión de Brassaï es un excelente antídoto contra el ansia por encontrar un elemento que nos cambie la vida. Y es que, en realidad, puede que no pase nada si no encontramos ese elemento, si carecemos de un único talento especial cuyo descubrimiento transforme nuestra vida de manera radical.

La vida es inmensa. Dispérsate. Sé libre.

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