Nos es imposible alcanzar el secreto de la creación artística

¿Es esto posible? ¿Podemos conocer la serie de fenómenos que tienen lugar en el nacimiento de una obra de arte? A estas preguntas puedo contestar de manera terminante: no. Seguir leyendo

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La nueva izquierda y la política de autoayuda

La psicologia positiva es uno de los fenómenos culturales más notables de nuestro tiempo. De hecho, casi que podríamos decir que la búsqueda de la felicidad se ha convertido en una preocupación de primer orden para miles de personas en todo el mundo.

Como movimiento popular la psicología positiva no se ha librado de críticas, como por ejemplo el posible efecto de culpabilizar a las personas de sufrir determinadas situaciones con la excusa de no estar poniendo lo suficiente de su parte para estar mejor; o la ceguera ante el hecho de que existen problemas muy reales que no se solucionan simplemente con un cambio de nuestra actitud ante la vida.

Hay incluso quien ve una relación entre algunos principios de la psicología positiva y el auge de ciertos movimientos políticos modernos. Es el caso del periodista Jorge Dionisio López García en la entrada de su blog personal titulada Todos leyeron El secreto.
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¿Es peor el comunismo que el nazismo?

comunismo

En estos tiempos revueltos, parece que las posiciones extremas tanto de la izquierda como de la derecha política han vuelto a primera línea de la vida pública. Los enfrentamientos entre sus partidarios, más o menos directos, y cómo éstos son percibidos por la ciudadanía, siguen encerrando una cuestión moral que lleva años ocupando a analistas de diversas disciplinas: ¿hay que condenar más duramente el nazismo que el comunismo?; ¿quizá a la inversa?: ¿o acaso son igualmente reprobables?

La escritora Cathy Young, en un artículo en Forward, nos da su opinión sobre la polémica: quizá el comunismo sea peor que el nazismo por un aspecto fundamental.

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La historia de cómo Charles Baudelaire se convirtió en un poeta maldito

Charles Baudelaire es una de las figuras fundamentales de la literatura occidental: considerado ampliamente como el fundador de la poesía moderna, en especial gracias a su poemario Las flores del mal, Baudelaire no sólo abrió nuevos caminos a la poesía y al arte moderno en general, sino que ha servido como inspiración a incontables aspirantes a artistas gracias a sus presupuestos estéticos y a su imagen de poeta maldito.

Ciertamente, la vida de Baudelaire fue un continuo batallar contra las situaciones que pareciera que él mismo se acabó labrando, en su búsqueda del genio y de la inmortalidad artística: una existencia plagada de deudas económicas, relaciones tormentosas, hambre y miseria.

Son incontables las obras que se han dedicado a analizar tanto la obra de Baudelaire como su vida, y en no pocas ocasiones ambos análisis han ido de la mano. Ése es el caso de la obra de la que vamos a hablar en esta entrada: la biografía de Mario Campaña Baudelaire: juego sin triunfos (ediciones Debate, 2006)

 

En el prólogo de la obra Campaña, también un destacado poeta latinoamericano, deja claro que su intención no es rebuscar en los aspectos más oscuros o morbosos de la vida de Baudelaire, sino más bien atender a las circunstancias que le rodearon, en la convicción de que…

[…] lo político, o quizá sea mejor decir lo ético social, tuvo en la vida y la obra, en el pensamiento y en los sentimientos del poeta un rol persistente y en todo caso mayor y más decisivo del que se suele reconocer.

En concreto, en esta entrada veremos las circunstancias sociales y políticas que para Campaña fueron el detonante que hicieron de Baudelaire el poeta maldito que es considerado hoy día.

Para Campaña, la experiencia de la Segunda República en Francia fue el factor determinante en la evolución de Baudelaire hacia la figura de poeta maldito. Más en particular, lo fue la implicación y el apoyo ferviente de Baudelaire al proceso y la decepción ante el derrumbe de la Segunda República:

[…] acaso se puede decir que el período revolucionario o más bien su pérfido desenlace, su acerba enseñanza, dejó en Baudelaire una amargura irremediable que el poeta rumió de muchos modos durante el resto de su vida. Esas tristes enseñanzas se convertirán con el tiempo en la punta de lanza que abrirá el camino de su nuevo pensamiento político y social, pues al final del período republicano él aprende que ni los obreros ni el pueblo merecen una soberanía que no supieron defender con la República […] (pp. 100-101)

Campaña toma así una postura muy diferente de la mayoría de analistas clásicos, que han considerado que la participación de Baudelaire en la Segunda República fue algo más bien accidental, motivada por un deseo de rebelión más que por una empatía con las reivindicaciones sociales. A fomentar esta postura han contribuido los escritos tardíos biográficos de Baudelaire, en los que las referencias a aquellos sucesos para Campaña “no son recuerdos sino una explicación retrospectiva” (p. 102). También ha influenciado sobremanera la anécdota de Baudelaire subido a una barricada pidiendo a gritos el fusilamiento de su padrastro, el general Jacques Aupick, algo que para analistas como Claude Pichois significa que el poeta pensaba que “la revolución está hecha para permitirle arreglar una querella de familia […] Su furor no era político, sino metafísico” (p. 102)

Para Campaña, por contra, la participación de Baudelaire no es producto de un arrebato, sino la plasmación de una mente lúcida que interpreta su tiempo y el momento político de la Francia de entonces, sus posibilidades y sus peligros, la misma mente lúcida que ya había demostrado sus dotes de análisis en sus artículos de crítica de arte de los años 1845 y 1846. Campaña incluso habla de un “programa” que guiaba la acción del poeta, cuyas principales influencias fueron los socialistas utópicos como Charles Fourier o los anarquistas como J. Pierre Proudhon (a quien Baudelaire dirigió varias cartas, refiriéndose a sí mismo como un “amigo apasionado” de Proudhon). Aunque, dice Campaña, no ha quedado ningún tipo de constancia de ese supuesto “programa”, podría “vislumbrarse tanto en testimonios personales como en la coherencia de sus actos antes, durante y después de la revolución republicana” (p. 106).

La génesis de la Segunda República comienza con un alzamiento obrero el 24 de febrero de 1848, que en tres días derrocó al rey Luis Felipe. Durante esos días, varios son los amigos o conocidos de Baudelaire que dicen haber visto al poeta armado tras las barricadas, en concreto en las levantadas en el cruce de la rue Buci, en el barrio latino, lugar en el que Campaña comenta que se libraron “los más arduos combates de la orilla izquierda del río” (p. 108). Pareciera como si Baudelaire tuviera que ser consciente que en ese emplazamiento se estaba jugando literalmente la vida, algo que no cuadra con la imagen que mencionábamos más arriba de un Baudelaire participando en la refriega presa de una rencilla familiar.

Litografía de la barricada en la Rue de la Fontaine-au-Roi el 23 de junio de 1848. Imagen via l’Histoire par l’image (https://www.histoire-image.org/oeuvres/23-juin-1848-prise-barricade-rue-fontaine-roi-faubourg-temple)

¿Qué es lo que podría haber animado a Baudelaire a tomar parte? Campaña nos explica una anécdota significativa. Según Charles Toubin, amigo del poeta, en los días inmediatos antes de la insurrección Baudelaire y sus amigos corrían aturdidos de una calle a otra bajo los estruendos de los fusiles y las barricadas. La noche del 22 de febrero Baudelaire y el pintor Courbet, una de sus amistades por entonces, se presentaron en la redacción de un periódico con la intención de denunciar el asesinato de una manifestante a manos de la bayoneta de un municipal, un asesinato presenciado por ambos junto al mismo Toubin y al músico Promayet. Este hecho hace reflexionar a Campaña:

Donde otros ven una “chiquillada” se puede ver también, más plausiblemente, un gesto de moral y de rabia. Los eventos que culminan con la llamada “masacre de los capuchinos” le han mostrado que entre los defensores de la monarquía constitucional y los aliados de la República se ha trabado una lucha a muerte de la que él mismo, quiéralo o no, es parte, como todos los habitantes de la ciudad y el país. […] ¿Por qué llamar “furor metafísico” a una toma de posición ante el crimen, ante la violenta arrogancia gubernamental, ante el envenenamiento de la vida pública? (p. 109)

Baudelaire no sólo se implica en la Segunda República con las armas. También funda, junto a Toubin y el crítico de arte Champfleury, el periódico Le Salut Public. De hecho, una de las medidas sociales adoptadas por la República fue el establecimiento de la libertad de prensa, por lo que se produjo una verdadera explosión de periódicos, la mayoría de los cuales fue de corta vida. El de Baudelaire sólo tuvo dos números, pero para Campaña son otra muestra del compromiso de Baudelaire para con la República.

Frontispicio del segundo y último número de Le Salut Publique, creado por el pintor Courbet. El personaje con sombrero de copa y fusil en mano podría representar al propio Baudelaire.

El mismo nombre del periódico da una pista importante: es una referencia al Comité de la Salud Pública de la Revolución francesa creado por Robespierre, personaje por el que Baudelaire sentía una especie de respeto reverencial.

También es significativo para Campaña que Baudelaire quisiera hacer llegar un ejemplar de su periódico a François Vincent Raspail, uno de los líderes de la insurrección, un gesto con el que Baudelaire “revelaba la disposición de seguir la revolución palmo a palmo” (p. 112).

Pero, sobre todo, para Campaña lo importante es el contenido del periódico:

En su brevedad panfletaria, el periódico exhalaba el mismo olor jacobino revolucionario de los discursos de Robespierre en la asamblea; la misma pasión republicana, el mismo utopismo universalista, la misma fe en la educación moral del pueblo, en la virtud […]. La más rápida revisión de esas hojas bastaría para descubrir cuán conscientes estaban Baudelaire y sus amigos de la coyuntura política de entonces. (p. 110)

Por ello, escribe Campaña:

Aunque Le Salut Public terminó pronto, el contenido de sus dos números muestra a Baudelaire como un hombre que está lejos de improvisar sus ideas sociales y políticas; un hombre apasionado por la vida presente y el pensamiento sobre lo histórico, sobre lo que hoy se llama “el mundo de la vida”. (p. 114)

Tras la desaparición de su periódico, parece que Baudelaire también participó en formas de acción política directa, como los clubes y asambleas que proliferaron al amparo de la libertad de reunión instaurada por la República.

Pero el carácter obrero de la Segunda República no tardaría en desvanecerse, y Baudelaire siguió participando de forma activa en ese proceso.

Las elecciones a la Asamblea Nacional convocadas en abril de 1848 resultaron un desastre político para los radicales y los socialistas, que fueron vencidos por republicanos burgueses y por monárquicos constitucionales. Ambos grupos se apresuraron en desactivar las medidas sociales impulsadas en los meses anteriores, lo que dio pie a una insurrección obrera más violenta que la de febrero.

Así, durante los días 23, 24 y 25 de junio los obreros parisinos convocaron una insurrección general con el fin de mantener el espíritu revolucionario de febrero. Pero el alzamiento fue duramente reprimido. Campaña recoge un testimonio de un amigo de Baudelaire, Gustave Le Vavasseur, que sitúa claramente al poeta en medio de la acción:

Baudelaire participó como insurrecto en las jornadas de junio de 1848… Nervioso, excitado, febril, agitado… Nunca había visto a Baudelaire en semejante estado. Peroraba, declamaba, se jactaba, bregaba por ir al martirio […] Pensaran lo que pensaran del valor de Baudelaire, aquel día era valiente y se habría hecho matar. (pp. 118 – 119)

Quizá el mayor desencanto para el idealista Baudelaire vino de la mano de la contundente victoria del príncipe Luis Napoleón Bonaparte en las elecciones a presidente. En 1851 Bonaparte daría un golpe de estado con el que asumiría plenos poderes. Los republicanos todavía tuvieron fuerzas para intentar responder con una nueva insurrección, que fue aplastada por el nuevo dictador. El efecto de todo este período en Baudelaire sería imborrable:

[…] esos disparos soportados, esa indignación, esa perplejidad ante el apaciguamiento, es decir, ante la falta de combatividad de la clase obrera, que no hizo sino una breve, leve defensa de la República, pueden haber sido las últimas expresiones del compromiso revolucionario de Baudelaire. Después vino el pesar, el recorrer las calles masticando la derrota, la triste constatación de que París y Francia entera revalidaban el gesto dictatorial de Luis Napoleón, confiriéndole en el plebiscito de diciembre de 1852 todos los poderes y restableciendo el Imperio, aclamando el Segundo Imperio. Baudelaire dedujo de ello la más amarga lección. Su renuncia a “toda utopía”, al “arte de hacer felices a los pueblos en 24 horas”, iba a ser definitiva. (p. 125)

En el periodo 1850 – 1852, Campaña dice hallar resonancias de la pasión republicana de Baudelaire en sus poemas. Así, un puñado de ellos como por ejemplo El vino de la gente pobre y Las letanías de Satán reflejarían la actitud desafiante y subversiva de su autor en el contexto de los cambios políticos que se estaban viviendo en su país. Y Baudelaire nunca renegó de esos poemas: aun cuando ya hubo abandonado sus ideales republicanos, Baudelaire los mantuvo en una parte de su libro Las flores del mal titulada Rebelión.

Asimismo, su compromiso con los valores del republicanismo también se pueden rastrear, según Campaña, en escritos sobre poesía como el prólogo a la obra Cantos y canciones, de Pierre Dupont, de la que dirá que hace volver a su memoria “aquel sublime movimiento de Proudhon, lleno de ternura y entusiasmo”, y que creía llena de “el amor a la virtud y a la humanidad”. También sería significativo el artículo La escuela pagana, en la que Baudelaire atacaría la poesía alejada de la humanidad, de las penas y sufrimientos humanos, que se refugia en el esteticismo y en el arte por el arte: “En otras palabras, repudia todo aquello que sustrae a la revolución su energía y su fuerza transformadora” (p. 133).

Pero a principios de 1852, Baudelaire ya confesaba que estaba “decidido a permanecer, de aquí en adelante, ajeno a toda la polémica humana”. Y en 1853 escribía a Narcisse Ancelle: “el golpe de Estado me ha despolitizado físicamente” (p. 136).

Así, en el periodo de 1852 a 1855 Baudelaire, según Campaña, el poeta experimenta una “radical mutación que le llevará a repudiar la democracia y abrazar una teología sui géneris” (p. 139). Y es que la derrota de la República, y el ascenso de Luis Napoleón Bonaparte gracias en primera instancia al apoyo del propio pueblo francés había dejado un hueco en Baudelaire, un vacío que una vez estuvo lleno de sentido, de propósito para su vida.

Ese giro ideológico de Baudelaire se asocia a la profundización que el poeta hizo de la obra del conservador Joseph de Maistre, pero sobre todo de la obra de su idolatrado Edgar Allan Poe. Baudelaire ya se había iniciado en el estudio de Poe antes del estallido de la República, por lo que estaba familiarizado con la compleja mezcla de naturalismo, misticismo y espiritualidad de la obra del americano. Al igual que también estaba familiarizado con otros autores de corte semejante, como Swedenborg.

El cambio en Baudelaire no implicó un alejamiento de las cuestiones humanas, políticas, pero sí las hizo filtrar a través de un prisma radical y más oscuro:

[…] el mal, según cree Baudelaire ahora, forma parte esencial del hombre, que padece de una condición marcada por el pecado original, irredimible, excepto por la gracia; la historia humana y la historia de la civilización, cuya expansión planetaria se podía ya advertir, no es otra cosa que un constante e imparable proceso de degradación; el hombre caído nada hace por levantarse sino que cada vez se aleja más de sí mismo; el progreso es una falacia y la civilización de la industria y el comercio fomentan la innata perversión humana. En ese medio el artista y el poeta están condenados a ser parias, repudiados, herejes. (p. 141)

Y con este cambio, fraguado a fuego lento con la sombra de la derrota y a la amargura, Baudelaire fue introduciéndose cada vez más en el papel del poeta maldito por antonomasia por el que ha pasado a la Historia.

Pintura de Baudelaire, por el artista canadiense Mathieu Laca (http://www.saatchiart.com/laca)

 

La historia de la evolución personal de Baudelaire quizá sea discutida por otros especialistas en el poeta, pero lo cierto es que el análisis de Campaña parece sólido y se apoya en fuentes reputadas. En cualquier caso, lo mejor es que leas Baudelaire: juego sin triunfos y juzgues por ti mismo. Es una obra excelente, escrita de manera impecable, y siempre con admiración y un ecuánime respeto hacia la figura de ese gran poeta que es Charles Baudelaire.

 

 

Acabemos con el mito de la Sociedad del Conocimiento

Ya hace al menos un par de décadas que la expresión “sociedad de la información” pasó a formar parte del imaginario colectivo. La información siempre ha jugado un papel importante en las sociedades humanas, pero es en este último lapso de tiempo en el que el desarrollo de las tecnologías de la información y comunicación (TICs) ha permitido desplegar la SI en todo su apogeo.

Con la SI vino asociada desde un buen principio otra idea: la de la “sociedad del conocimiento”. Y es que, según la narrativa más difundida, la abundante información disponible abriría la posibilidad para la generación de conocimiento como nunca antes se había conocido en la historia humana. Y con esta producción de conocimiento se generaban nuevas oportunidades para conseguir sociedades más cívicas, más justas y, por qué no, más sabias.

Si había dificultades en la transición de la SI a la SC serían de carácter técnico, continuaba el discurso: la brecha digital en el acceso a las TICs que impedía que buena parte de las poblaciones humanas pudieran beneficiarse del caudal de información que fluía a través de ellas. O, en todo caso, el problema de base sería cómo aprender a manejar las herramientas (la alfabetización digital), y educar al público en el uso de unas sencillas pero poderosas pautas para evaluar la información y detectar las mentiras, las estafas y los engaños.

Así decía el discurso, de una manera muy resumida y abreviada.

Visto lo visto hasta el momento presente, creo que lo mejor que podríamos hacer con esa narrativa es tirarla a la basura y pasar a otra cosa. O, cuando menos, reexaminar muy seriamente la posibilidad de sus supuestos centrales.

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El fact-checking cambia las creencias, pero no la intención de voto

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Para muchas personas comprometidas con las problemáticas sociales que estamos viviendo, la educación es la clave para la mejora de las personas. En particular, suele comentarse que los prejuicios y la desinformación asociada a la política se supera con divulgando hechos. Eso explica la gran popularidad actual de los sitios de verificación de hechos (fact checking). Pero, ¿es cierto que exponer a los hechos a la gente puede cambiar sus preconcepciones políticas?

Pues parece que no, si hemos de creer los resultados de un estudio reseñado por Alexios Mantzarlis en Poynter. Resumiendo, la principal conclusión sería ésta: el fact-checking cambia las creencias, pero no la intención de voto. Seguir leyendo